31 de diciembre de 1969

Haiti

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Los contratos de las empresas telefónicas de Aristide deben hacerse públicos

por Mary Anastasia O'Grady

Mary Anastasia O’Grady es editora de la columna de las Américas del Wall Street Journal.

Esta columna ha seguido la historia de las dos compañías telefónicas estadounidenses del ex presidente de Haití Jean Bertrand Aristide y de unos cuantos actores políticos estadounidenses. Aún quedan muchas preguntas y ahora ambas compañías están en primera plana de nuevo.

El 10 de julio, la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos (FCC) le impuso una multa de US$1.300 millones a IDT Corp. por "no presentar a la comisión, de manera intencional y repetida" sus contratos con el monopolio de telecomunicaciones de Haití Teleco Haiti, en 2003 y 2004.

Esos contratos no sólo deberían haberse presentado, deberían haberse hecho públicos. Ahora que se han hecho públicos, hemos descubierto que Teleco Haiti le dio el derecho a IDT de terminar llamadas (es decir, encargarse de llevar las llamadas a sus destinos) en Haití a menos de la mitad de la tasa oficial convenida y que IDT accedió a depositar todos los pagos no en Teleco Haiti, sino en una cuenta en las islas Turcas y Caicos manejada por una compañía llamada Mont Salem.

Los ingresos por llamadas de larga distancia fueron unas de las pocas fuentes de efectivo de Haití. Sin embargo, después que el presidente Aristide dejó el poder en 2004, se descubrió que las arcas de Teleco Haiti estaban vacías. Aún así, IDT podría haber interpretado un papel pequeño en el saqueo de Teleco Haiti.

Un participante mucho más interesante es Fusion Telecommunications. La empresa podría haber estado terminando tráfico en el país desde mediados de los años 90, poco después que Bill Clinton usara al ejército estadounidense para restituir al depuesto Aristide al poder. No obstante, no sabemos si esto es cierto debido a que los contratos de Fusion, los cuales deberían ser públicos bajo las reglas de la FCC, están envueltos en un halo de misterio.

La decisión de la FCC en contra de IDT es una victoria para el ex-empleado de la empresa Michael Jewett. Él presentó una demanda en la corte federal de Newark, Nueva Jersey en 2004, alegando que la compañía lo despidió porque presentó objeciones a un acuerdo ilegal entre esta y Teleco Haiti.

Buena parte de lo que Jewett describió en su queja apareció en el contrato. Pero hay más. También dijo en documentos presentados al tribunal que se le dijo que la cuenta de Mont Salem pertenecía a Aristide. IDT niega esto.

Los críticos de Aristide han argumentado por mucho tiempo que Fusion estaba recibiendo tasas preferenciales de conexión a cambio de sobornos para el presidente. Esto, dicen, ayudó a Fusion a dominar la ruta EE.UU.-Haití, algo que habría hecho que aquellos involucrados se enriquecieran. Los haitianos me dijeron en 2001 que Fusion incluso tenía una oficina en Haiti Teleco.

El presidente de la junta de Fusion era y aún es Marvin Rosen, quien fue el presidente de finanzas del Comité Nacional Demócrata durante los escándalos de recaudación de fondos de 1996. A finales de los años 90, Joseph P. Kennedy II y Thomas "Mack" McLarty, ambos prominentes demócratas, estaban en la junta. Fusion ha negado que haya hecho algo malo.

En febrero de 2007, la FCC me dijo que su "archivo de Haití", que contenía los contratos, había desaparecido de su sala de archivos. Para recrear el archivo perdido, la agencia le pidió a IDT, Fusion y otras compañías copias de sus contratos. Fusion entregó uno, de 1999, que asegura que se ajusta al que había presentado.

En diciembre, envié una solicitud para ver ese contrato bajo la ley de libertad de información de EE.UU. Ocho meses después, la compañía aún está bloqueando mi solicitud. Abogados de la empresa se han reunido con la FCC para pedir confidencialidad.

Por qué Fusion lucha a capa y espada para mantener lo que se supone que es un contrato público fuera de la vista del público es una buena pregunta. Una de las posibles razones de ello es una demanda civil presentada por la República de Haití en noviembre de 2005 en Florida que alegó que operativos de Aristide le dieron "concesiones de tasas" a varias empresas de telefonía, "incluyendo a Fusion Telecommunications". La demanda también asegura que Teleco "permite(ió) a ciertos operadores 'ajustar' cobros supuestamente cuestionados con Teleco en términos favorables", y que Fusion era uno de ellos. Esto, anota la demanda, "no estaba en los intereses de Teleco" y "violaba la ley estadounidense".

La demanda, la cual fue retirada después de un cambio de gobierno en 2006, pero puede ser revivida si lo desea el demandante, también alega que "el esquema fraudulento para robar las ganancias de Teleco fue llevado a cabo en parte a través del acusado Mont Salem", el cual "sirve (servía) como frente para los intereses del Grupo Aristide". También asegura que "bajo órdenes de Aristide, se le dijo a los operadores que hicieran los pagos a Mont Salem. Una era una empresa canadiense, la otra era IDT. Además, "por órdenes de Aristide, el director jurídico de Teleco en ese momento también obligó a su empresa a pedir que al menos otro operador, Fusión, hiciera sus pagos a través de Mont Salem".

La FCC decidirá antes del 26 de septiembre si el contrato de Fusion debe hacerse público. Su decisión sentará un precedente y los estadounidenses merecen saber qué sucedió entre los clintonistas y Aristide. Los haitianos también merecen la verdad. Aristide, que salió de Haiti en 2004 bajo una nube de cargos de corrupción, está viviendo en Sudáfrica, pero está tratando de volver al poder. Si lo logra, el futuro de Haití será tan opaco como su pasado. La FCC debería dar una informe completo sobre si algunos de sus antiguos facilitadotes eran políticos estadounidenses de alto rango.

Este artículo fue publicado originalmente en The Wall Street Journal (EE.UU.) el 28 de julio de 2008.

Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2011
Dow Jones & Company, Inc.
Todos los derechos reservados.

Haití: ¿Aprenderemos alguna vez?

por Marian L. Tupy

Marian L. Tupy es analista de políticas públicas del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute.

Ahora que Jean-Bertrand Aristide está en el exilio y su país -- de nuevo -- se sumerge en el caos, los burócratas de las Naciones Unidas y los del Departamento de Estado de EE.UU. han comenzado el proceso de intentar "estabilizar" Haití. La "estabilización", una palabra usada por el secretario general de la ONU Kofi Annan y el Secretario de Estado de los EE.UU. Colin Powell, substituyó el eufemismo generalmente utilizado para ocupación militar de un estado fallido, que es el caso de la república de Haití.

Sería irónico, incluso para los estándares del Departamento de Estado, decir que Estados Unidos desea poner a Haití "de vuelta en el camino" a la democracia y a la prosperidad. Antes fallamos dos veces y no hay razón para creer que a la tercera vez seremos más afortunados.

El primer intento de transformar a Haití y ponerlo a funcionar data de 1915, cuando un presidente norteamericano, frustrado por la inestabilidad endémica y la lucha civil interna en Haití, envió a los Infantes de Marina. Frances Maclean escribió en 1993 en Smithsonian Magazine que en los 72 años antes de la ocupación norteamericana Haití tenía "102 guerras civiles, revoluciones, insurrecciones, rebeliones y golpes de estado. De 22 presidentes, apenas uno terminó su periodo completo. Solamente cuatro murieron de causas naturales." Los norteamericanos encontraron un país completamente en caos. Las calles eran asquerosas, los puentes se habían derrumbado y los sistemas telefónicos y telegráficos eran inoperables.

Los americanos procedieron a arreglar muchos de los problemas de Haití. Construyeron caminos y puentes y arreglaron las líneas telefónicas y los sistemas de irrigación. Construyeron hospitales y reacondicionaron el sistema sanitario haitiano. Ciudadanos haitianos fueron enviados a los Estados Unidos a estudiar medicina, mientras que los doctores norteamericanos trataban a los enfermos en Haití. Los norteamericanos también construyeron escuelas, teatros y parques. Los haitianos fueron entrenados para producir cultivos en el campo, para administrar la tierra, criar ganado y cultivar plantas de tabaco.

Pero en 1934 los norteamericanos cometieron –así parecería-- un error fatal: Se retiraron. Poco tiempo después Haití estaba de nuevo en donde comenzó. Así, el historiador Robert Heinl, quien visitó Haití en 1958, encontró "líneas de teléfono muertas... los caminos destruidos... los puertos obstruidos por el sedimento... los muelles derrumbados... las condiciones sanitarias y el sistema de electrificación en precaria declinación."

Treinta y seis años más tarde, otro presidente americano, Bill Clinton, tuvo una epifanía. Él rompería el ciclo de golpes y contragolpes de estado, restablecería al depuesto presidente de Haití, Jean-Bertrand Aristide, para permitir e impulsar a Haití en el camino de la recuperación. Diez años y $2 mil millones después, Haití sigue en agitación. Las calles son asquerosas, se ha desvanecido el orden público y la economía está hecha trizas. Los $850 millones de ayuda proporcionados por los contribuyentes de EE.UU. enriquecieron a la élite gobernante pero no tenía ningún efecto en aliviar la pobreza de los haitianos. Y así, los Infantes de Marina van otra vez a restaurar el orden y a traer paz. Estarán bajo presión de permanecer y comprometerse con lo que había dicho el entonces candidato a presidente de EE.UU. en las elecciones del 2000, George W. Bush, era una idea tonta, la "Reconstrucción de Naciones."

Cuales quiera que sean los aciertos y los errores de la reciente guerra en Irak, la administración de Bush puede alegar por lo menos que la "Reconstrucción de Nación" en ese país es de interés de EE.UU. Tal afirmación no puede hacerse con respecto a Haití. Haití no tiene ninguna posible importancia estratégica para los Estados Unidos. Con todo, el presidente ha abrazado al parecer la agenda demócrata-intervencionista, que afirma que la única manera de alcanzar seguridad y prosperidad en norteamerica es rehacer a imagen y semejanza de EE.UU. las regiones conflictivas del mundo -- por la fuerza en caso de ser necesario.

Pero las democracias de mercado toman tiempo para desarrollarse. La estabilidad y la prosperidad no se pueden imponer de antemano sin un cambio drástico en la cultura política de la población ocupada. Pero, incluso bajo las mejores circunstancias, ese cambio requiere un compromiso de décadas de sangre y dinero norteamericano. Pero el presidente no puede esperar contar con esa clase de compromiso de los norteamericanos, porque son ellos los que tendrán que llevar la carga de tener impuestos más altos y de soldados perdidos en el campo de batalla en el extranjero.

Irónicamente, los partidarios más fuertes del intervencionismo norteamericano en Haití, Sierra Leone y otros estados fracasados, suelen emerger de entre los intelectuales liberales de izquierda. No debe ser ninguna sorpresa que uno de los padres fundadores del intervencionismo norteamericano, Woodrow Wilson, sea venerado en los departamentos de relaciones internacionales a lo largo y ancho de los Estados Unidos, como el hombre detrás de iniciativas visionarias como los "catorce puntos" y la Liga de las Naciones.

Wilson, dicho sea de paso, era el presidente que en 1915 envió tropas norteamericanas a Haití por primera vez. El Presidente Bush esta siguiendo los pasos de Wilson. Tal como Wilson, él fallará.

Requiem de Haití para la reconstrucción de naciones

por Doug Bandow

Doug Bandow es Académico Titular del Cato Institute.

El presidente haitiano Jean-Bertrand Aristide ha huido. El país isleño está en crisis. Estados Unidos está enviando a Infantes de Marina como parte de una fuerza de paz multinacional. Sin embargo, en vez de ocupar otro estado fallido, Washington debe declarar terminada su era de reconstrucción de naciones.

Hace una década la administración de Clinton, con la mente fresca de su fiasco en Somalia, decidió salvar a Haití a punta de un arma –o más exactamente– las armas de 20.000 soldados norteamericanos. El sub-secretario de Defensa John Deutch declaró: "Estamos decididos a devolver la democracia a Haití." La secretaria de prensa de la Casa Blanca Dee Dee Myers explicó de forma similar: "es hora de restaurar la democracia en Haití."

Los líderes militares huyeron. El presidente Aristide volvió. La campaña norteamericana por la democracia triunfó.

Desgraciadamente, aunque habían elegido democráticamente al presidente Aristide, él actuaba más como el líder revolucionario y asesino francés Maximilien Robespierre –a quien él se comparó– que como George Washington. Aristide entono el tan mencionado collar –un neumático lleno de gasolina flameante que era colocada con frecuencia alrededor de los cuellos de sus opositores– por ser algo hermoso.

Haití se movió de una dictadura militar a una tiranía presidencial. El gobierno era arbitrario; las elecciones fueron amañadas; los matones de Aristide aterrorizaban a sus opositores; había una pobreza extrema.

Incluso mientras que sus problemas empeoraban, Haití desaparecía de la pantalla de radar de Washington. La administración de Clinton no estaba inclinada a revisar la decisión de devolver a Aristide al poder.

Por el contrario, Washington se movió a nuevas aventuras de reconstrucción de naciones en Bosnia y Kosovo. Ambas ocupaciones continúan con entidades territoriales artificiales gobernadas por burocracias extranjeras enmascaradas como democracias y países.

Pero la suerte de Aristide terminó el otoño pasado. Él se enemistó con Amiot Metayer, Jefe del Ejército Caníbal, patrulla callejera que actuaba como soldados a pie de Aristide. Metayer fue asesinado, los seguidores de Aristide fueron culpados y el Ejército Caníbal se cambió de bando.

A inicios de febrero el renombrado frente de la Resistencia de Gonaives comenzó a tomar el control de las ciudades haitianas, al mismo tiempo que otros opositores de Aristide, como algunos demócratas y algunos matones, se unieron. El régimen se derrumbó.

Naturalmente, se esperaba que Washington interviniese. La administración de Bush propuso un acuerdo para compartir el gobierno que habría mantenido a Aristide en el poder para el resto de su mandato, hasta febrero de 2006. La oposición dijo comprensiblemente "No gracias."

En contraste, Aristide presionó para que una presencia militar extranjera lo mantenga en el poder. "Si tenemos un par de docenas de soldados internacionales, policías, juntos ahora, podría ser suficiente para enviar una señal positiva a esos terroristas," tal como describió a los gángsteres que él había ayudado una vez a armar.

Incluso mientras que sus matones asumieron el control de las calles de Puerto Príncipe, la capital, él se hizo ver como humanitario. "Una vez que se den cuenta que la comunidad internacional rechaza [permitir] a terroristas seguir matando, nosotros podemos evitar que ellos maten a más gente”, dijo Aristide.

Él tenía algunos aliados americanos. Jesse Jackson, nunca vacilante de mediar en conflictos ajenos, exigía la intervención de Estados Unidos: "a menos que suceda algo inmediatamente, el presidente podría ser asesinado. No debemos permitir que eso suceda a esa democracia."

Pero pocas naciones extranjeras tenían alguna ilusión de que Haití fuese una democracia verdadera o cualquier deseo de apoyar el desacreditado régimen autoritario de Aristide. La administración de Bush rechazó llevar a cabo otra invasión militar para sostener el símbolo americano de la democracia.

Aristide no tenía muchas opciones mas que huir. Causando a Washington a intentar otra vez.

"El gobierno cree que es esencial que Haití tenga un futuro esperanzador," dice el presidente George W. Bush. "Estados Unidos está preparado para ayudar a terminar la violencia en la nación isleña.”

El deseo de intervenir es comprensible. Haití está en caos; la gente es pobre; la isla es inestable. ¿Quién desea un estado fracasado al sur de las costas de EE.UU.?

Pero, de hecho, Haití ha sido un estado fracasado por 200 años. Nunca hubo alguna época cuando el país no estuviese en caos, la gente no fuese pobre y el gobierno no fuese inestable. No había democracia a restaurar en 1994 y ahora tampoco.

La invasión de 1994 no fue la única tentativa del Washington de arreglar a Haití. Estados Unidos ocupó la isla de 1915 a 1934. Fue tristemente efímera cualquier ventaja que llegó con las tropas de Estados Unidos hace nueve décadas. Justo como hace una década.

América ahora está hablando de tener una fuerza internacional para proteger al gobierno interino presidido por el Magistrado del Tribunal Supremo de Justicia Boniface Alexandre mientras se organizan las elecciones. El una vez gobernante de Haití, Francia, ha desarrollado un plan aún más complejo de cinco puntos para rescatar a Haití.

Tomará probablemente más de cinco puntos para salvar a la isla, pero no importa. Si Francia desea intentar, se le debe animar que haga el intento. Sin embargo Washington debe permanecer fuera.

Los Estados Unidos no tienen ningún interés estratégico o de seguridad en Haití. Los lazos económicos son mínimos.

Hay una obvia crisis humanitaria, pero no es diferente que la presente en dos o tres docenas de naciones alrededor del globo. La única amenaza de Haití es la posible generación de una corriente de refugiados; ese problema no es nuevo ni serio. De hecho, Estados Unidos podría asimilar fácilmente cualquier desesperada y bastante dedicada persona para cruzar a través del angosto canal a la Florida.

Al mismo tiempo, a los militares de Washington los despliegan al máximo alrededor del globo. Están rotando a unos 110.000 soldados e Infantes de Marina en desagradables y mortales deberes en Iraq. Otros 10.000 están luchando en Afganistán. Casi 10.000 más permanecen estacionados patrullando los fallidos estados de Bosnia y Kosovo. Incluso guarniciones más grandes protegen estados prósperos y populosos en Asia del Este y Europa.

Con los funcionarios del Pentágono preocupados del impacto de despliegues en el extranjero cada vez más frecuentes y más largos de soldados en servicio activo y en reserva, sería absurdo agregar a la mezcla otra asignación de ultramar difícil e innecesaria. La única ventaja internacional de Estados Unidos es el combate en guerras. Deje a que otros estados, como Francia, proporcionen tropas de ocupación donde y cuando sea necesario.

Pocos países han tenido una experiencia tan trágica como la tiene Haití. Pero no es propósito de EE.UU. ni dentro de las facultades de Washington de corregir cada mal. Estados Unidos debe dejar de intentarlo.

Traducido por Nicolás López para Cato Institute.

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