por Blasco M. Peñaherrera Padilla
Blasco M. Peñaherrera Padilla es Ex-Vicepresidente de Ecuador y periodista profesional.
El presidente ecuatoriano Carlos Alberto Arroyo del Río
dijo hace más de 50 años que la enfermedad nacional era la
amnesia. Y ciertamente no han sido pocas las manifestaciones de tal padecimiento.
Nos queda el amargo consuelo de que no somos los únicos afectados
por tan perniciosa dolencia. “Mal de muchos, consuelo de tontos”,
dice la sabiduría popular, y ahora vemos como posible que el “outsider” coronel
Ollanta Humala pasará a la segunda vuelta y, en opinión de
los entendidos, con el apoyo del tercero en discordia, el célebre
ex-presidente Alan García, puede ser ungido Presidente del Perú.
Tal situación me parece sintomática de una amnesia colectiva
de graves proporciones porque, si bien el coronel torturador y golpista no
tiene antecedentes de gestión pública, no ha cesado de proclamar
su devota admiración por el celebérrimo dictador peruano, general
Juan Velasco Alvarado, quien, luego de derrocar al presidente constitucional
Fernando Belaunde Terry, instauró el 3 de octubre de 1968 una dictadura
de fanfarria demagógica, abusos y desatinos que en siete años
destruyó la economía y la sociedad peruanas con la fuerza de
un tsunami.
El zafarrancho comenzó con la apropiación a mano militar
de las instalaciones petroleras de la empresa norteamericana International
Petroleum Company, por las que se anunció que no se pagaría “ni
siquiera un céntimo”, por ser “de propiedad indiscutible
y soberana del pueblo peruano”. Tal acción y las que luego se
perpetraron contra instalaciones mineras de empresas multinacionales trajeron
como consecuencia que el gobierno estadounidense le aplicara al Perú la
llamada “Enmienda Hickenlooper”, que implicaba la pérdida
de la cuota preferente en el mercado azucarero y la suspensión de
créditos, con lo que se obligó al “gobierno revolucionario” a
pagar, cinco años más tarde (el 9 de agosto de 1.973), una
indemnización de 76 millones de dólares, que era casi el triple
de la que había sido acordada originalmente con el gobierno de Belaunde
Terry.
También al inicio del llamado “septenato transformador”,
se puso en marcha un proceso de reforma agraria que tenía como finalidades “el
incremento de la producción, el abastecimiento pleno de las necesidades
alimenticias del pueblo peruano y la instauración de la justicia social
ancestralmente negada al campesinado”. Cuatro años más
tarde, el escritor René Porras Melgar dijo con ácido sarcasmo: “Ahora
sí se ha conseguido la justicia social; hoy en el Perú todos
somos iguales: todos tenemos hambre”. Es que las cifras y los hechos
eran de escalofrío: los precios de los alimentos aumentaron en promedio
diez veces; las importaciones de trigo, carne, leche, fréjol y hasta
de maíz y patatas ascendieron de menos de seis mil millones de soles
en 1968, a más de quince mil millones en 1976; el desempleo y el empobrecimiento
del campesinado, sobre todo en la región andina, alcanzó las
más altas cifras de la historia.
Algo parecido aconteció en el sector industrial. El 28 de julio
de 1970 se inició la llamada “reforma de la empresa” que,
según el hiperbólico general, habría de “constituir
uno de los más notables experimentos de organización social
y económica de nuestra época”. Fue notable, pero por
su estupidez. La virtual estatización de las empresas y la consolidación
de privilegios de absurda desmesura a los trabajadores produjo una caída
casi perpendicular del crecimiento industrial: del 9% en que se había
mantenido desde la década de los 50, al -1,2%, la primera cifra negativa
en la historia industrial del Perú. La inversión, que se había
mantenido en una tasa superior al 70%, descendió al 5%, y la reinversión
con fondos propios se redujo de 787 millones de soles en 1972 a cero en 1975.
Así las cosas, el desempleo urbano subió de 180.000 a 250.000;
los salarios reales del trabajador se redujeron en un trágico 42%
y los precios de los productos manufacturados de consumo general aumentaron
diez veces. Para completar el calamitoso cuadro, el déficit fiscal,
que en la época de Belaunde oscilaba en torno al 5%, llegó a
un escandaloso 25% y el endeudamiento externo de 800 millones de dólares,
uno de los argumentos utilizados para derrocar al presidente constitucional,
se disparó a 5.000 millones.
Para remate de semejante descalabro, Velasco Alvarado optó por estatizar
virtualmente todos los medios de comunicación, los que supuestamente
fueron entregados a diversos “sectores sociales”, pero en realidad
pasaron a ser manejados por un grupillo de intelectualoides y escritorzuelos
incondicionalmente sumisos. Toda esta suma de atropellos y torpezas colmó la
paciencia de los jefes militares, quienes liderados por el general Francisco
Morales Bermúdez destituyeron al dictador el 29 de agosto de 1.975
e iniciaron la ardua tarea de reconstrucción.
Entonces, ¿cómo calificar la insólita reacción
del pueblo peruano en favor de quien aspira a ser el renuevo de su admirado
maestro? Pues, sin duda alguna, como un caso clínico de amnesia colectiva.
Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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