31 de diciembre de 1969

comunismo

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Chávez ve a Cuba como un modelo

por Mary Anastasia O'Grady

Mary Anastasia O’Grady es editora de la columna de las Américas del Wall Street Journal.

Para nadie es un secreto que Hugo Chávez quiere algún día ser como Fidel Castro. La semana pasada, Chávez dio un paso más hacia esa meta al emitir 26 nuevos decretos diseñados para derrumbar los derechos de propiedad y consolidar aún más su poder económico en el palacio presidencial. También nacionalizó al tercer banco del país.

Sin embargo, Hugo no sólo está imitando a su ídolo cubano en lo económico. Lo que ha sido menos difundido es la creciente colección de prisioneros políticos del presidente venezolano, y sus otros métodos siniestros para neutralizar a sus opositores.

Las medidas económicas de la Revolución Bolivariana ya son preocupantes de por sí. El gobierno ha proclamado a la producción y distribución de alimentos como un bien público, lo que significa que el Estado puede intervenir de la manera que quiera. De hecho, ya lo ha hecho, y muchos creen que Chávez tiene en la mira a Polar, una empresa local de alimentos y bebidas, para nacionalizarla.

Chávez ha pasado casi una década intentando transformar a Venezuela en una economía de planificación centralizada. Los resultados son funestos. Hay escasez de alimentos, la inversión del sector privado y el empleo se están reduciendo y la inflación en los últimos 12 meses es de cerca de 34%. El aumento de la tasa de homicidios sugiere que se está desmoronando el orden civil.

Sin embargo, Chávez parece satisfecho con las circunstancias, mostrando otra forma en la que se parece a Castro: ambos son narcisistas antes que cualquier otra cosa y ambos están motivados por un intenso deseo de gobernar como un caudillo. El bienestar del país no importa.

En términos políticos, esto significa que todos aquellos que desafíen el poder del presidente deben ser silenciados, por la fuerza, de ser necesario. A diferencia de lo que han dicho Jimmy Carter y el senador estadounidense Chris Dodd sobre que la Venezuela de Chávez es una democracia, este gobierno está tratando de aniquilar a su competencia política.

Chávez no ha tenido que ser duro con demasiados venezolanos. Pocos son lo suficientemente seguros como para desafiarlo y muchos han sido fáciles de cooptar, al atar su supervivencia financiera a la agenda del gobierno. Además, Venezuela es un lugar conocido por su corrupción: no es sólo el círculo interno de Chávez el que está disfrutando de la fiesta.

Aun así, hay unos pocos que no han podido ser comprados o intimidados; para ellos, Chávez ha tenido que usar su propia versión de "la ley".

La semana pasada, su Corte Suprema, elegida a su voluntad, estableció que 260 candidatos a las elecciones municipales y provinciales de noviembre, la mayoría de los cuales se oponen a Chávez, serán impedidos de participar en la votación, por haber sido acusados de corrupción.

Por supuesto, esto no funciona realmente así en la ley venezolana, ya que a una persona sólo se le puede prohibir participar en las elecciones si es encontrada culpable. No obstante, el gobierno de Chávez encontró una forma de solucionar ese problema. Ninguno ha sido llevado a juicio, pero el Contralor Nacional, un chavista, los declaró culpables arbitrariamente.

Un peor augurio es la creciente lista de prisioneros políticos. Uno de ellos es Iván Simonovis, el antiguo jefe de la policía metropolitana de Caracas, quien durante su gestión se ganó la reputación de ser un profesional disciplinado y dedicado en su lucha contra el crimen. Simonovis era el principal policía en la ciudad el 11 de abril de 2002, el día de una protesta masiva que provocó la breve renuncia del presidente.

Ese día, 17 personas fueron asesinadas y una fuerza policial independiente habría tratado de encontrar a los responsables. Pero Chávez asumió el control de la policía metropolitana. Simonovis fue arrestado el 22 de noviembre de 2004, acusado de ser responsable de tres de esas muertes.

Su esposa Bonny es una de sus abogadas. Hablé con ella por teléfono el jueves y me dijo que retener a un sospechoso por más de dos años va en contra de la ley venezolana, pero sus apelaciones para obtener su libertad han sido rechazadas. También dijo que durante los tres años y ocho meses de su encarcelación su esposo ha sido mantenido en confinamiento solitario en una celda de cuatro metros cuadrados sin ventanas o ventilación. Su salud se ha deteriorado.

El juicio, que comenzó el 20 de marzo de 2006, ahora es el más largo en la historia de Venezuela. Las deposiciones finales deberían haberse hecho la semana pasada, pero el juez le dio a la fiscalía más tiempo para revisar los argumentos. La esposa de Simonovis dice que esto significa que el caso puede extenderse por meses, aunque no se ha presentado evidencia que pueda condenar a su marido.

Otro prisionero político es el teniente coronel de la Guardia Nacional Humberto Quintero, responsable de la captura del líder terrorista colombiano Rodrigo Granda en territorio venezolano en diciembre de 2004 y que luego lo entregó a Colombia. Quintero debería ser tratado como un héroe en Venezuela. En cambio ha sido enviado a una prisión de máxima seguridad y supuestamente ha sido torturado.

Estos hombres están siendo castigados por no estar de acuerdo con el chavismo. Sus arrestos también sirven como advertencia para el resto del país: si decide cruzarse en el camino de las aspiraciones caudillistas de Chávez, lo hace bajo su propia cuenta y riesgo.

Este artículo fue publicado originalmente en The Wall Street Journal (EE.UU.) el 11 de agosto de 2008.

Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2011
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La sombra de Solzhenitsyn en América Latina

Carlos Alberto Montaner dice que "A Solzhenitzyn la cárcel lo limpió y lo curó del comunismo. Toda su obra importante gira en torno a esa experiencia".

VIDEO: La destrucción de la democracia en Chile

Esta entrevista a José Piñera fue realizada el 12 de febrero de 2008 en Washington, DC.

Marx, Lenin y Gramsci

por Alberto Benegas Lynch

Alberto Benegas Lynch (h) es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.

En el Manifiesto Comunista de 1848, se sostiene que “la burguesía es incapaz de gobernar” porque “la existencia de la burguesía es incompatible con la sociedad” ya que “se apropia de los productos del trabajo. La burguesía engendra, por sí misma, a sus propios enterradores. Su destrucción es tan inevitable como el triunfo del proletariado” (secciones 31 y 32 del segundo capítulo).

Y mas adelante Marx y Engels escriben que “pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada” (sección 36 del capítulo tercero), para concluir en la necesidad de que el proletariado se ubique en el vértice político : “los proletarios se servirán de su supremacía política para arrebatar poco a poco a la burguesía toda clase de capital para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, en las del proletariado organizado como clase gobernante” (sección 52 del mismo capítulo, el cual concluye con la necesidad de la revolución en la sección 54).

Lenin era mas sagaz que sus maestros ya que nunca creyó que el llamado proletariado podía dirigir y mucho menos gobernar una revolución (ni en ninguna circunstancia). Por eso escribió lo que aparece en las páginas 391-2 del quinto tomo de sus obras completas en el sentido que el vehículo de lo que denominaba “la ciencia socialista”, a su juicio, “no es el proletariado sino la intelligentsia burguesa: el socialismo contemporáneo ha nacido en las cabezas de miembros individuales de esta clase”. Por esto también es que Paul Johnson en su Historia del mundo moderno destaca que Lenin “nunca visitó una fábrica ni pisó una granja”.

Todas las revoluciones de todas las épocas han sido preparadas, programadas y ejecutadas por intelectuales. Los obreros han sido carne de cañón y un adorno para los distraídos. Por esto es que resulta tan importante la educación, los estudiantes y los intelectuales porque, para bien o para mal, de esa formación depende el futuro.

De todos los dirigentes comunistas el que mejor vislumbró este punto crucial fue Antonio Gramsci en sus escritos desde la cárcel fascista. Denominaba “guerra de posición” a la tarea de influir en la cultura y “guerra de momento” a la toma del poder. Creía en la trascendencia de la educación en todos los niveles, especialmente en las faenas realizadas en las familias de obreros para entrenarlos y formarlos como intelectuales defensores de los principios comunistas.

Es muy común al indagar en las experiencias de antiguos socialistas convertidos al liberalismo, que se advierta que el autor que mas atrajo atenciones en cuanto a sus posturas intelectuales anteriores era precisamente Gramsci. Pensadores de fuste no son atraídos por los métodos violentos sino por las tareas de la educación y la cultura. Por otra parte, en mis conversaciones con estas personas he comprobado que, en general, el campo de conocimiento que los ayudó a transitar el cambio de una posición a otra ha sido el de los mercados competitivos, al percibir que, además de la falta de respeto a la dignidad humana, la prepotencia estatal no puede contra los arreglos libres y voluntarios en el contexto de los marcos institucionales de una sociedad abierta.

El conocimiento está disperso y fraccionado, lo cual se pone de manifiesto a través de los precios de mercado que tramiten información a los operadores para asignar factores productivos a las áreas más requeridas. En la medida en que aciertan obtienen ganancias, en la medida en que se equivocan incurren en quebrantos. Los megalómanos de turno, con la intención de “dirigir la economía”, están, de hecho, concentrando ignorancia y apuntan a sustituir el conocimiento de millones de personas es sus respectivos “spots” por directivas ciegas emanadas desde el vértice del poder, puesto que resulta imposible contar con la información presente en los millones de arreglos contractuales simplemente porque no está disponible antes que las operaciones se concreten.

Por otra parte, al arremeter contra la propiedad privada se debilitan hasta desaparecer las antes mencionadas señales, es decir, los precios, con lo que nadie sabe como proceder con los siempre escasos factores productivos. En otros términos, además de la falta de respeto a las libertades de las personas, las distintas vertientes del régimen de planificación estatal constituyen un imposible técnico. Sin precios o con precios falseados se desvanece la posibilidad de la evaluación de proyectos y la misma contabilidad. Se puede mandar, ordenar y decretar por puro capricho con el apoyo de la fuerza bruta, pero no puede conocerse la marcha de la economía allí donde se bloquean las señales que permiten asignar económicamente los recursos disponibles.

Entre otros, estos han sido los errores fatales de Marx y sus seguidores de todos los colores y constituyen las razones del derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín y de los reiterados y estrepitosos fracasos de la planificación estatal de las haciendas ajenas. Por eso los almacenes están rebosantes de mercancías cuando se permite que funcionen los procesos de mercado y quedan anémicos y vacíos cuando se entromete la arrogancia y la soberbia inaudita del planificador gubernamental.

En un contexto más general respecto del aparato estatal, vale la pena tomar nota de las crudas observaciones de Hanna Arendt en Truth and Politics, en cuanto a que “nadie, que yo sepa, ha contado la veracidad entre las virtudes políticas” y, en esa misma línea por cierto alarmante, Talleyrand había escrito mucho antes en correspondencia dirigida a Madame de Staël que “no se puede confiar en un político a menos que sea corrupto puesto que, en ese caso, hay un pacto personal y directo en el que sostenerse”.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de América (EE.UU.) el 12 de junio de 2008.

Fascismo y marxismo: El rechazo de la libertad

por Alan Reynolds

Alan Reynolds es Académico Titular de Cato Institute.

Cuando el presidente Bush recientemente utilizó la frase “fascistas musulmanes”, se le prestó mucha más atención a la segunda palabra. Pero la referencia al fascismo fue más relevante en muchos aspectos y probablemente más adecuada. Las teocracias dictatoriales del Talibán y de Ayatollah Khomeini podrían ser descritas adecuadamente como fascistas, pero también podrían ser descritas así las dictaduras seculares de Saddam Hussein y de Idi Amin.

Algunos de los partidarios del presidente Bush pensaron que el usó la palabra “fascismo” para referirse al anti-Zionismo (ya que los árabes son Semitas). Pero no todos los fascistas son racistas ni todos los racistas son fascistas. Mussolini no era hostil para con los judíos hasta octubre de 1938 cuando se volvió oportuno políticamente aplacar a Hitler. Los fascistas italianos y españoles no eran miembros de la “raza nórdica” de Quisling o de los mal denominados “arianos” de Hitler (pues en realidad los arios eran un grupo lingüístico de los Indo-Europeos, principalmente los iraníes).

La única cosa que todos los fascistas tienen en común no es el racismo sino el estatismo—el rechazo absoluto de los derechos individuales y de la libertad. En las palabras de Mussolini, “Todo en el estado, nada fuera del estado, nada en contra del estado”.

El libro de 1964 de Eugen Weber “Varieties of Fascism” (Las variedades del fascismo) comenzó por señalar que “El siglo 19 ha visto los mejores días del liberalismo, el florecimiento de las instituciones parlamentarias y democráticas, la afirmación de la empresa privada y de la libertad individual. El siglo 20 sería dominado por tendencias—colectivistas, autoritarias, anti-parlamentarias y anti-democráticas—las cuales realzaban el elitismo a expensas de la igualdad, el activismo y la irracionalidad en contra de la razón y el contrato, la comunidad orgánica en contra de la sociedad constitucional”.

La referencia de Weber a los regimenes colectivistas-autoritarios incluía al fascismo, pero obviamente se aplicaba también al comunismo, el cual era en ese entonces poderoso en la Unión Soviética, China, Cuba y Vietnam. Las semejanzas más tarde se hicieron explícitas en el libro “The Faces of Janus: Marxism and Fascism in the Twentieth Century” (Los rostros de Janus: Marxismo y fascismo en el siglo veinte) de James A. Gregor.

El fascismo es un sistema colectivista en el cual algún líder de pandilla egocéntrico tal como Mussolini, Hitler o “Papa Doc” Duvalier se toma el poder político totalitario de por vida y luego usa la fuerza bruta para robar la propiedad y asesinar y encarcelar a quien le de la gana. El comunismo, en cambio, es un sistema colectivista en el cual algún líder de pandilla egocéntrico tal como Stalin, Mao, Pol Pot, Ceausescu o Castro se toma el poder político totalitario de por vida y luego usa la fuerza bruta para robar la propiedad y asesinar y encarcelar a quién le de la gana.

Los dictadores fascistas usualmente colocan imágenes gigantescas y estatuas de si mismos en cada esquina importante de las calles. También lo hacen así los dictadores comunistas. Y también lo hacen así los teócratas que aspiran a ser dictadores fascistas, tales como Hassan Nasrallah de Hizbolá (el “Partido de Dios”) y Osama bin Laden.

Una vez que se toman el poder, los dictadores fascistas terminan tratando de establecer dinastías políticas, tales como la de “Papa Doc” Duvalier de Haití quien dejó su poder a Baby Doc. Los dictadores comunistas, en cambio, resultan tratando de establecer dinastías políticas, tales como la de Kim Il Sung quien ha dejado su poder a Kim Jong Il. Fidel Castro de la misma manera pretende que Cuba y sus sirvientes permanezcan siendo la propiedad privada de la familia Castro.

Una monarquía totalitaria hereditaria no es una idea nueva radical—era muy familiar para Louis XVI y para Maria Antonieta. Pero aún así al Comandante Castro y al Coronel Qaddafi de Libia se les ha permitido describir su dictadura militar como una dictadura “revolucionaria” en lugar de una reaccionaria. Fidel describe a su hermano Raúl como “más radical” porque él asesinó a más personas que él. De acuerdo a aquél estándar, Pol Pot, Stalin y Mao Tse-Tung deben haber sido unos tipos verdaderamente progresivos. Ni hablar de Hitler o de Attila el Uno.

Las dictaduras comunistas son supuestamente tan totalmente diferentes de las dictaduras fascistas que a nuestros niños en la escuela desde hace mucho se les ha indoctrinado a categorizar a los líderes de las pandillas comunistas en “la izquierda” y a los líderes de las pandillas fascistas en “la derecha”. Pero esta división en dos describe solamente la retórica racional a favor del estatismo, no las diferencias relevantes. Dejando los membretes a un lado, todo se trata de la conquista y el poder.

Aquellos que dicen ser dictadores en nombre “del pueblo” son llamados líderes comunistas o socialistas—como en la “República Popular de Corea” o en la “Gran Jamahiriya Popular Socialista Árabe Libia”. Aquellos que dicen que son dictadores en nombre de “la nación” son llamados fascistas. Pero aún así Cuba, Corea del Norte y Libia son igual de nacionalistas y xenofóbicas que los fascistas.

Si un gobierno autoritario da ordenes a los empresarios y trabajadores, se le tilda de fascista o de “economía planeada” (socialismo). Hitler por lo tanto se jactaba en 1935 de haber establecido “una oferta planeada de labor, una regulación planeada del mercado y un control planeado de los precios y salarios”.

Si un gobierno autoritario de hecho roba y conduce gran parte de los negocios, y por lo tanto es jefe de todos, eso se llama comunismo. “En un país donde el único empleador es el estado”, explicó Leon Trotsky, “la oposición significa morirse de hambre lentamente”.

Ayn Rand, la novelista-filósofa, pensó que gran parte de la historia había sido dominada por curanderos y pandilleros (Attila). Los pandilleros gobiernan a la fuerza, mientras que los curanderos se inventas excusas ingeniosas para el robo. En el último siglo, los curanderos muchas veces promovieron teorías seculares—ideas viciosas tales como la eugenesia y la guerra de las clases que se convirtieron en “movimientos” empañados de un fervor irracional. El marxismo se convirtió, en “el opio de los intelectuales”, en las palabras de Raymond Aron, cegando a muchos de las realidades de la opresión y del asesinato estalinista.

Muchos fascistas de los 1930s fueron cristianos, tales como el movimiento Christu-Rex de Leon Degüelle en Bélgica; algunos de los tempranos seguidores de Mussolini eran judíos. Pero hablar del fascismo cristiano o judío suena como utilizar más palabras de las necesarias. No hay nada inherentemente dictatorial acerca del Islam, como se ha demostrado en países predominantemente musulmanes tales como Turquía, Malasia, Indonesia, Pakistán y Tunisia.

De hecho, hasta hace poco, los curanderos más importantes del Medio Oriente eran principalmente los socialistas seculares—proponentes del pan-arabismo, tales como los baasistas de Saddam. La reciente combinación de retórica nacionalista y religiosa por parte de los clérigos musulmanes es distinta, ya que involucra una alianza literalmente suicida de curanderos y pandilleros. Los clérigos en sí no son suicidas o valientes, por supuesto. Su tarea es engañar a la gente joven para que se maten así mismos y a otros en nombre de la retórica colectivista en general (nosotros en contra de ellos) y para que asistan a los pandilleros y curanderos locales en su ambición de convertirse en dictadores.

Si la frase “fascismo musulmán” se convertirá en algo más serio que un insulto gratuito, su valor debe yacer en focalizar la atención en el peligro que hay cuando se mezcla la brutalidad y el asesinato con excusas cuasi-religiosas o cuando se combina la fuerza con el fraude o los pandilleros con los curanderos.

Este artículo fue publicado originalmente en Human Events Online el 24 de agosto de 2006.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.

México imita a Yugoslavia

por Steve Hanke

Steve H. Hanke es profesor de economía aplicada en la Universidad Johns Hopkins y Senior Fellow del Cato Institute.

Cuando el Presidente Vicente Fox fue anfitrión del Presidente Bush y de Stephen Harper, Primer Ministro de Canadá, en Cancún, Fox se apegó "al mensaje": Canadá y Estados Unidos deben aceptar todavía más trabajadores mexicanos y otorgarles más "derechos". Esto no es nada nuevo. Desde que Bush y Fox fueron elegidos en el 2000, Fox ha disparado una descarga de demandas contra la Casa Blanca.

Esto se ha convertido en parte de un gran debate sobre inmigración. Lo que no ha salido a relucir en el discurso público es el triste estado de la economía mexicana y la adopción de México de una estrategia económica tomada del modelo yugoslavo del Mariscal Josip Broz Tito.

Bajo los comunistas, Yugoslavia no pudo producir suficientes empleos para dar trabajo a toda su fuerza laboral. Para resolver el problema del alto desempleo de Yugoslavia, Tito, el hombre fuerte de ese país, surgió con una estrategia económica sencilla, sin embargo ingeniosa: abrir las fronteras—al menos para los estándares comunistas—y exportar la mano de obra desempleada.

Este plan funcionó como un hechizo. En su punto más alto, a principios de los 70, había más de un millón de yugoslavos, aproximadamente el 11 por ciento de la fuerza laboral, trabajando en Europa Occidental. Y los envíos de dinero en moneda extranjera (principalmente marcos alemanes) que enviaban a casa sumaban hasta un 30 por ciento de las exportaciones de Yugoslavia.

Al igual que Yugoslavia, la economía de México está estancada en una variedad de centralismo.

De acuerdo al reporte "Doing Business in 2006" del Banco Mundial, el mercado laboral de México es simplemente disfuncional. De los 155 países cubiertos por el reporte, México ocupa el lugar 125 en términos de dificultades enfrentadas por las empresas en contratación, empleo y despido de trabajadores. No es sorprendente que México esté en un camino de crecimiento lento y que no pueda producir empleos.

Más que modernizar la economي a, los políticos de México han adoptado una estrategia inspirada en Tito: cuando es incapaz de fomentar empleos productivos, exporta la fuerza laboral.

Como resultado , más del 27 por ciento de la fuerza laboral de México trabaja ahora en Estados Unidos y estos trabajadores envían a casa remesas por 20 mil millones de dólares. Eso es igual a una tercera parte de las ganancias salariales totales en el sector formal de la economía mexicana y al 10 por ciento de las exportaciones de México.

Publicado originalmente en El Norte el 26 de abril y en el diario La Reforma el 27 de abril de 2006.

Corrupción y comunismo

Fidel Castro se ha mostrado tan alarmado ante la magnitud de la corrupción en Cuba que ha llegado a calificarla como una amenaza a la supervivencia de la revolución. “Si alguien destruye esta revoluciónâ€"ha dicho Castroâ€"no va a ser ningún enemigo externo, vamos a ser nosotros mismos”. Creo que estas alarmas justifican algunas observaciones.
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