por Gabriela Calderón
Gabriela Calderón es editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo (Ecuador).
A pesar de tener recursos minerales abundantes y tierras fértiles,
un clima favorable, haber comenzado antes a construir sociedades democráticas
y países libres, el Asia y el Oeste han dejado atrás a Latinoamérica.
Instituciones débiles y el irrespeto del estado de derecho son dos
de las razones por lo que el progreso no se da en la región.
Con la resurgencia de los anteriores líderes de golpe de estado,
Hugo Chávez de Venezuela y Lucio Gutiérrez de Ecuador (recientemente
caído del poder por protestas populares), y de líderes socialistas
como Lula de Brazil, Kirschner en Argentina, y Tabaré Vásquez
en Uruguay, es difícil ignorar el romance sinfín de los latinos
con líderes populistas. Es así que a pesar de que las llamadas
reformas “neoliberales” de los 90s, la izquierda sigue viva y
palpitante en Latinoamérica.
Desde haber ganado su independencia, los países latinoamericanos
han tenido democracias débiles e inestables en las mejores instancias,
y dictaduras militares recurrentes con pequeños experimentos socialistas.
Además de los famosos casos de Pinochet y del muy mistificado régimen
de Allende, Latinoamérica ha sufrido el terror de dictadores como
Leopoldo Galtieri y Jorge Rafael Videla en Argentina, y como Manuel Noriega
en Panamá, para nombrar tan solo unos pocos. Entre la derecha y la
izquierda, regimenes democráticos y autoritarios, solo una palabra
puede capturar la esencia de la región, inestabilidad, y si un solo
ejemplo puede ilustrar esto es cuando Ecuador tuvo cinco presidentes en una
sola semana en el año 2000. Si, ¡Cinco!
Mediante la teoría de elección pública, el Premio
Nobel James Buchanan ha argumentado desde hace mucho que las instituciones
públicas son fundamentales para que una sociedad florezca, y que estas
deberían promover la actividad económica del individuo en lugar
de impedirla. Las instituciones públicas son mantenidas y fortalecidas
por las constituciones, las cuales deberían, idealmente, tomar en
cuenta las realidades económicas que se supone que deben servir.
Mientras que la constitución estadounidense ha durado más
de 200 años, las constituciones latinoamericanas suelen tener vidas
mucho más cortas. Los gobiernos cambian la constitución con
gran facilidad y están a la merced de las emociones públicas
y pasajeras de determinado momento. Esta no es la manera de gobernar un país
y esto deriva en la inestabilidad política y en la confusión
lo cual hace muy difícil que las costumbres y las instituciones fuertes
sean formadas y heredadas. Por ejemplo, con veintiún constituciones,
solo 18 de 83 presidentes ecuatorianos han podido terminar su periodo constitucional
sin ser forzados a retirarse. Hasta ahora, el número promedio de constituciones
para los países de la región Andina es de veinte—Venezuela
teniendo el mayor número (24) y Colombia teniendo el menor número
(16).
Obviamente, las acciones inconstitucionales parecen ser más frecuentes
que las constitucionales aún cuando las constituciones están
siendo cambiadas para complacer las demandas de cada día. Como un
analista político ecuatoriano dice, “Si existe algo peor que
una constitución mala, es una sociedad donde cada político
esta pensando en una nueva”. Aunque las constituciones cambian frecuentemente,
su esencia de establecer al estado como la fuente del bienestar común
nunca ha cambiado. Si en algo han cambiado, las nuevas constituciones han
fortalecido el poder estatal.
Además, las constituciones latinoamericanas, casi sin excepción
son compuestas y aprobadas por asambleas constituyentes, las cuales son más
que menos constituidas por las legislaturas del momento y son, por ende,
altamente politizadas. Eso no se presta para diseñar una carta política
estable y de larga duración. Lo que resulta de estos procesos son
documentos llenos de compromisos y absurdas regulaciones, las cuales sirven
las emociones pasajeras del momentáneo ambiente político.
En vez de adoptar constituciones concisas y de principios básicos
como la que Argentina tuvo en la segunda mitad del siglo XIX, Latinoamérica
continúa adhiriéndose a las extensas diatribas, las cuales
buscan regular cada aspecto de la vida del individuo como si hubiese que
temer al individuo y no al estado.
Las constituciones latinoamericanas siempre le dan prioridad al orden y
al progreso. Eso se reflejó a lo largo de la región en los
intentos de “fomentar” el desarrollo mediante masivas inversiones
gubernamentales en infraestructura y también en las estrategias mercantilistas
de substitución de importaciones, las cuales se basaban en la compra
estatal de intereses controladores en industrias claves como la de energía
y hasta algunas de manufacturación para supuestamente crecer y lograr
progreso tecnológico. Estas estrategias con miras hacia adentro derivaron
en nada más que miseria. En muchos casos estas iniciativas gubernamentales
para el progreso fueron las que promovieron la corrupción endémica
de la región.
Las cosas no tienen que ser así. Medio siglo con la constitución
liberal de Juan Bautista de Alberdi hizo de Argentina un rival de la economía
estadounidense a fines del siglo XIX. De hecho, a comienzos del siglo XX,
Argentina era la séptima economía más grande del mundo.
El motor secreto para el crecimiento del cual Argentina y nuestra contraparte
Asiática se valieron para progresar no fueron las “estrategias
para el desarrollo” o el fortalecimiento de las exportaciones a expensas
de las importaciones: fue el establecimiento del estado de derecho. Latinoamérica
aparentemente carece de este motor secreto.
De acuerdo al reporte del Banco Mundial, Haciendo Negocios en el 2005,
hacer cumplir un contrato en Latinoamérica significa 35 procedimientos,
465 días, y cuesta US$1,343. Obviamente, conducir negocios en la región
es más que complicado y los incentivos y las protecciones legales
por poco no están presentes. En los ambientes más regulados,
la economía informal resultó ser más grande.
Además, la independencia jurídica en la región casi
no existe. Solo 25% de la población latinoamericana confía
en sus cortes. En Ecuador, por ejemplo, las cortes han sido manipuladas por
los partidos políticos más importantes del país desde
fines de los 1970s, y a comienzos de este año la rama ejecutiva del
gobierno se aprovechó de su mayoría en el congreso para violar
la constitución y repletar la corte suprema de justicia con jueces
parciales a los intereses del presidente. Todo esto fue hecho con la intención
de anular cargos en contra del anterior presidente Abdalá Bucaram
quien regresó al país y prometió liderar una revolución
al estilo Chávez en Ecuador—el caos políticos de la semana
pasada puso fin a su sueño de liderar la revolución Chavista
en Ecuador al convertirlo en un fugitivo de la justicia.
Los políticos lanzándose sillas y botellas de agua, siendo
perseguidos fuera de su sesión con bombas de gas lacrimógeno,
el presidente escondiéndose fortaleciendo los reesfuerzos militares
alrededor de su palacio, el presidente siendo sacado del poder por protestas
populares y una resolución constitucionalmente cuestionable del congreso,
no son ocurrencias inesperadas en Ecuador donde la constitución se
ha convertido en una carta muerta.
Parece que las constituciones latinoamericanas continúan satisfaciendo
el principio del famoso economista liberal austriaco Friedrich A. Hayek de
que las costumbres y las tradiciones como las asociaciones voluntarias civiles
(como el matrimonio o los clubes sociales) y las relaciones comerciales preceden
a las constituciones formales; y si una constitución falla en reflejar
esas costumbres y tradiciones es inválida, y se volverá irrelevante.
Las constituciones latinoamericanas pedían que las personas coloquen
el bien común por encima del bien personal y en nombre de este principio—lo
cual viola directamente los derechos universales individuales como el derecho
a la vida, y a la propiedad—dejaron la puerta abierta para los abusos
estatales de su poder coactivo. Y hoy día vemos todo esto resultando
en políticas proteccionistas de comercio, sistemas de educación
ineficientes, sistemas de pensiones en banca rota, y muchas más políticas
públicas malas que no trajeron progreso a la región.
Una condición mínima para el progreso es tener una constitución
que no impida la primacía del estado de derecho. Los latinoamericanos
están experimentando lo vacía que es la libertad sin el estado
de derecho. Los derechos, la riqueza, y la seguridad no están garantizados
sin el. Conferir derechos colectivos y redistribuir la riqueza como muchas
constituciones latinoamericanas lo hacen, es un modelo predestinado a fallar.