La Arquitectura Oculta del Capitalismo
por Hernando de Soto
Imaginen un país cuyas leyes que rigen los derechos de propiedad
son tan deficientes que nadie puede identificar quién es
dueño de qué, las direcciones domiciliarias no pueden
ser fácilmente verificadas, la gente no puede ser obligada
a pagar sus deudas. Un sistema donde nadie puede usar su casa o
empresa para garantizar créditos. Imaginen un sistema de
propiedad donde no se puede dividir una empresa productiva en acciones
para venderse a otros inversionistas, donde ni siquiera existe una
forma estandarizada y comercialmente útil para describir
los activos.
Bienvenidos a la vida cotidiana del Tercer Mundo, donde viven cinco
sextos de la humanidad. Sus condiciones de vida son la encarnación
misma de una paradoja: los países Occidentales ven al capitalismo
como la solución para el subdesarrollo global, pero hasta
ahora ni siquiera se ha intentado porque en una economía
capitalista toda operación se basa en las leyes de la propiedad
y sus transacciones, las cuales no existen en el Tercer Mundo. Sus
sistemas de propiedad excluyen los activos y transacciones del 80%
de la población. Los desposeídos están tan
separados de la actividad económica como alguna vez lo estuvieron
negros de blancos bajo el apartheid sudafricano.
Los programas convencionales de reformas macroeconómicas
siempre ignoraron a los pobres, partiendo de la suposición
de que no poseen recursos sobre los cuales se puede generar valor
adicional. Los estudios del ILD comprueban que, en realidad, los
desposeídos no son tan pobres. En Perú sus activos
ascienden a unos 90,000 millones de dólares, 11 veces más
que todos los títulos de la Bolsa de Valores de Lima y 40
veces más que el total de ayuda extranjera que ha recibido
el país desde la Segunda Guerra Mundial. En México
el monto estimado es de 315,000 millones, 7 veces más que
el valor de PEMEX, la empresa petrolera nacional. En Egipto, los
activos de los pobres ascienden a un total de 240,000 millones,
55 veces más que el valor de la inversión extranjera
directa durante los últimos 200 años, incluyendo el
costo del Canal de Suez y represa de Assuán.
Para que haya desarrollo en los países pobres, se les tiene
que permitir a los pobres y las clases medias bajas usar sus activos
tal como los usan los ricos y el desafío político
es hacer que estos bienes pasen del sector "extralegal"
en el que están ahora a un régimen de propiedad legal
más inclusivo, en el que puedan ser más productivos,
además de generar capital para sus propietarios, crecimiento
para la nación y mercados para la industria.
Los gobiernos del Tercer Mundo ya han demostrado que es posible
reformar sistemas de propiedad deficientes, al menos cuando se trata
de los ricos. Por ejemplo, en 1990 la Compañía Peruana
de Teléfonos (CPT) se cotizaba en la Bolsa de Valores de
Lima por un total de 53 millones de dólares. Pero el Gobierno
no podía vender la CPT a inversionistas extranjeros, por
problemas con el título de propiedad sobre muchos de sus
activos. Los peruanos decidieron reunir a un equipo internacional
de juristas de primera para crear un título legal, acorde
con las normas estandarizadas de propiedad que requiere la economía
global. Como resultado, la propiedad pudo convertirse fácilmente
en acciones. Se elaboraron normas para proteger los intereses de
terceros y generar suficiente confianza como para atraer créditos
e inversiones. Los juristas también diseñaron leyes
para litigar en disputas patrimoniales sorteando a los engorrosos
y corruptos tribunales peruanos. Tres años después,
la CPT entraba al mundo del capital líquido vendiéndose
por un total de 2,000 millones de dólares, o 37 veces su
valoración inicial de mercado. Hasta ese grado llega el poder
de un buen sistema de propiedad.
Los activos de los desposeídos también pueden ser
titulados legalmente y así liberar su capital potencial.
Hace nueve años el Gobierno de Indonesia me invitó
como asesor para identificar los activos que conforman el sector
extralegal, en el que vive el 90% de la población del país.
Distaba de ser un experto en este país, pero al pasear por
los arrozales de la hermosa Bali noté que siempre que entraba
en una propiedad diferente me ladraba un perro distinto. Los perros
no necesitaban un doctorado en Derecho para saber cuáles
eran los activos de sus amos. Así que aconsejé al
Gabinete que empezara por "escuchar los ladridos".
"Ah, Jukum Adat, el derecho del pueblo", respondió
uno de los ministros.
La historia del capitalismo occidental en realidad narra cómo
los gobiernos, durante cientos de años, fueron adaptando
el "derecho del pueblo" a reglamentos y códigos
uniformes que todos pudieran entender y respetar. Las propiedades
representadas por perros, cercas y guardias armados pasaron a representarse
mediante registros, títulos y acciones. Una vez que Occidente
logró enfocar el título de propiedad de una casa en
vez de la casa en sí, obtuvo una enorme ventaja sobre el
resto de la humanidad. Los títulos, acciones y leyes patrimoniales
permitieron considerar los bienes no sólo por lo que son
(una casa como refugio), sino por lo que podrían ser (una
garantía para obtener crédito, y así iniciar
o expandir una empresa). Mediante sistemas de propiedad estandarizados
que integran a todos, las naciones de Occidente crearon una escalera
que permitió a sus ciudadanos subir del caótico sótano
del mundo material al universo representativo donde se crea capital.
Lejos de que los pobres sean un problema, son en realidad la solución.
Y ahora es el momento preciso para que sean los políticos
que entienden que el derecho es un consenso social, y no las elites
jurídicas desfasadas, quienes se encarguen de la definición
de propiedad.
* Una versión de este artículo fue publicada en la
revista Time y en AOLA el 16 de abril de 2001 bajo
el título "La ley de la pobreza".
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