por James A. Dorn
Aunque la China conmemora este año 50 años del gobierno
del Partido Comunista, el comunismo está muerto en los corazones y las
mentes de los chinos. Al igual que sus antiguos camaradas en Rusia y
Europa oriental, los chinos prefieren la riqueza del mercado al dogma
comunista.
Una encuesta de Gallup en 1997, realizada entre habitantes
tanto rurales como urbanos, encontró que la más común actitud hacia
la vida es "trabaja duro y enriquécete" (56%), mientras que
la noción menos popular resultó ser "no pienses en ti y da todo
en servicio de la sociedad" (3%). Hoy en día, a lo contrario de
los tiempos de la Revolución Cultural cuando los asuntos políticos predominaban,
la economía es el rey y el Partido es el peón.
Casi una década luego del levantamiento de Tiananmen,
el presidente Jiang Zemin ha determinado que la primera prioridad es
"estabilidad", para evitar desviaciones a la línea partidista.
Pero su cada vez más dura persecución de los disidentes es más una señal
de debilidad que de fortaleza.
La verdad es que el Partido Comunista Chino es más débil
hoy en día que en cualquier momento desde 1949. Más jóvenes prefieren
hacer fortuna que hacerse miembros del Partido. La liberalización económica
ha partir de 1978 le ha dado más poder a la gente, a la vez que ha socavado
sin querer el poder del Partido.
La gente tiene poca confianza en las industrias y en los
bancos manejados por el estado. La gente sabe que a pesar de la retórica
oficial sobre la separación de la administración de esas empresas de
la política, la realidad es que la propiedad estatal significa control
por parte del Partido. Y la práctica autoritaria en las organizaciones
económicas ha sido un gigantesco fracaso a la vista de todos.
El colapso del comunismo en el Bloque Soviético dejó a
los comunistas chinos al descubierto. Y ahora la China enfrenta el mismo
dilema que confrontó la Unión Soviética: continuar la apertura al exterior
y poner en peligro el control partidista de la política o apretar los
controles y exponerse a un colapso de la confianza que queda en el Partido.
Las miserables condiciones de las empresas estatales,
el deterioro de los ingresos fiscales y la fragilidad del sector bancario
chino representan serias amenazas a la existencia misma del Partido
Comunista. Por eso es que los líderes chinos están tan nerviosos.
La politización de la vida económica de las empresas estatales
ha conducido a la ineficiente utilización de los fondos de inversión,
inmensas pérdidas y contracción en la participación del sector público
en la producción. Hoy, las industrias estatales producen apenas el 30%
del total, comparado con 80% en 1978.
La caída de los ingresos fiscales provenientes del decreciente
sector estatal ha sido dramática. Esos ingresos han pasado de ser 35%
del PIB en 1978 a ser apenas 11% hoy. La base económica del PCC se está
derrumbando. Y lo que dificulta aún mas la situación es que los bancos
estatales chinos tienen montañas de préstamos no productivos.
La China no podrá resolver sus problemas económicos por
sí sola. Hoy, millones de chinos pueden viajar libremente, ser propietarios
de sus hogares, seleccionar su ropa, mostrar afecto en público, escoger
sus estudios y trabajar donde quieran. La vida económica y social está
menos politizada que antes y la gente puede mirar al futuro con más
confianza. Como dijo el presidente Clinton durante su mensaje
anual al Congreso: "Mientras más traigamos a China al mundo, mayor
cambio y más libertad llevará el mundo a China".
El espíritu del comunismo puede estar muerto en la China,
pero el espíritu capitalista apenas comienza a asomarse. Para la paz
y prosperidad del mundo es necesario que el occidente establezca una
relación permanente con China, permitiéndole al comunismo una muerte
natural.
Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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