por Pedro Schwartz
Pedro Schwartz es Presidente del Tribunal de Defensa de la Competencia de Madrid y Profesor de Economía de la Universidad San Pablo CEU.
Las campañas electorales me deprimen. Los candidatos
buscan votos ofreciendo rentas políticas a grupos de presión
más o menos vocingleros. Un ejemplo: la cuestión de la
apertura de comercios en días festivos en España. Rafael
Simancas, el aspirante del PSOE a la presidencia de la Autonomía
madrileña, quiere rebajarlos de los 21 actuales a sólo
14; Justo Fernández, el de Izquierda Unida, a menos de 12; la
candidata del Partido Popular, Esperanza Aguirre, calla; y el Gobierno,
que ya se prepara para las generales del año que viene, ha aplazado
la libertad de horarios, proclamada en la Ley de Ordenación del
Comercio Minorista, al año 2005. Todos ellos saben, en especial
los del PP, que en una economía de mercado lo suyo es la libertad
de elección de tenderos y consumidores. Sin embargo, prometen
a una minoría de tenderos que teme competir en busca de clientes
una renta de situación, a costa de la gran mayoría de
ciudadanos.
La búsqueda de rentas políticas es la persecución
socialmente perniciosa de transferencias de riqueza con ayuda de los
poderes públicos. El análisis de estas actividades comenzó
con la controversia sobre los aranceles proteccionistas en el comercio
exterior. Un economista de origen austriaco, Gottfried Haberler, argumentó
en 1936 que la protección otorgada a una industria nacional no
causaba grandes pérdidas para el conjunto de la sociedad si,
en vez de utilizarse el arancel para fomentarla, se beneficiaba a los
fabricantes nacionales con un subsidio directo, financiado con impuestos
generales. El arancel exterior encarecía el bien importado, lo
que forzaba a los demandantes a consumir menos, a precios más
altos. Mas esa pequeña pérdida de bienestar incluso se
podía evitar si la protección se convertía en una
transferencia fiscal, en una mera redistribución de la riqueza
de consumidores a fabricantes.
Gordon Tullock dio un gran paso adelante en el análisis de la
utilización del poder político para conseguir rentas al
margen del proceso productivo. En 1967 señaló que los
esfuerzos para conseguir rentas políticas acabarían por
disipar todo el beneficio que un grupo de presión pudiera obtener
con ayuda de la Administración. El gasto en servicios de abogados
y economistas, en asociaciones patronales, relaciones públicas,
campañas de opinión, contribuciones electorales llevaría
a los competidores por el favor político a un punto de equilibrio
en el que la renta política obtenida se había perdido
en las arenas del lobby. Lo más grave es que, en ese punto
final, la productividad económica se habrá visto reducida
por efecto de la intervención, sin ningún beneficio neto
para los contendientes.
El mal no para ahí. Una vez creado el arancel, o controlados
los precios de frutas y verduras, o prohibido el descuento de libros,
o limitados por ley los horarios y días de apertura comercial,
el gasto de lobby continúa para defender la situación
obtenida, o, si ésta es estéril, para volver a la situación
competitiva y tirar por la borda todo el esfuerzo realizado. Aparecen
pues nuevos gastos no productivos para defender la situación
de privilegio legal. El fenómeno es bien conocido. Una vez concedida
una subvención, privilegio exclusivo, beneficio "social"
o renta política, no hay nada más difícil que retirarla.
Incluso si todos están de acuerdo que la suma de esas trabas
maniata la economía nacional, los grupos de interés aceptan
que todo se reforme menos lo suyo.
Sino vean la situación de Alemania. Esa poderosa economía
ha dejado de crecer debido a los excesos del Estado de Bienestar, a
la estrechez de visión de los sindicatos, a las infinitas reglamentaciones
de una vieja Administración. El canciller socialdemócrata
Schroeder ha tenido que poner en juego su futuro político para
sacar adelante un mínimo plan de reforma competitiva. Francia,
por su parte, parece derivar placer masoquista del daño que le
infligen sus ubicuos lobbies. A un panal de rica miel cien mil
moscas acudieron y por golosas se vieron presas de patas en él.
Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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