31 de diciembre de 1969

Franklin Delano Roosevelt

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La ruina de EE.UU.

Axel Kaiser afirma que "La libertad y la responsabilidad individual fueron el eje intelectual sobre el que se fundó la idea de EE.UU. y siempre contó con un fuerte anclaje en la cultura del país. A fines del siglo XIX, sin embargo, los círculos intelectuales comenzaron a difundir con creciente intensidad ideas contrarias a la filosofía libertaria que diera origen al milagro americano".

EE.UU.: Nada que temer excepto a Roosevelt

Jim Powell explica algunas de las políticas públicas del New Deal y sus efectos en la economía estadounidense que hoy lo único que hay que temer es la repetición de esos errores.

Quo vadis Obama

Lorenzo Bernaldo de Quirós señala que Obama accederá a la presidencia de los EE.UU. en medio de "la peor crisis económico-financiera soportada por América y por el mundo desde la Gran Depresión" y se pregunta si la combatirá como Ronald Reagan o como Franklin D. Roosevelt.

EE.UU.: El romance con los presidentes

por Gabriela Calderón

Gabriela Calderón es editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo (Ecuador).

Gene Healy, editor principal del Cato Institute, ha escrito un interesante libro titulado El culto a la presidencia: La peligrosa devoción de los estadounidenses hacia el poder ejecutivo (The Cult of the Presidency: America’s Dangerous Devotion to Executive Power, Cato Institute, 2008). Aunque Healy se refiere en su libro a la evolución de la presidencia en su país, creo que es importante para los ecuatorianos conocer los peligros de la concentración de poder en el ejecutivo, inclusive en un país regido por una constitución que pretendía evitar la concentración de poder en cualquiera de las ramas del Estado.

La constitución de EE.UU., la más antigua del mundo, en su esencia tiene una profunda desconfianza de lo que un individuo (o grupo de individuos) es capaz de hacer si se le permite tener poder ilimitado. Sin embargo, a lo largo de los últimos dos siglos, la presidencia que los autores de ese documento se imaginaron ha sufrido transformaciones radicales. Presidentes como Theodore Roosevelt (TR), Franklin Delano Roosevelt (FDR), Woodrow Wilson, Harry Truman, y Lyndon B. Johnson sobresalen, de acuerdo a Healy, como los que construyeron la presidencia “imperial” o “heroíca” que existe hoy en EE.UU. En cambio Calvin Coolidge, William Howard Taft y Warren Harding son considerados por el autor como aquellos extraños presidentes que una vez que llegaron a la presidencia se dedicaron a reducir el poder que se concentraba en el ejecutivo.

Woodrow Wilson tenía una visión cuasi-religiosa de la presidencia. Healy cuenta que luego de ganar las elecciones y estando reunido con el director del partido demócrata para decidir los nombramientos políticos, le dijo a su colega: “Antes de que empecemos, quiero que quede claro que yo no les debo nada. Acuérdense de que Dios ha decidido que yo sea el próximo Presidente de EE.UU.”. Además, Wilson fue el primer presidente en romper con la tradición de Thomas Jefferson de que todos los discursos acerca del Estado de la Nación fuesen entregados por escrito en una carta dirigida al Congreso de la nación. Wilson lo hizo en vivo y en directo frente al Congreso. Harry Truman sería el primero en hacerlo en televisión y Lyndon Johnson sería el primero en hacerlo en el horario estelar.

Pero la transformación del ejecutivo no era solamente de forma sino también de sustancia. TR inició la costumbre moderna de gobernar a través de decretos ejecutivos. Mientras que entre fines de la guerra civil (1865) y el inicio de su presidencia solo se habían emitido 158 de estos, durante sus siete años en la presidencia se emitieron 1.006. TR inclusive pretendió—sin éxito—revolucionar la ortografía del inglés transformando, por ejemplo, la palabra “kissed” en “kist”. Pero lo más importante de su presidencia es que expandió la autoridad ejecutiva en asuntos extranjeros al utilizar las fuerzas armadas estadounidenses en Panamá para asegurar los derechos americanos sobre el canal—sin la debida autorización del congreso.

Truman extendió los poderes del ejecutivo para hacer guerra. La intervención estadounidense en Corea nunca fue consultada al congreso a pesar de que 33.000 soldados americanos murieron en esa guerra. Esto sucedió pese a que la Constitución estadounidense nunca contempló guerras iniciadas por la rama ejecutiva. Lyndon Johnson, si acudió al Congreso pero lo hizo para obtener un “cheque en blanco” que le daría al Presidente poder de decidir por si solo si iniciar o no una guerra en Vietnam.

Pero la rama ejecutiva también adquirió más poderes en casa. En 1942 FDR autorizó la reclusión masiva de más de 110.000 americanos-japoneses inocentes en campos de concentración a través del famoso decreto ejecutivo 9066. Con el decreto ejecutivo 10290, Harry Truman expandió la habilidad de los oficiales federales para mantener en secreto la información que ellos considerasen “necesario . . . para proteger la seguridad de EE.UU.”. John F. Kennedy no se quedó corto en abusar del poder para espiar sin la debida autorización a americanos inocentes.

Richard Nixon y su escándalo de Watergate le pondrían fin a la era de la presidencia “imperial” en la que los estadounidenses contemplaron plácidamente mientras la rama ejecutiva acumulaba más poder y el Congreso, en varias ocasiones, hasta se lo cedía. Y a pesar de que Reagan, Carter, Bush padre y Clinton todos también se adjudicaron más poderes de aquellos constitucionalmente delegados a la rama ejecutiva, no fue hasta el 11 de septiembre que revivió la presidencia “heroíca” con Bush hijo.

Healy explica que este tipo de personas—dispuestas a concentrar poder en si—llegan al poder cuando la gran mayoría de los electores demandan presidentes que lo resuelvan todo. Pero con grandes responsabilidades ilimitadas, como salvar una nación y resolver desde la pobreza hasta los malestares familiares, vienen poderes ilimitados. No obstante, gracias a la histórica tradición estadounidense de sospechar del poder concentrado, estos excesos nunca acabaron con el Estado de Derecho y en algunos casos fueron seguidos de un periodo de reducción del poder ejecutivo mientras que en otros no. El resultado final es una presidencia con mucho más poder que aquel conferido por la Constitución de EE.UU.

Todo lo que Healy cuenta en su libro sucedió en uno de los países que ha sido y, todavía es, uno de los más libres del mundo. Uno de los países con una de las tradiciones democráticas más sólidas y con una cultura profundamente escéptica de la concentración de poder. ¿Qué podría suceder en un país con una constitución que claramente concentra poder en el ejecutivo y donde hay una cultura que siempre ha creído que solo un héroe con poderes ilimitados nos puede “salvar”? Eso es algo que debemos considerar los ecuatorianos.

Healy termina su libro diciendo que “Un presidente verdaderamente heroico es aquel que aprecia las virtudes de la moderación—quien es lo suficientemente atrevido para actuar cuando es necesario, aunque lo suficientemente humilde para rechazar poderes que él no debería tener. Esa es la clase de presidencia que necesitamos, ahora más que nunca. Y no la conseguiremos hasta que la queramos”.

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Clubes (Ecuador), edición de septiembre de 2008.

La falsificación de derechos

por Tibor R. Machan

Tibor R. Machan es un académico investigador de la Hoover Institution, profesor de la Escuela Agyros de Negocios de la Universidad Chapman, y académico asociado del Cato Institute.

Hace 60 años el presidente Franklin Roosevelt murió de una enfermedad que había sido escondida a la nación entera, pero nada se compara a la decepción perpetrada con la lista de derechos falsificados que ese presidente le impuso al país, corrompiendo así los valores de los héroes de la independencia y fundadores de la patria.

Roosevelt siempre se refería a esa lista como “la segunda Carta de Derechos”, una supuesta nueva base para la seguridad y prosperidad de todos, “sin importar su situación, raza o religión”.

Tales seudo-derechos incluían afirmaciones sin sentido como las que cito a continuación:

  • “El derecho a un trabajo remunerador en las industrias, tiendas y haciendas de la nación”. Si usted goza de ese derecho quiere decir que otros deben ser obligados a darle empleo.
  • “El derecho a ganar suficiente para tener alimentos, ropa y recreación”. Eso también viola los preceptos de los fundadores de la nación, al violar la libertad de otros.
  • “El derecho de todo agricultor a sembrar y vender sus productos con una utilidad que le permita a él y a su familia una vida decente”. Esto quiere decir que los clientes del agricultor tienen que comprar a un precio dado, quieran o no.
  • “El derecho de todo empresario, grande o pequeño, a comerciar bajo un ambiente sin competencia desleal ni la dominación de monopolios internos o extranjeros”. Así Roosevelt insistía en un ejército de reguladores y funcionarios con poder de decidir lo que es justo o no, dándosele poderes arbitrarios a la burocracia.
  • “El derecho de toda familia a un hogar decente”. Si tengo ese derecho, no tengo que hacer el esfuerzo de lograrlo por mi cuenta, sino simplemente esperar que me den la vivienda que me corresponde, la cual será pagada por otros.
  • “El derecho a asistencia médica y la oportunidad de lograr y disfrutar de buena salud”. No hay manera de proveer esto sin esclavizar a otros en contra de su voluntad, violando nuevamente nuestro derecho a la libertad individual. Una cosa es la caridad voluntaria y otra muy diferente es la pesada mano del Estado.
  • “El derecho a protección adecuada contra los temores económicos de la ancianidad, enfermedades, accidentes y desempleo”. De nuevo, derechos que los demás tienen que proveer a punta de pistola.
  • “El derecho a una buena educación”. Si nuestros padres decidieron traernos al mundo, ¿no son ellos los obligados a educarnos apropiadamente?

La triste realidad es que todos esos derechos falsos enunciados por Roosevelt y sus seguidores han sido contagiados a las escuelas de derecho y de filosofía política de nuestras universidades, lo mismo que a las Naciones Unidas y a la burocracia internacional, poniendo en peligro los verdaderos derechos fundamentales del ciudadano. Han sido estos derechos falsificados los que tienden a convertir nuestros gobiernos en monstruos opresivos.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

El mito de Roosevelt y su Nuevo Trato

por Jim Powell

Jim Powell es académico titular del Cato Institute y autor de FDR’s Folley, Bully Boy: The Truth About Theodore Roosevelt’s Legacy y Greatest Emancipations.

Durante décadas los historiadores políticos han presentado al Nuevo Trato (New Deal) de Franklin Delano Roosevelt como una cruzada heroica que salvó al capitalismo y a Estados Unidos.

Ahora los candidatos presidenciales demócratas están haciendo un llamado por otro Nuevo Trato. Howard Dean y Richard Gephardt piensan que esto sería una gran idea. John Kerry está hablando de un Nuevo Trato en la salud. Wesley Clark está evocando la gloria de los "Cien Días" de Roosevelt cuando gran parte de la legislación del Nuevo Trato fue aprobada.

Si Estados Unidos se encontrara así mismo en otra crisis económica seria, ¿deberíamos intentar algo parecido al Nuevo Trato de Roosevelt?

Como lo indicara en mi libro, FDR's Folly: How Roosevelt and His New Deal Prolonged the Great Depression (El Desatino de FDR: Cómo Roosevelt y su Nuevo Trato Prolongó la Gran Depresión), evidencia en aumento desarrollada por economistas de Princeton, Columbia, Stanford, la Universidad de Chicago, de la Universidad de California en Berkeley, y otras universidades sugiere que al triplicar los impuestos federales, encarecerle a los empleadores el costo de contratar gente, desincentivar a los inversionistas a tomar riesgos, hacerle más difícil a los empleadores el acumular capital y en otras formas obstaculizando el renacimiento del sector privado, Roosevelt prolongó el desempleo que promedió un 17% durante la era del Nuevo Trato. Uno podría reconocerle a Roosevelt sus buenas intenciones, pero sus políticas fueron contraproducentes. Aquí hay algunas lecciones sobre el Nuevo Trato para los tiempos modernos:

El Estado no puede crear un crecimiento sostenido y trabajos productivos: Si el Estado pudiera hacer estas cosas, entonces el Nuevo Trato habría acabado con el desempleo de dos dígitos y, en ese sentido, la Unión Soviética no habría desaparecido del mapa.

Es simplista imaginarse que la intervención del gobierno en una economía compleja funcionará como se pretende: Los programas agrícolas del Nuevo Trato, por ejemplo, enriquecieron a los grandes agricultores, hicieron poco por los pequeños finqueros, sobrecargaron a los contribuyentes, obligaron a los consumidores a pagar más por los alimentos, y agravaron las relaciones comerciales con otros países donde los que apoyaban el Nuevo Trato intentaron descargar los superávit agrícolas.

Los trabajos gubernamentales no ayudan a la gente a desarrollar valores y habilidades que se necesitan en el sector privado: Cualesquiera que hayan sido los méritos de los proyectos del Nuevo Trato tendientes a limpiar los bosques, arreglar carreteras, etc.; no ayudaron a que la gente se preparara para trabajos en el sector privado. En una canción de 1940, Louis Amstrong y los "Mills Brothers" cantaron estas líneas sobre el programa de empleos del Nuevo Trato: "Estoy tan cansado, no puedo ser despedido, no sea tonto, trabajar duro está pasado de moda".

El gasto estatal, ampliamente considerado como cura para la depresión, no proviene de la nada: Éste proviene de impuestos actuales o futuros (que pagan la deuda). Así que el supuesto bien que alguna gente percibe del gasto estatal es compensado por el daño que sufre otra gente al ser gravada por el Estado.

Las obras públicas no son un atajo hacia la recuperación: Primero que todo, si el objetivo es ayudar a los pobres, los proyectos de obras públicas tienden a contratar a gente habilidosa y de mejores ingresos, tales como ingenieros y operadores de equipos pesados. Segundo, entre más ambicioso sea un proyecto de obra pública, más tarda en ser finalizado. Las represas del Nuevo Trato, por ejemplo, tardaron años en ser finalizadas. Los esfuerzos para evitar la corrupción pueden significar atrasos substanciales, como sucedió bajo el secretario del Interior de Roosevelt, Harold Ickes.

La gente tiende a gastar su dinero de una forma más cuidadosa que cuando gastan el dinero de otras personas: Por lo tanto, es muy probable que siempre haya bastante despilfarro en el gasto gubernamental, lo cual mina su efectividad. Se reporta que el programa de bienestar más grande de Roosevelt, la Administración para el Progreso del Empleo, entregó únicamente un 59% de las asignaciones a los beneficiarios proyectados, y el resto fue gasto en costos fijos.

Cualesquiera sean las buenas intenciones de los programas de gasto estatal, es muy probable que sea asignado de manera que le ayude a los políticos a ganar las elecciones: Ayudar a los anunciados beneficiarios como los pobres es una consideración secundaria. Los programas de gasto y préstamos del Nuevo Trato fueron concentrados en estados del Oeste y Este del país que estaban en mejores condiciones económicas y donde Roosevelt tenía más que ganar en la siguiente elección, en lugar de los estados pobres del Sur en donde mayorías substanciales ya lo apoyaban.

Lejos de asegurar un mayor control público, la toma de poder gubernamental de las empresas privadas tiende a significar evasión al control público: Por ejemplo, Roosevelt estableció el monopolio de la Autoridad del Valle de Tennessee que sacó del mercado a las empresas privadas de servicios públicos y que se reporta está exenta de aproximadamente 130 leyes e impuestos. Se reporta que es el principal violador de la Ley para el Aire Limpio.

Una vez que un programa estatal es establecido, es casi imposible reformarlo o descartarlo, sin importar los problemas que éste presente: Éste es ciertamente el caso del Seguro Social de Roosevelt el cual, junto con el programa de salud de Lyndon Johnson, se estima que cuenta con pasivos sin fondos por aproximadamente $24 cuatrillones. Una crisis se asoma en el horizonte conforme más gente alcanza la edad de retiro.

Lo último que necesitan los estadounidenses es otro Nuevo Trato.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

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