por James M. Buchanan
James M. Buchanan es Premio Nobel de Economía 1986 y Académico Asociado Distinguido del Cato Institute.
Considerándolo
de manera objetiva, e independientemente de una larga amistad personal,
Peter Bauer tuvo una influencia formativa en mi carrera. Casi sin ayuda,
orquestó mi primer año en la Universidad de Cambridge en 1961-62. Cerca
de 1960, cuando Peter estaba por trasladarse de Cambridge al London
School of Economics (LSE), se dio cuenta de que había un espacio abierto
para las cátedras de finanzas públicas luego de la partida de Alan Prest;
Peter me motivó primero a expresar interés en el cargo, y luego a aceptar
la invitación cuando me fue ofrecida. Mientras tanto logró de alguna
manera cumplir con la tarea más difícil, la de lograr que la Universidad
me invitara-un neófito venido de las remotas tierras de la academia
Norteamericana. Vivir entre las tribus de Cambridge me abrió los ojos
al mundo a veces idealizado de las charlas elevadas y del esnobismo
de Oxbridge; pero ser invitado por Sir Dennis Robertson a un banquete
en Trinity College y ver lo mejor de James Meade y lo peor de Joan Robinson
son experiencias que se guardan como tesoros-lo último siendo más sorprendente
porque más tarde Peter me contó que fue asistente de Joan por dos años
en su época de estudiante.
Durante
mis tres estadías en el LSE, todas durante los 1960, Peter y Basil Yamey,
su coautor, fueron mis mejores amigos tanto en la sala común como en
la escena social fuera de los pasillos académicos. A lo largo de muchas
comidas en los establecimientos Bauer, Buchanan o Yamey, resolvimos
casi todos los problemas del mundo y sujetamos a nuestros compañeros
economistas al criticismo que realmente merecían. Ir de compras por
las tiendas de antigѼedades londinenses con Peter Bauer, un hombre de
gusto impecable, fue para mí la entrada a una cultura a la que sólo
podía aspirar, nunca alcanzar. Sin embargo habían ocasiones en las que
Peter parecía no encajar en el nicho que quería ocupar, como en el Hurlingham
Club, un establecimiento que parecía ser más señorial incluso que la
mejor compostura de Bauer.
Peter
Bauer fue uno de los primeros conferencistas distinguidos, si no es
que el primero, que Warren Nutter y yo invitamos a la Universidad de
Virginia luego de que estableciéramos el Centro Thomas Jefferson para
Estudios de Política Económica y Filosofía Social; el Centro se haría
notorio en la atmósfera cargada de ideología de los primeros años de
la Guerra Fría. Luego, en sus viajes frecuentes a Estados Unidos durante
los 1970, 80 y 90, Peter se convirtió en un visitante regular en Charlottesville,
Blacksburg y Fairfax.
El
valor que le daba a las cosas buenas se extendía también a la comida
y la bebida. Le dio un elogio supremo a mi esposa Ann, una muy buena
cocinera natural, cuando comentó que "la comida es buena en esta casa".
Puedo oír su voz en este momento con esas palabras, y varias veces le
he sugerido a Ann que escriba un libro de cocina con ese título.
Peter
Bauer era, antes que nada, un simple economista que valoraba la honestidad
por encima de todo, y no uso la palabra "simple" de forma ligera o provocativa.
Para Peter Bauer, la economía era una materia simple, con relativamente
pocos principios básicos; lo que se requiere es franca honestidad en
la aplicación de esos principios a los problemas con que nos enfrentamos
en el mundo real. Esta habilidad y disposición para cortar a través
de la compleja jerga de la economía moderna no le sirvió de mucho en
los concursos de popularidad disciplinaria. En cierto sentido podría
decirse que Peter Bauer fue un seguidor directo de Adam Smith, tanto
en su entendimiento de que los incentivos afectan el comportamiento,
como en su disposición de extender el postulado de la racionalidad para
incluir a los campesinos así como a los comerciantes y, muy importante,
a los burócratas. La opción pública como programa investigativo se encarnó,
naturalmente, en los análisis de Bauer sobre los esquemas politizados
de desarrollo de mediados de siglo. Despreciaba a los charlatanes del
templo y aprovechaba toda oportunidad para desenmascararlos. ¿Quién
que haya conocido a Peter Bauer no recuerda sus recortes de notas de
prensa que reflejaban absurdidades en el discurso económico? Parece
que de una u otra forma Peter pensaba que esas absurdidades no ganarían
el día, o al menos no estaba dispuesto a resignarse a ese prospecto;
pero talvez hay menos honor entre los mercaderes de las ideas del que
Peter reconoció. No entendió que muchos de sus colegas en el mundo académico
no dan valor a la verdad tal cual. Sin embargo no era ingenuo en su
acercamiento a lo que es la verdad y al proceso de descubrimiento; de
hecho, fue Peter Bauer quien me sugirió específicamente que leyera a
David Stove como un antídoto al Popperismo simplista que dominaba la
metodología de los economistas.
Peter
Bauer pensaba que tenía una obligación moral de exponer las mentiras
que decían sus colegas, y aunque sin duda sentía que sus propias ideas
fueron vindicadas por las vueltas de la historia, permanecía pesimista
ante los prospectos de un orden liberal viable. Los mentirosos están
siempre con nosotros, y ni los eventos de la historia ni el triunfo
de las ideas van a retener a aquellos que subvierten la verdad que,
en el terreno de la política económica, debe defenderse continuamente.
Esta verdad ciertamente ha perdido a un campeón.