por Roberto Salinas León
Roberto Salinas León es presidente del Mexico Business Forum.
La moneda de una sociedad, dice una versión moderna de la filosofía monetaria,
es un reflejo, similar a un espejo, del clima de inversión. Si hay confianza,
si hay contrapesos institucionales, si hay oportunidades de inversión y bajos
costos de transacción, la moneda local tenderá a ser fuerte. Si hay desconfianza,
incertidumbre sobre el rumbo del país, o si, como en los nuevos reinos neo-populistas
latinoamericanos, se dan casos de expropiación, la moneda tenderá a debilitarseâ€"y,
por lo tanto, a sufrir el síndrome monetario de nuestra era, la temida devaluación
cambiaria.
Esto se observa, particularmente, en un sistema de flotación. El principal
beneficio de este régimen cambiario no es tanto la tan citada premisa que,
bajo la flotación, existen los mecanismos para absorber choques externos negativos,
sino, más bien, que un sistema de flotación limpia funciona como un barómetro
de expectativas. Un giro equivocado, una idea incongruente (por ejemplo, la
expansión irrestricta del gasto público), tenderá a verse reflejado en un
episodio de depreciación cambiaria.
Los esfuerzos macroeconómicos recientes por “blindar†a la economía mexicana
de dichos posibles giros en la política económica, de cara a la transición
presidencial, son pasos importantes en el objetivo de consolidar un régimen
de inversión confiable. Así se pueden interpretar el pre-fondeo de las obligaciones
externas para los próximos dos años, o la reciente idea de usar las reservas
internacionales para amortizar deuda pública, y, sin duda, la nueva ley de
responsabilidad fiscal, que pretende atar proyectos de gasto a fuentes comprobables
de ingreso.
La gran paradoja es que, a pesar de la incertidumbre política, a pesar de
temores de un posible régimen populista, los mercados de capital parecerían
estar premiando el clima de inversión del país. Los proyectos de inversión
siguen su marcha, mientras que el tipo de cambio ha visto un episodio importante,
y sorprendente, de apreciación cambiaria.
Todo esto puede cambiar en un instante. De hecho, un dilema crucial para
aquellos que defienden la flotación de la moneda es que, si persisten acciones
que busquen mayor confianza en los mercados internos, habrá una tendencia
hacia mayor apreciación del tipo de cambio. Una medida tradicional para evitar
esto es por medio de una reducción de tasas de interésâ€"pero ello violenta
el objetivo monetario del banco central, el cual es procurar la estabilidad
del poder adquisitivo. Las tasas de interés son, también, otro barómetro de
la percepción que existe sobre el clima de inversión. La medida popular ha
sido evitar mayor apreciación por medio de la acumulación de reservas. Empero,
además de que la medida es muy costosa, violenta también la idea de que vivimos
en un sistema de flotación libre.
Si vamos a flotar, y flotar sin mentiras, debemos aceptar que habrá estos
episodios de apreciación cambiaria, mismos que se verían todavía más pronunciados
si se llegaran a dar, algún utópico día, una o dos de las reformas estructurales.
Flotar sin mentiras también implica dejar que el tipo de cambio caiga a donde
tenga que caer, en caso de que se genere un deterioro de expectativas. El
mecanismo de control, en este caso, es el mandato capital de la institución
central de procurar la estabilidad monetaria. Si el tipo de cambio cae a un
nivel que pone en riego la meta citada de inflación, el banco central deberá
recurrir a los apretones correspondientes, lo que tenderá a estabilizar el
tipo de cambio.
El gran temor a la flotación era que no se podría evitar un episodio de depreciación
prolongada, y brusca. Sin embargo, el sistema ya sobrevivió una transición
sexenal sin una crisis cambiaria, y todo parece indicar que sobrevivirá aun
otra más. La virtud de flotar sin mentiras es que obliga a las autoridades
a defender la paridad por medios reales, derivados del clima de inversión,
sin las recetas artificiales del pasado o varitas mágicas al instante.