31 de diciembre de 1969

justicia social

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Argentina: El gobierno perdió el monopolio del saqueo

Roberto Cachanosky asevera que "los saqueos a los supermercados son la continuidad del saqueo organizado por el gobierno. Lo que pasa es que antes el gobierno utilizaba el monopolio de la fuerza para saquear, y digamos que era una especie de saqueo organizado. Ahora el saqueo es desorganizado. Como el estado no puede responder a las demandas de saqueo de la gente, entonces la gente saquea por su cuenta".

Uruguay: Injusticia social

Hana Fischer afirma que "hasta a los políticos de la oposición les parece bien, que las autoridades utilicen a su arbitrio el dinero que otros han ganado con gran esfuerzo —el de los contribuyentes— para saldar deudas ajenas, incluso los recursos de aquellos que no tienen casa propia o están en riesgo de perderlas".

Sobre el mensaje del arzobispo de Buenos Aires

Alberto Benegas Lynch (h) dice que "No cabe duda de las buenas intenciones del Arzobispo y de su genuino interés por resolver el tema angustiante de la pobreza, lo cual es compartido por toda persona de bien. Desafortunadamente, lo que propone y los andariveles de sus razonamientos, lejos de mitigar el problema, lo agravan en grado sumo".

La desigualdad

Carlos Alberto Montaner considera que "Tienen razón los ‘indignados’ al protestar cuando se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias. No la tienen cuando se irritan por las diferencias de ingresos".

El Salvador: Hacia una sociedad más justa y competitiva

por Manuel Hinds

Manuel Hinds es ex Ministro de Finanzas de El Salvador y co-autor de Money, Markets and Sovereignty (Yale University Press, 2009).

En artículos anteriores he hablado de dos temas muy importantes para nuestra sociedad: la necesidad de tener una sociedad más horizontal y justa, y la de aumentar nuestra competitividad. En estos artículos he mencionado también la estrecha interrelación que hay entre estos dos temas, de tal manera que las medidas que tomemos para aumentar nuestra competitividad tiendan también a tornar más horizontal y justa a nuestra sociedad. La tecnología moderna permite lograr ambos objetivos a la vez.

Hace varias décadas, un filósofo estadounidense llamado John Rawls escribió una obra que ahora es clásica —Una teoría de la Justicia. En esta obra, Rawls se preguntó cuál sería la manera más justa de organizar una sociedad. La respuesta que él encontró es que sería la que, en competencia con otras sociedades, sería escogida por la mayoría de las personas antes de saber en qué parte de la sociedad ellas nacerían. La idea de Rawls es que la mayor parte de las personas escogerían una sociedad con altos privilegios —como las nazis, las comunistas y otras en las que unos pocos mandan y tienen— si es que ya supieran que serían parte de las clases privilegiadas en esas sociedades —el Fuhrer en la Alemania Nazi, el secretario general del partido comunista o miembros prominentes del partido en la Unión Soviética, Fidel Castro en Cuba o Chávez en Venezuela. Nadie, por supuesto, escogería nacer en la Alemania Nazi para ser una de las razas despreciadas en ese régimen, o ser un ciudadano común sin ningún derecho en los regímenes comunistas de la Unión Soviética y Cuba o en el régimen de Chávez. En realidad, los que promueven esos regímenes lo hacen porque creen, ilusamente en la mayor parte de los casos, que serán parte de las “clases dirigentes” o de “la vanguardia del proletariado” si éstos regímenes se instalan. En contraste, si nadie sabe en qué lugar de la sociedad va a estar, la mayor parte de las personas van a preferir una sociedad sin privilegios ni sub-privilegiados, sin favoritismos a los de un tipo o a los de otros tipos, basada no en la superioridad del estado (que en realidad es la superioridad de los que lo manejan) sino en el respeto de los derechos individuales, ya que esto les aseguraría que sus derechos les serían respetados en cualquier lugar en el que nacieran en la sociedad. Todos votarían por un régimen democrático, basado en el imperio de la ley. Es decir, optarían por una sociedad horizontal políticamente.

Este criterio también se aplicaría al régimen económico. Los que abogan por regímenes económicos que otorgan privilegios a unos a costa de otros lo hacen casi siempre porque creen que ellos estarán del lado de los privilegiados. Es decir, por ejemplo, creen que estarán del lado de los productores subsidiados, no de los ciudadanos comunes que pagan los subsidios o de los otros productores que fallan porque pierden su competitividad por tener que pagar más por menos calidad al comprar insumos producidos por empresarios que el gobierno ha privilegiado con protección contra la competencia externa.

De igual forma, los que saben lo que están haciendo al proponer el regreso del colón para imponer una política de devaluaciones creen que ellos mantendrán sus dólares de tal forma que ganarán de las devaluaciones a costa de la devaluación de los salarios y ahorros de todos los demás.

Si nadie sabe si uno va a estar entre los privilegiados o entre los que pagan por los privilegios de otros, la mayor parte de la gente va a votar por una sociedad sin privilegios económicos, con igualdad de oportunidades. Es decir, van a votar por una economía de mercado en la que el éxito dependa del esfuerzo de cada quien, no de ganguerías otorgadas por el gobierno. Por supuesto, escogerían también una sociedad que invirtiera fuertemente en el capital humano de sus ciudadanos —la salud y la educación de ellos— para que todos pudieran tomar ventaja de la igualdad de oportunidades.

El país ha avanzado mucho en la lucha por volver más horizontal la sociedad. Hace apenas un par de décadas el gobierno tenía y usaba las llaves para determinar el éxito económico de las personas, con resultados muy tristes para el país que incluyeron muy prominentemente la corrupción que acompaña a estos regímenes (los privilegios otorgados por el gobierno pueden venderse). Pero hace falta muchísimo para lograr convertir a El Salvador en una sociedad horizontal y moderna que pueda triunfar en el ambiente horizontal y moderno de la conectividad y la globalización. Muchas de las cosas que faltan son las mismas que elevarían la competitividad del país. Son las medidas que pueden tomarse para volver más competitivas a nuestras pequeñas empresas, para que los beneficios del crecimiento se rieguen en todo el país.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de Hoy (El Salvador) el 28 de abril de 2006.

Destrucción creativa y justicia social

por Andrés Mejía-Vergnaud

Andrés Mejía Vergnaud es Director ejecutivo del Instituto Libertad y Progreso (ILP) en Bogotá y autor de “El destino trágico de Venezuela” (Tierra Firme, 2009).

De todas las cosas que se han dicho sobre el capitalismo, las más penetrantes, las que con mayor agudeza han capturado su elemento fundamental, no son aquellas que se concentran sobre las estructuras mismas del sistema y que intentan describirlas, sino las que observan y reconocen que lo verdaderamente importante es el modo en que tales estructuras cambian. El cambio es la característica central del capitalismo. Si quisiéramos entender a plenitud el sistema capitalista, mal haríamos en darle una mirada estática: lo que debemos tratar de comprender es el modo en el cual las estructuras del capitalismo cambian, se transforman, se adaptan, evolucionan, mutan, dejan atrás lo anticuado y dan origen a lo nuevo.

Curiosamente, en un mundo como el nuestro, en el cual el capitalismo ha sido durante doscientos años un protagonista primordial de la vida en sociedad, no son muchos los pensadores que han notado esta característica.

Marx dictó para el capitalismo un acta de defunción prematura, porque tenía una visión errónea de muchos aspectos de este, y del modo en que la historia evoluciona. Sin embargo, comprendió con envidiable precisión el aspecto dinámico del capitalismo. De manera casi dramática, en el Manifiesto Comunista, escrito junto con F. Engels, Marx explica que el capitalismo es en sí mismo una permanente revolución: una revolución de la producción que, como veremos más adelante, tiene gigantescas consecuencias sociales.

Otro de los pensadores que captó con claridad este aspecto fue el austriaco Joseph A. Schumpeter, excéntrico, personaje casi de novela, a quien debemos la genial expresión “destrucción creativa”. En su libro “Capitalismo, socialismo y democracia”, Schumpeter reprende a los teóricos de la economía por ignorar, en sus modelos, el carácter dinámico del capitalismo, ese “vendaval perenne”, que va constantemente destruyendo lo antiguo y creando lo nuevo en un mismo proceso interminable.

Algunas consecuencias de ese carácter dinámico pueden resultar obvias, como por ejemplo la innovación en productos, los avances tecnológicos, la creación de nuevas formas de producción, etc. Pero hay otro aspecto de este “vendaval perenne” que generalmente es ignorado, en especial por aquellos que tienen, como pasatiempo predilecto, lamentarse en superficiales letanías sobre las presuntas injusticias del capitalismo: de todos los sistemas de organización social que conocemos, el capitalismo es el único que se basa en la idea de movilidad, y que hace imposible la existencia de estructuras sociales rígidas e inmodificables.

En todos los demás sistemas sociales, incluso en aquellos supuestamente preferibles al capitalismo, las estructuras de la sociedad tienen un carácter férreo y estratificado, y dentro de ellas es prácticamente imposible moverse. En las sociedades feudales anteriores al capitalismo, por ejemplo, la posición de una persona o una familia en la sociedad estaba determinada a perpetuidad desde el nacimiento, con muy pocas excepciones. En las sociedades comunistas, la posición social dependía de planes centralizados, y aunque había ciertas posibilidades de movilidad, el éxito en estas solía depender de la habilidad política, y de las decisiones providenciales de ciertos funcionarios.

La destrucción creativa que ocurre en el capitalismo, como bien entendió Marx, hace que las estructuras sociales tengan una existencia siempre provisional. En estas estructuras hay diversos niveles de riqueza e ingreso, claro está, y en ocasiones hay grandes desigualdades entre dichos niveles. Pero esos niveles no están determinados por factores inmodificables, como la nobleza de la sangre, o los planes centralizados de los burócratas. En las sociedades capitalistas suele haber un gran nivel de movilidad. Esto no sólo significa que algunos pocos pueden convertirse en multimillonarios: significa que miles tienen una esperanza tangible de mejorar su situación; significa que nadie está atrapado para siempre en la capa social a la que pertenece. Es posible progresar sin esperar una dispensa del rey, o un favor de parte de un funcionario del partido. Es, en verdad, una condición bastante apreciable de justicia social.

No es posible ignorar que hay factores que pueden facilitar o dificultar esta movilidad, como el acceso a educación y salud. Mientras mayor sea el disfrute de estas dos condiciones, será más fácil aprovechar el ámbito de movilidad de una sociedad libre. Y, de hecho, hay comunidades en las cuales la situación al respecto es tan precaria, que incluso si en ellas hubiera libertad total de movimiento, no sería posible valerse de ella. Pero aquí puede encontrarse otra de las grandes virtudes del capitalismo: nadie niega que el capitalismo tiene zonas oscuras y áreas tenebrosas, pero, de todos los sistemas conocidos, es el que con mayor facilidad permite detectar sus propios problemas y solucionarlos dentro del sistema mismo.

Este artículo fue publicado originalmente en Dinero.com (Colombia).

El fraude de la "justicia social"

por Carlos Ball

Carlos Ball es Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE (www.aipenet.com) y académico asociado del Cato Institute.

Bajo el manto de "justicia social" los políticos disfrazan el reparto de privilegios a los grupos que los apoyan: sindicatos, maestros, campesinos, industriales, abogados litigantes, burócratas, ancianos, indígenas, etc. La popularidad de la "justicia social" en parte se debe a que no tiene una definición clara y precisa. Cada político la define según conviene para lograr apoyo a su proyecto de ley o la regulación de alguna actividad.

La expresión "justicia social" fue por vez primera utilizada por un sacerdote siciliano, Luigi Taparelli, en 1840 y pronto se la apropiaron las elites intelectuales que aspiraban conducir el mundo a la utopía del "socialismo científico", donde la razón y mentes privilegiadas regirían el universo. Ellos sabían mejor lo que realmente le convenía a la plebe ignorante. Así, la "justicia social" desde temprano estuvo ligada a la economía dirigida y planificada. Según los políticos en ejercicio, el individuo importa poco vis-a-vis el bien común. Al comienzo había mucho de buenas intenciones en el concepto de "justicia social", como por ejemplo que la gente acomodada ayudara a través de fundaciones caritativas privadas la adaptación de campesinos a los nuevos centros industriales. Pero el profesor Friedrich Hayek fue uno de los primeros en denunciar la "justicia social" cuando ésta dejó de ser una virtuosa y bondadosa decisión espontánea y personal de ayudar al prójimo para convertirse en imposiciones—desde las alturas del poder—de un ideal abstracto y manipulable.

Se creó una falsa imagen de la gente común como víctimas, ya que al haber víctimas tiene que existir un victimario. Así, el filósofo polaco Leszek Kolakowski, en su historia del comunismo escribió que el paradigma fundamental de esa ideología estaría para siempre garantizado porque el sufrimiento de uno es causado por opresores y las cosas malas que le suceden no son culpa de uno sino de los ricos de su país, o peor aún, de los ricos de ultramar. Claro, el remedio comunista, nazi y fascista para acabar con la injusticia social condujo a hambrunas y campos de concentración, infinitamente peores que el mal fantasmagórico inventado por intelectuales como excusa para detentar el poder.

En el tercer volumen de su obra Principales Corrientes del Marxismo (1978), Kolakowski escribe que "el marxismo actualmente ni interpreta ni cambia al mundo: es meramente un repertorio de consignas que sirven para organizar intereses variados".

Según Hayek: "Una de las grandes debilidades de nuestro tiempo es que no tenemos la paciencia ni la fe para crear organizaciones voluntarias con los fines que valoramos, sino que de inmediato le pedimos al gobierno que utilice la coerción (o fondos sustraídos coactivamente) para cualquier cosa que parezca deseable para muchos. Sin embargo, nada tiene peor efecto sobre la participación ciudadana que cuando el gobierno, en lugar de ofrecer meramente la estructura esencial para el crecimiento espontáneo, se vuelve monolítico y se encarga de todas las necesidades, las cuales en realidad pueden sólo ser satisfechas por el esfuerzo común de muchos".

Para Hayek, la justicia es siempre individual y "nada ha destruido más nuestras garantías constitucionales de libertad individual que el intento de alcanzar el espejismo de la justicia social". El mercado premia a quienes mejor satisfacen los requerimientos y necesidades de los consumidores y manipular los premios significa fomentar la ineficiencia y la pobreza misma. Ya vimos los logros de Stalin, Mao y Castro bajo el lema marxista "de cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad".

La Constitución de Estados Unidos no autoriza al gobierno a confiscar la propiedad de un ciudadano para distribuir ayuda y beneficios a otros menos afortunados. Sin embargo, el concepto de "justicia social" se utiliza a diario en Washington para gastar la mayor parte del presupuesto federal. Entre los ancianos se concentra gran parte de la riqueza en Estados Unidos, pero los dos grandes partidos políticos se pelean en estos días para ver cuál logra concederles mayores beneficios en servicios médicos y en la adquisición de medicinas. Ese dinero, claro está, saldrá del bolsillo de la población joven y trabajadora, sector que participa proporcionalmente menos en los procesos electorales y que, por lo tanto, termina siendo menos merecedora de la "justicia social" distribuida por los políticos.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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