por Doug Bandow
Doug Bandow es Académico Titular del Cato Institute.
Aparentemente,
los habitantes de Corea del Norte nuevamente se están muriendo de
hambre. EE.UU. ofrece asistencia con 50,000 toneladas de alimentos, pero
el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (PMA) espera conseguir
mucho más. En el caso de Corea del Norte, sin embargo, probablemente
menos sea mejor.
La así denominada República Democrática Popular de
Corea (RDPC) puede encontrarse en cualquier lista que enumere las peores
tiranías del mundo. El régimen Stalinista constituyó un
horror con respecto a los derechos humanos, no supo administrar la economía,
desvió recursos valiosos hacia un programa de armas militares y nucleares
sobredimensionado, y permitió que cientos de miles o hasta tal vez
millones de personas murieran de hambre durante la última década.
Es díficil mantenerse al margen cuando la gente se muere de hambre.
Anthony Banbury, Director de Asia de PMA, teme que inlcuso después
de la donación de EE.UU., “si no se reciben nuevas donaciones,
el 80% de los 6.5 millones de personas que estamos tratrando de asistir no
recibirán ayuda y se encontrarán en una situación desesperante”.
Lamentablemente,
ceder ante la tentación de ayudar solo fortalecería
el régimen de Kim Jong-il y como consecuencia, prolongaría
el sufrimiento del pueblo de Corea del Norte.
Corea del Norte es un verdadero estado totalitario, tal vez el más
parecido al de 1984 de George Orwell. Amnistía Internacional
enumera una letanía de violaciones de los derechos humanos más
básicos: tortura, ejecuciones, hambre, prisiones degradantes, prensa
controlada.
Pyongyang también sigue la línea de la Unión Soviética
de Stalin y de la China de Mao al imponer una dictadura política a
través de la policía secreta y los campos penales. Norbert
Vollersten, un médico que pasó 18 meses en Corea del Norte,
escribió sobre “las ejecuciones en masa, la tortura, las violaciones,
los asesinatos, y otros crímenes en contra de la humanidad” que
se llevan a cabo en las prisiones de Corea del Norte. Más escalofriantes
son los informes, no verificados pero creíbles, del uso de prisioneros
para pruebas con armas químicas y biológicas.
¿Cómo puede ser que un país tan pequeño encarcele
a tanta gente? Es fácil si casi todo es un delito. Un reciente informe
del Comité por los Derechos Humanos en Corea del Norte de EE.UU. explica
que “cómo en los tiempos de Stalin, los habitantes de Corea
del Norte son arrestados por delitos absurdos, como leer un periódico
extranjero, cantar una canción popular de Corea del Sur, o ‘insultar
a las autoridades’ de la dirigencia de Corea del Norte”.
El sistema siempre ha sido asesino. Pero la condición de los prisioneros
ha empeorado infinitamente con el colapso económico.
Además, el hambre ha generado nuevas instalaciones para detener
y escarmentar a aquellos que intenten huir del país.
De cualquier manera, es díficil, incluso para el régimen
más repulsivo, seguir adelante cuando tanta gente quiere irse. China
debería avergonzarse de detener refugiados desesperados y entregarlos
a Corea del Norte.
El gobierno chino también permite que Corea del Norte opere fuerzas
de seguridad dentro de China. Se cree que estas fuerzas secuestraron a Kim
Dong-shik, un ministro de Corea del Sur que intentaba ayudar a refugiados
de Corea del Norte en el año 2000.
Corea del Sur también tiende a desalentar a las personas que desean
escaparse de la RDPC, pero por otras razones. Una combinación de temor
a la acción
militar por parte de Corea del Norte y un sentido de camaradería étnica
hicieron que Seúl implementara políticas que tiendan a un aplacamiento
de Pyongyang.
Una extrema sensibilidad a las visiones de la RDPC es evidente hoy en los
esfuerzos de Seúl para desalentar a los refugiados de Corea del Norte.
El año pasado, 1,900 refugiados de Corea del Norte lograron llegar
a la República de Corea. Pero Seúl aparentemente cree que es
demasiado. En 2005, hasta el mes de abril solo habían llegado 130
refugiados.
Corea del Sur ha reducido considerablemente la ayuda a los refugiados que
llegaron recientemente. También ha intentado controlar a los activistas
que organizan protestas e impedir que potenciales refugiados logren entrar
por la fuerza a misiones diplomáticas de la República de Corea.
Además, anunció Chung Dong-young, el Ministro de Unificación
de Corea del Sur, que “el gobierno se opone claramente a protestas
organizadas. Para la gente del Norte, vivir en el Norte con sus familias
es necesario tanto para los individuos como para la co-existencia y la co-prosperidad”.
El Vice-Ministro de Unificación, Rhee Bong-jo agregó que el
gobierno está reforzando los procedimientos de investigación
para “lograr un efecto disuasivo”.
Aunque no existe razón por la cual el Sur se desvie de su camino
y sea hostil a Pyongyang, no debe desentenderse de cuestiones de derechos
humanos. Sin embargo, la República de Corea se abstuvo durante tres
años seguidos cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas, un
foco partidario cuestionable de derechos humanos, aprobó una resolución
en el 2003 expresando “su profunda preocupación por los informes
de graves violaciones sistemáticas a los derechos humanos” en
el Norte.
Pero Corea del Sur hace más que ignorar a los refugiados. Durante
los últimos cuatro años Norbert Vollertsen hizo campaña
en contra de Pyongyang y ayudó a refugiados de Corea del Norte. Su
obra ha avergonzado tanto a Corea del Sur como a Corea del Norte. Por lo
tanto, Seúl lo mandó a casa en junio, argumentando que sus “actividades
políticas” violaban su visa de turista. EE.UU. ha presionado
a China para que cambie su política.
Sin embargo, algunos funcionarios que critican la situación, como
el Senador Sam Brownback, (Republicano-Kansas), autor de la Ley de Derechos
Humanos de Corea del Norte (NKHRA, por sus siglas en inglés), no creen que
el Departamento de Estado haya hecho suficiente. Pero la influencia de EE.UU.
sigue siendo limitada, a pesar de su condición de potencia. Tratar
con Pekin es particularmente difícil, ya que Washington también
busca que China lo ayude a disuadir a Corea del Norte de desarrollar armas
nucleares, reducir las exportaciones textiles, y más.
Sin embargo, Washington, podría hacer más que recibir a refugiados
que escapan del infierno de Corea del Norte. Hasta el momento, EE.UU. ha
sido inusualmente reticente a aceptar refugiados de Corea del Norte. Se ha
otorgado el estatus de asilado solamente a 9 refugiados desde el año
2002.
EE.UU. no debe preocuparse por verse inundado de refugiados: la mayoría
de los habitantes de Corea del Norte naturalmente prefieren vivir en Corea
del Sur. Además, llegar a América del Norte es una gran hazaña.
De hecho, solamente 100 habitantes de Corea del Norte lograron llegar a EE.UU.
luego de que se aprobara la NKHRA el año pasado.
Pero ninguno ha logrado el estatus de asilado político. Un individuo,
Ju Young-hak, pasó tres noches fuera del Departamento de Estado. Las
regulaciones de EE.UU. no favorecen a refugiados que fueron primero a un
tercer país, como Corea del Sur. Por eso, informa el Departamento
de Estado, se están considerando nuevos procedimientos que “permitirían
que EE.UU. aceptara refugiados de Corea del Norte que tienen razones convincentes
para establecerse en EE.UU. en vez de en Corea del Sur u otro país”.
¿Pero por qué no aceptar a cualquier habitante de Corea del
Norte que quiera venir a EE.UU. por la simple razón de que es un país
libre y próspero? Parecería ser razón suficiente. Nick
Eberstadt del American Enterprise Institute, escribió: “A
pesar de las dificultades, Corea del Sur se convirtió en el país
más libre de la península. Ahora su tarea es extender esa libertad
hacia el Norte, aunque signifique un refugiado a la vez”. Si la República
de Corea no lo hace, entonces debería hacerlo EE.UU.
No es fácil desarrollar políticas públicas adecuadas
para Corea del Norte. La principal meta de EE.UU. sigue siendo disuadir al
Norte de su trayecto nuclear. Por esa razón, vale la pena proveer
algo de ayuda como parte de un desmantelamiento verificable del programa
de armas nucleares de Corea del Norte. En ese caso, la ayuda no debería
ser prestada con la condición de una mejora en los derechos humanos,
pese a cuánto lo deseáramos.
Sin embargo, EE.UU. debe dedicarse
a ayudar a los habitantes de Corea del Norte en vez de al gobierno. Al principio
de este año, el Ministro
de Reunificación de la República de Corea, Chung, básicamente
se disculpó ante el Norte por el hecho de que sus habitantes se atrevían
a buscar la libertad en el Sur: “Corea del Norte considera el asunto
de los refugiados como una amenaza a su régimen”, pero “destruir
al Norte no es nuestra política”.
Esto es un quiebre moral y práctico. EE.UU. y sus aliados deberían
destruir el sistema totalitario de Corea del Norte. No por medio de la violencia,
ya que el costo de cualquier guerra sería muy alto. Pero claramente
no deberían apoyar el régimen de Kim Jong-il.
Traducido por Marina Kienast para Cato Institute.