Por Qué el Capitalismo Triunfa en Occidente y Fracasa en
el Resto del Mundo
por Hernando De Soto
Los Cinco Misterios del Capital
El problema clave es descubrir por qué
ese sector de la sociedad del pasado que no dudaría en
llamar capitalista, habría vivido como en una campana de
vidrio, aislado del resto; ¿qué le impidió
expandirse y conquistar a toda la sociedad?... [¿Por qué]
solo fue posible un porcentaje significativo de formación
de capital en ciertos sectores y no en toda la economía
de mercado de la época?
Fernand Braudel, Los engranajes
del comercio
Para las cinco sextas partes de la humanidad, esta no es la hora
del mayor triunfo del capitalismo sino la de su crisis.
La caída del muro de Berlín cerró un siglo
largo de competencia política entre capitalismo y comunismo.
El capitalismo queda como la única forma viable de organizar
racionalmente una economía moderna. En este momento de la
historia, ninguna nación responsable cuenta con otra opción.
De allí que hoy los países del Tercer Mundo y los
que acaban de salir del comunismo, no todos con el mismo entusiasmo,
equilibren sus presupuestos, corten subsidios, acojan al inversionista
extranjero, y reduzcan aranceles.
El premio a su esfuerzo viene siendo un amargo desencanto. Desde
Rusia hasta Venezuela, el lustro pasado ha sido un tiempo de sufrimiento
económico, de ingresos menguantes, de angustia y de resentimiento;
de "hambruna, disturbios y saqueos", en las mordaces palabras
del premier malayo Mahathir Mohamad. The New York Times editorializa:
"Para buena parte del mundo, el mercado que occidente ensalzó
luego de ganar la Guerra Fría ha sido suplantado por la crueldad
de los mercados, la desconfianza respecto del capitalismo y los
peligros de la inestabilidad". Un triunfo del capitalismo circunscrito
a occidente podría resultar la receta para un desastre económico
y político.
Los estadounidenses bendecidos por la paz y la prosperidad no han
tenido problemas para desentenderse de las conmociones de otras
partes del globo. ¿Cómo puede haber problemas con
el capitalismo cuando el promedio Dow Jones de la bolsa de Wall
Street está trepando más alto que Sir Edmund Hillary
a la conquista del monte Everest? Gran parte de los estadounidenses
no se percata de esta crisis; mira a otros países y advierte
progreso, no importa si este es lento y desigual. ¿Acaso
no se puede comer una Big Mac en Moscú, alquilar un video
Blockbuster en Shanghai y acceder a Internet en Caracas?
Pero algo de resquemor flota en el ambiente, incluso en los Estados
Unidos. Los estadounidenses se preocupan por una Colombia al filo
de la guerra civil entre guerrillas narcotraficantes y paramilitares
represivos; perciben una persistente insurgencia en el sur de México;
observan a una parte importante del crecimiento económico
a presión de Asia diluirse en corrupción y caos. En
América Latina la simpatía por el libre mercado empieza
a disminuir. En mayo del 2000 el apoyo a la privatización
cayó diez puntos, a 36 por ciento. El signo más ominoso:
en los países que acaban de salir del comunismo, el capitalismo
no está a la altura de las circunstancias, y hay personajes
de anteriores gobiernos que aguardan con calma el retorno de su
poder. Algunos estadounidenses se explican el boom que disfrutan
desde hace una década pensando que cuanto más precario
el resto del mundo, más atractivos los bonos y las acciones
de los Estados Unidos como santuario para el dinero internacional.
Los empresarios occidentales viven cada vez más preocupados
de que un posible fracaso en la implementación del capitalismo
en gran parte del mundo a la postre empuje a las economías
ricas a la recesión. Como han aprendido con dolor millones
de inversionistas que vieron evaporarse sus fondos en los mercados
emergentes, la globalización es una avenida de doble vía:
si el Tercer Mundo y los países que dejaron atrás
el comunismo no pueden escapar a la influencia de occidente, tampoco
occidente puede desembarazarse de ellos. Las reacciones adversas
al capitalismo también han aumentado en los propios países
ricos. Las protestas de Seattle frente a la sede de una reunión
de la Organización Mundial de Comercio en diciembre de 1999
y las que vinieron unos meses más tarde en la reunión
conjunta FMI-Banco Mundial en Washington, pusieron de relieve, más
allá de la diversidad de los reclamos, la furia que hoy inspira
el capitalismo en expansión. Muchos han empezado a recordar
las advertencias del historiador económico Karl Polanyi sobre
cómo los mercados libres pueden conducir al fascismo, a medida
que las mayorías desplazadas lleven a que Estados acorralados
cedan a la tentación de someterlas represivamente. El Japón
sufre su más prolongado declive desde la Gran Depresión.
Los europeos occidentales votan por políticos que les prometen
una "tercera vía" de rechazo a lo que un best seller
francés llama L'horreur économique el horror
económico que sufren los marginados por el proceso del mercado
libre.
Estos murmullos de alarma inquietan, pero hasta ahora no han podido
impedir que los líderes de los Estados Unidos y Europa le
sigan repitiendo al resto del mundo la misma monserga: estabilicen
sus monedas, manténganse firmes, ignoren los disturbios de
los hambrientos y esperen con paciencia el retorno de los inversionistas
extranjeros.
Claro que la inversión extranjera es algo muy bueno. Cuanto
más haya, mejor. Las monedas estables también son
buenas, como lo son el comercio libre, las prácticas bancarias
transparentes, la privatización de las industrias estatales
y todos los demás remedios de la farmacopea occidental. Pero
siempre olvidamos que el capitalismo global ya ha sido ensayado
antes. En América Latina, por ejemplo, ha habido por lo menos
cuatro reformas orientadas a crear sistemas capitalistas desde el
fin de la colonización española, hace unos 180 años.
En cada ocasión hubo euforia inicial, y luego los latinos
optaron por un repliegue frente al capitalismo y a las economías
de mercado. Es obvio, pues, que estos remedios occidentales resultan
insuficientes. De hecho terminan tan lejos de la meta que llegan
a ser casi irrelevantes.
Los occidentales rara vez reconocen que la falla está en
el remedio mismo y culpan a la falta de espíritu empresarial
o a la poca vocación de mercado de los pueblos del Tercer
Mundo. Si estos no han logrado prosperar luego de tantos excelentes
consejos, es porque algo pasa con ellos: les faltó la Reforma
Protestante de 1529, o los discapacita el legado histórico
de la Europa colonial, o sus cocientes intelectuales están
demasiado bajos en la curva de Bell. Pero sugerir que el factor
cultural subyace al éxito en lugares tan disímiles
como Japón, Suiza o California y que la cultura a su vez
da cuenta de la pobreza relativa de lugares tan dispares como China,
Estonia o Baja California es peor que inhumano: es inconvincente.
La brecha entre occidente y el resto del mundo es demasiado grande
como para una mera explicación culturalista. Lo concreto
es que la mayoría de las personas desea los frutos del capital,
al grado que muchos, desde los hijos de Sánchez hasta el
hijo de Kruschev, se mudan a los países de occidente.
Hoy en las ciudades del Tercer Mundo y en las de los países
que salen del comunismo abundan los empresarios. No se puede cruzar
un mercado del Medio Oriente, subir hasta una aldea de los Andes
o trepar a un taxi en Moscú sin que alguien nos trate de
meter a un negocio. Los habitantes de esos países poseen
talento, entusiasmo y asombrosa habilidad para exprimir ganancias
prácticamente de la nada. Pueden captar y usar tecnología
moderna. De otro modo las empresas estadounidenses no estarían
luchando por controlar el uso no autorizado de sus patentes en el
extranjero, ni el gobierno estadounidense estaría dando una
batalla tan desesperada por mantener la tecnología bélica
moderna fuera del alcance de los países del Tercer Mundo.
Los mercados no son monopolio occidental, sino una tradición
antigua y universal: ya hace dos mil años Cristo podía
reconocer un mercado cuando lo veía y expulsó a los
mercaderes precisamente por haber convertido el templo en uno, y
los mexicanos llevaban sus productos al mercado mucho antes de que
Colón llegara a América.
Pero si reconocemos que las personas de los países en transición
al capitalismo no son patéticos mendigos ni los abruman hábitos
obsoletos ni son prisioneros complacientes de culturas disfuncionales,
entonces, ¿por qué el capitalismo no les permite producir
riqueza, como en occidente? ¿Por qué el capitalismo
solo prospera en occidente, como si estuviera preso bajo una campana
de cristal?
En este libro intento demostrar que la gran valla que impide al
resto del mundo beneficiarse del capitalismo es la incapacidad de
producir capital. El capital es la fuerza que eleva la productividad
del trabajo y que crea la riqueza de las naciones. El capital es
la savia del sistema capitalista, el cimiento del progreso, e irónicamente
es justo aquello que los países pobres del mundo parecen
no poder producir, no importa con cuánto afán su gente
practique todas las demás actividades que definen a una economía
capitalista.
También mostraré, con ayuda de datos y cifras que
mi equipo de investigación y yo hemos recogido, manzana por
manzana y granja por granja en Asia, África, el Medio Oriente
y América Latina, que la mayoría de los pobres ya
posee los activos que precisa para hacer del capitalismo un éxito.
Hasta en los países menos desarrollados, los pobres ahorran.
El volumen juntado por los pobres es inmenso: 40 veces toda la ayuda
exterior del mundo desde 1945. En Egipto, por ejemplo, hemos estimado
que la riqueza acumulada por los pobres es 55 veces la suma de toda
la inversión directa extranjera registrada allí, Canal
de Suez y represa de Assuán incluidos. En Haití, el
país más deprimido de América Latina, los activos
totales de los pobres representan más de 150 veces toda la
inversión extranjera recibida desde que se independizaron
de Francia, en 1804. Si los Estados Unidos elevaran su presupuesto
de ayuda exterior al nivel que las Naciones Unidas recomiendan 0.7%
del ingreso nacional le tomaría al país más
rico del mundo más de 150 años transferir a los pobres
del mundo recursos equivalentes a los que ellos ya poseen.
Pero se trata de una posesión defectuosa: las casas de los
pobres están construidas sobre lotes con derechos de propiedad
inadecuadamente definidos, sus empresas no están constituidas
con obligaciones claras y sus industrias se ocultan donde los financistas
e inversionistas no pueden verlas. Sin derechos adecuadamente documentados,
estas posesiones resultan activos difíciles de convertir
en capital, no pueden ser comercializados fuera de los estrechos
círculos locales donde la gente se tiene confianza mutua,
no sirven como garantía para un préstamo ni como participación
en una inversión.
En occidente, en cambio, toda parcela de tierra, toda construcción,
toda pieza de equipo o depósito de inventarios está
representado en un documento de propiedad que es el signo visible
de un vasto proceso oculto que conecta a tales recursos con el resto
de la economía. Gracias a este proceso de representación,
los activos pueden llevar una vida paralela a su existencia material.
En tal condición pueden ser usados como garantía para
crédito. La mayor fuente individual de recursos para nuevos
negocios en Estados Unidos es la hipoteca sobre la casa del empresario.
Estos activos también pueden aportar un nexo con la historia
crediticia del propietario, dar un domicilio asequible para la cobranza
de deudas e impuestos, ser una plataforma para la creación
de servicios públicos confiables y universales, y una base
para crear valores (por ejemplo, bonos con respaldo hipotecario)
que luego pueden ser redescontados y vendidos en mercados secundarios.
Así, mediante este proceso, occidente inyecta vida a sus
activos y los hace generar capital.
El Tercer Mundo y los países que salen del comunismo carecen
de este proceso de representación. En consecuencia, casi
todos andan subcapitalizados, igual que una empresa está
subcapitalizada cuando emite valores por debajo de lo que justificarían
sus ingresos y activos. Las empresas de los pobres se parecen mucho
a las corporaciones impedidas de emitir acciones o bonos para obtener
nuevas inversiones y financiamiento. Sin representaciones, sus activos
son capital muerto.
Los habitantes pobres de estos países la gran mayoría
sí tienen cosas. Pero la mayoría de ellos no cuenta
con los medios de representar su propiedad y crear capital. Tienen
casas pero no títulos, cosechas pero no certificados de propiedad,
negocios pero no escrituras de constitución ni acciones que
permitan a sus activos llevar una vida paralela en el mundo del
capital. La falta de estas representaciones esenciales explica por
qué personas que se han adaptado a todo otro invento occidental,
desde el bolígrafo hasta el reactor nuclear, no han podido
producir capital suficiente para hacer funcionar su capitalismo
local.
Este es el misterio del capital. Para resolverlo hay que comprender
cómo así los occidentales, al representar activos
mediante títulos, disciernen capital en esos activos y logran
extraérselo. Uno de los grandes desafíos para la mente
humana es comprender y alcanzar aquellas cosas que sabemos que existen
pero que no podemos ver. No todo lo real y útil es tangible
y visible. El tiempo, por ejemplo, es real, pero solo puede ser
eficientemente administrado cuando lo representa un reloj o un calendario.
A lo largo de la historia los humanos han inventado sistemas de
representación escritura, notación musical,
teneduría de libros contables de doble entrada para
captar con la mente aquello que las manos nunca podrán tocar.
Del mismo modo, los grandes practicantes del capitalismo desde
los creadores de los sistemas integrados de titulación y
de las acciones corporativas hasta Michael Milken, quien en los
70-80 logró hacer evidente el capital en acciones en las
que otros solo vieron chatarra lo hicieron al ingeniar nuevas
formas de representar el potencial invisible y preso en los activos
que acumulamos.
Ahora mismo lo circundan, invisibles para usted, ondas de la televisión
ucraniana, china y brasileña. Igual lo rodean activos que
albergan un capital invisible. Así como las ondas de la televisión
de Ucrania son demasiado débiles para dejarse sentir por
usted, pero un televisor las puede decodificar para ser vistas y
oídas, también el capital puede ser extraído
y procesado a partir de los activos. Pero solo occidente cuenta
con el proceso para transformar lo invisible en visible. Es esta
disparidad la que explica por qué los países occidentales
pueden crear capital y los del Tercer Mundo y la antigua órbita
comunista no.
La carencia de este proceso conversor en las regiones más
pobres del mundo donde habitan cinco sextas partes de la humanidad
no es producto de una conspiración monopólica occidental.
Más bien los occidentales dan tan por sentado este mecanismo
que han perdido toda conciencia de que existe. Es inmenso, pero
nadie lo ve, ni siquiera los estadounidenses, europeos y japoneses,
que han logrado ser ricos gracias a saber usarlo. Se trata de una
infraestructura legal oculta en las profundidades de sus sistemas
de propiedad, donde ser dueño de un activo no es sino el
umbral de los efectos de la propiedad. El resto del fenómeno
es un intrincado proceso creado por el hombre para transformar activos
y trabajo en capital. Este proceso no fue creado a partir de un
plano y no lo describe un folleto satinado. Sus orígenes
son oscuros y su relevancia está enterrada en el subconsciente
económico de las naciones capitalistas occidentales.
¿Cómo se nos puede haber escapado algo tan importante?
No debe sorprendernos: a menudo sabemos cómo hacer cosas
sin comprender por qué funcionan así. Se navegó
con brújulas magnéticas mucho antes de que hubiera
una teoría satisfactoria sobre el magnetismo. Los criadores
de animales tuvieron un conocimiento práctico de la genética
mucho antes de que Gregor Mendel explicara los principios genéticos.
Aun ahora que occidente prospera sobre la base de una abundancia
de capital ¿se comprende realmente cuál es el origen
del capital? Es importante averiguarlo. No solo para el Tercer Mundo
y los países que salen del comunismo sino para el propio
occidente, que de soslayarlo podría dañar la fuente
de su propia fortaleza.
Hasta ahora a los países occidentales no les ha parecido
mal dar totalmente por sentado su sistema para producir capital
y dejar indocumentada su historia.
Esa historia debe ser recuperada. Este libro busca reabrir la exploración
de la fuente del capital, exponer las fallas económicas de
los países pobres y explicar cómo corregirlas. Estas
fallas nada tienen que ver con las deficiencias heredadas por la
vía cultural o la genética. ¿Hay alguien capaz
de sugerir que latinoamericanos y rusos son "homólogos
culturales"? Por supuesto que no. Sin embargo en la pasada
década, cuando unos y otros se lanzaron a construir capitalismo
sin capital, han sufrido similares problemas políticos, sociales
y económicos: escandalosas desigualdades, economías
subterráneas, ubicuas mafias, inestabilidad política,
fuga de capitales, quebrantamiento de la ley. Estos problemas no
se originaron en los monasterios de la Iglesia Ortodoxa o a lo largo
de los caminos del inca.
En verdad no hay que ser un país tercermundista o que sale
del comunismo para padecer estos problemas. Uno podría estar
en los Estados Unidos de 1783, cuando el presidente George Washington
se quejaba de los "banditti... que desnatan y disponen de la
crema del país a expensas de la mayoría". Estos
banditti eran invasores y pequeños empresarios ilegales instalados
sobre tierras ajenas. Esos "bandidos" tuvieron que luchar
cien años más por el derecho legal a sus tierras y
a sus empresas. La lucha de los menos favorecidos para obtener derechos
de propiedad legales creó tal maraña de desasosiego
y antagonismo social por toda la nueva nación que Joseph
Story, presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos, se
preguntaba en 1820 si los abogados podrían alguna vez desentrañarla.
Los estadounidenses parecen haber olvidado que también ellos
alguna vez fueron un país del Tercer Mundo. Los políticos
occidentales ayer enfrentaron los mismos dramáticos desafíos
que los líderes del Tercer Mundo y de los países que
salen del comunismo enfrentan hoy. Pero sus sucesores solo recuerdan
un aspecto de la época en que los pioneros que abrieron el
oeste de los Estados Unidos andaban descapitalizados por falta de
títulos registrados sobre sus tierras y bienes; han olvidado
los días en que Adam Smith hacía sus compras en el
mercado negro y los pilletes de la calle (los pirañitas o
los gamines de hoy) rescataban los peniques que entre carcajadas
lanzaban los turistas a los fangosos bancos del Támesis y
han borrado de sus mentes los tiempos en que los tecnócratas
de Jean Baptiste Colbert, ministro mercantilista de Luis XIV, ejecutaron
a 16,000 pequeños empresarios cuyo único delito fue
contravenir los códigos industriales de Francia sobre manufactura
e importación de tela de algodón.
Ese pasado es el presente de muchas naciones. El éxito de
los países occidentales a la hora de integrar a sus pobres
en sus economías los llevó a olvidar cómo lo
hicieron, cómo empezó la creación de capital
cuando, en palabras del historiador americano Gordon Wood, "algo
portentoso estaba sucediendo en la sociedad y en la cultura que
liberó las aspiraciones y las energías de la gente
común como nunca antes en la historia estadounidense"1.
Ese "algo portentoso" fue que estadounidenses y europeos
estaban a punto de establecer leyes de propiedad formal universal
y de inventar el proceso de conversión que les iba a permitir
crear capital mediante esas leyes.
Fue al universalizar la propiedad formal que occidente cruzó
la línea que conducía al éxito capitalista
y este dejó de ser un club privado para volverse una cultura
popular, y transformar a los temidos banditti de George Washington
en los amados pioneros que la cultura norteamericana hoy venera.
* * *
La paradoja es tan clara como inquietante: el capital, componente
clave en el avance económico occidental, es el que menos
atención ha recibido. La negligencia lo ha envuelto en un
velo de misterio. En verdad, en cinco misterios:
El Misterio de la Información Ausente
Las organizaciones de caridad han puesto tanto énfasis en
las miserias y en el desamparo de los pobres del mundo, que nadie
se ha preocupado por documentar debidamente su capacidad de producir
y acumular activos. A lo largo de los últimos cinco años,
con 100 colegas de seis países distintos hemos cerrado nuestros
libros y abierto los ojos para salir a las calles y al campo de
cuatro continentes para sacar la cuenta de la suma ahorrada por
los sectores más pobres de esas sociedades. La cantidad es
enorme. Pero casi todo es capital muerto.
El Misterio del Capital
Este es el misterio clave y la pieza central de este libro. El
capital es un tema que ha fascinado a los pensadores en los últimos
tres siglos: Karl Marx dijo que uno necesitaba ir más allá
de la física para tocar a "la gallina que pone los huevos
de oro"; Adam Smith sintió que uno tenía que
crear "una suerte de trocha carrozable para ir por el aire"
y alcanzar a esa misma gallina. Pero nadie nos ha dicho dónde
se oculta la gallina. ¿Qué es el capital?, ¿cómo
se produce?, ¿cómo se relaciona con el dinero?
El Misterio de la Lucidez Política
Si hay tanto capital muerto en el mundo, y en manos de tanta gente
pobre, ¿por qué los gobiernos no han intentado sacarle
provecho a esta riqueza potencial? Simplemente porque las evidencias
que precisaban recién han pasado a ser asequibles en los
últimos 40 años, a medida que miles de millones de
personas en todo el mundo se han ido desplazando desde una vida
organizada a pequeña escala hacia una vida a gran escala.
La migración a las ciudades pronto ha dividido el trabajo
y generado en los países más pobres una inmensa revolución
industrial-comercial que, por increíble que parezca, ha sido
virtualmente ignorada.
Las Lecciones no Aprendidas
en la Historia de los Estados Unidos
Lo que viene sucediendo en el Tercer Mundo y en los países
que salen del comunismo se ha dado antes en Europa y Estados Unidos.
Desafortunadamente, hipnotizados con el fracaso de tantas naciones
en las puertas del capitalismo, olvidamos cómo fue que lograron
llegar los países capitalistas exitosos. Por años
he visitado a tecnócratas y políticos en los países
avanzados, desde Alaska hasta Tokio, pero en ellos no estaban las
respuestas. Solo un misterio. Hasta que encontré las claves
en sus libros de historia, y el ejemplo más pertinente en
los textos de historia de los Estados Unidos.
El Misterio del Fracaso Legal:
Por Qué las Leyes de Propiedad no Funcionan Fuera de Occidente
Desde el siglo XIX los países pobres copian leyes occidentales
para dar a sus ciudadanos un marco institucional productor de riqueza.
Hoy siguen haciéndolo y, claro, la cosa no funciona. La mayoría
de los ciudadanos sigue sin poder usar la ley para convertir sus
ahorros en capital. Por qué sucede esto y qué necesita
uno para hacer que la ley funcione, son cosas que siguen envueltas
en el misterio.
La solución a cada uno de estos misterios será tema
de un capítulo en este libro.
A medida que las posibles alternativas al capitalismo se han evaporado,
vamos llegando al punto en que por fin podemos estudiar al capital
desapasionada y cuidadosamente. El momento está maduro para
resolver los problemas de por qué el capitalismo triunfa
en occidente y se empantana en prácticamente todo el resto
del orbe.
NOTAS
1. Gordon S. Wood, "Inventing American Capitalism",
The New York Review of Books, 9 de junio de 1994, p. 49.
Hernando de Soto
es autor de los libros El Misterio del Capital y El Otro
Sendero. Es el segundo ganador del Premio
Milton Friedman para el Avance de la Libertad
Este artículo es una reproducción
del capítulo 1 del libro El Misterio del Capital.
Copyright © 2000 Hernando de Soto. Derechos reservados.
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