por Andrés Mejía-Vergnaud
Andrés Mejía Vergnaud es Director ejecutivo del Instituto Libertad y Progreso (ILP) en Bogotá y autor de “El destino trágico de Venezuela” (Tierra Firme, 2009).
De todas las cosas que se han dicho sobre el capitalismo, las más
penetrantes, las que con mayor agudeza han capturado su elemento fundamental,
no son aquellas que se concentran sobre las estructuras mismas del sistema
y que intentan describirlas, sino las que observan y reconocen que lo verdaderamente
importante es el modo en que tales estructuras cambian. El cambio es la característica
central del capitalismo. Si quisiéramos entender a plenitud el sistema
capitalista, mal haríamos en darle una mirada estática: lo que
debemos tratar de comprender es el modo en el cual las estructuras del capitalismo
cambian, se transforman, se adaptan, evolucionan, mutan, dejan atrás
lo anticuado y dan origen a lo nuevo.
Curiosamente, en un mundo como el nuestro, en el cual el capitalismo ha sido
durante doscientos años un protagonista primordial de la vida en sociedad,
no son muchos los pensadores que han notado esta característica.
Marx dictó para el capitalismo un acta de defunción prematura,
porque tenía una visión errónea de muchos aspectos de
este, y del modo en que la historia evoluciona. Sin embargo, comprendió
con envidiable precisión el aspecto dinámico del capitalismo.
De manera casi dramática, en el Manifiesto Comunista, escrito junto
con F. Engels, Marx explica que el capitalismo es en sí mismo una permanente
revolución: una revolución de la producción que, como
veremos más adelante, tiene gigantescas consecuencias sociales.
Otro de los pensadores que captó con claridad este aspecto fue el austriaco
Joseph A. Schumpeter, excéntrico, personaje casi de novela, a quien
debemos la genial expresión “destrucción creativa”.
En su libro “Capitalismo, socialismo y democracia”, Schumpeter
reprende a los teóricos de la economía por ignorar, en sus modelos,
el carácter dinámico del capitalismo, ese “vendaval perenne”,
que va constantemente destruyendo lo antiguo y creando lo nuevo en un mismo
proceso interminable.
Algunas consecuencias de ese carácter dinámico pueden resultar
obvias, como por ejemplo la innovación en productos, los avances tecnológicos,
la creación de nuevas formas de producción, etc. Pero hay otro
aspecto de este “vendaval perenne” que generalmente es ignorado,
en especial por aquellos que tienen, como pasatiempo predilecto, lamentarse
en superficiales letanías sobre las presuntas injusticias del capitalismo:
de todos los sistemas de organización social que conocemos, el capitalismo
es el único que se basa en la idea de movilidad, y que hace imposible
la existencia de estructuras sociales rígidas e inmodificables.
En todos los demás sistemas sociales, incluso en aquellos supuestamente
preferibles al capitalismo, las estructuras de la sociedad tienen un carácter
férreo y estratificado, y dentro de ellas es prácticamente imposible
moverse. En las sociedades feudales anteriores al capitalismo, por ejemplo,
la posición de una persona o una familia en la sociedad estaba determinada
a perpetuidad desde el nacimiento, con muy pocas excepciones. En las sociedades
comunistas, la posición social dependía de planes centralizados,
y aunque había ciertas posibilidades de movilidad, el éxito
en estas solía depender de la habilidad política, y de las decisiones
providenciales de ciertos funcionarios.
La destrucción creativa que ocurre en el capitalismo, como bien entendió
Marx, hace que las estructuras sociales tengan una existencia siempre provisional.
En estas estructuras hay diversos niveles de riqueza e ingreso, claro está,
y en ocasiones hay grandes desigualdades entre dichos niveles. Pero esos niveles
no están determinados por factores inmodificables, como la nobleza
de la sangre, o los planes centralizados de los burócratas. En las
sociedades capitalistas suele haber un gran nivel de movilidad. Esto no sólo
significa que algunos pocos pueden convertirse en multimillonarios: significa
que miles tienen una esperanza tangible de mejorar su situación; significa
que nadie está atrapado para siempre en la capa social a la que pertenece.
Es posible progresar sin esperar una dispensa del rey, o un favor de parte
de un funcionario del partido. Es, en verdad, una condición bastante
apreciable de justicia social.
No es posible ignorar que hay factores que pueden facilitar o dificultar
esta movilidad, como el acceso a educación y salud. Mientras mayor
sea el disfrute de estas dos condiciones, será más fácil
aprovechar el ámbito de movilidad de una sociedad libre. Y, de hecho,
hay comunidades en las cuales la situación al respecto es tan precaria,
que incluso si en ellas hubiera libertad total de movimiento, no sería
posible valerse de ella. Pero aquí puede encontrarse otra de las grandes
virtudes del capitalismo: nadie niega que el capitalismo tiene zonas oscuras
y áreas tenebrosas, pero, de todos los sistemas conocidos, es el que
con mayor facilidad permite detectar sus propios problemas y solucionarlos
dentro del sistema mismo.
Este artículo fue publicado originalmente en Dinero.com
(Colombia).