El Electorado del Terror
15 de Octubre de 2001
por Hernando De Soto
LIMA, Peru - Titulares de periódicos y locutores de televisión
a través de Estados Unidos preguntan: "¿Quiénes
son esas personas que tanto nos odian?" Nosotros, que vivimos
en el tercer mundo, así como las ex naciones soviéticas,
conocemos muy bien al terrorismo. Los terroristas del siglo veintiuno
que enfrentamos son políticos implacables con ambiciones
domésticas. Matar inocentes es un medio para conseguir un
fin: tomar control del poder político en sus propios países.
Pero estos políticos terroristas tienen un problema común.
Son pequeñas minorías en sus propios países.
Para llegar al poder, deben aumentar sus adherentes, y en el mundo
en desarrollo, la abrumadora mayoría de la gente es pobre.
La dificultad es que durante los últimos 30 años,
los pobres, en la mayoría de los lugares, han estado más
interesados en convertirse en empresarios que en revolucionarios.
Para mejorar sus vidas, han emigrado por millones a las ciudades.
Se puede observar a esos emigrantes en las calles del Medio Oriente
o de Asia, vendiendo lo que pueden fabricar en sus villas miserias,
desde alfombras y libros hasta herramientas y motores.
Ellos han trabajado con más ahínco de lo que la mayoría
de las personas en Occidente se dan cuenta. Sólo en México,
según nuestra investigación, los bienes de los pobres
suman en la actualidad 315.000 millones de dólares, siete
veces el valor de Pemex, el monopolio petrolero del país.
En Egipto, los pobres controlan unos 245.000 millones de dólares
en bienes, 55 veces más que la inversión total extranjera
hecha en Egipto durante los últimos 150 años. En todo
el mundo en desarrollo, los pobres enfilan hacia una sociedad de
mercado libre.
¿Qué debe hacer un terrorista para que los pobres
se desvíen de la economía hacia la política?
Debe crear un irresistible shock emocional que se concentre en las
diferencias del pueblo con Occidente en lugar de enfocarse en las
aspiraciones de emularlo.
Para polarizar a la gente de esa manera, lo que se hace es cometer
algo lo más atroz posible, y esperar que el enemigo responda
con mayor violencia y de manera indiscriminada, matando más
gente inocente y creando legiones de refugiados. Los políticos
terroristas aguardan entonces sentados a que los pobres, y aquellos
cuyos corazones están en favor de los pobres, acaten su liderazgo.
Los recientes ataques en Nueva York y en Washington son una gigantesca
trampa política. La intención fue crear un shock que
polarizara a los cientos de millones de musulmanes. Pero, al atacar
tales símbolos del poder y la riqueza de Estados Unidos,
los ataques pueden también ser percibidos como embestidas
a un sistema político y económico y un intento por
polarizar a los pobres contra los bastiones del capitalismo democrático.
Si los políticos terroristas quieren hallar un electorado
significativo, tendrán que hacerlo apelando más a
las necesidades materiales que a las espirituales. Es allí
donde la batalla debe librarse y ahora, lamentablemente, el mundo
está maduro para esos conflictos.
Tras la caída del Muro de Berlín, hace 12 años,
los principales partidarios del mercado libre, incluidas las instituciones
financieras internacionales, creyeron que los beneficios también
alcanzarían a los trabajadores más pobres. Pero, en
cambio, los pequeños empresarios fuera de Occidente han experimentado
en su mayoría sufrimiento a nivel económico, una disminución
de sus ingresos, y gran angustia. Aquellos que están en favor
del mercado libre han olvidado que la única forma de que
el capitalismo puede ayudar a la prosperidad de los pobres es incluyéndolos
en el sistema capitalista. Pero eso no ha ocurrido. Los pobres,
con frecuencia, carecen de explícitos títulos sobre
sus propiedades. Los edificios y las tierras no pueden ser usados
para garantizar créditos. En la vasta mayoría de las
naciones, los pobres no pueden aprovechar estructuras legales que
son esenciales para la producción de riqueza.
Y sin embargo, los norteamericanos durante el siglo pasado demostraron
que sabían cómo enfrentar la polarización.
Luego de la segunda guerra mundial, el general Douglas MacArthur
y el nuevo gobierno japonés inspirado por los escritos
de Wolf Ladejinsky, que estaba vinculado al departamento de Agricultura
de los Estados Unidos, y por tecnócratas japoneses
quitaron el electorado al establecimiento feudo-militar al reemplazar
el sistema legal feudal con leyes de defensa de la propiedad que
protegían a los individuos, incluyendo a los pobres. El cambio
contribuyó al fenomenal crecimiento económico de Japón.
De la misma manera, Estados Unidos ayudó a Taiwán
a crear una nueva prosperidad a través de la Comisión
Conjunta sobre Reconstrucción Rural, y actuó de manera
similar en Corea del Sur.
En mi país, Perú, ayudamos a socavar el movimiento
terrorista Sendero Luminoso en la década del noventa reformando
leyes que permitieron a los pobres obtener títulos legales
de sus viviendas y pequeños negocios. Según mi experiencia,
Sendero Luminoso y grupos similares en otras partes han amparado
los reclamos de tierras de los campesinos como parte de su política.
Y una vez que el estado protege esos reclamos mediante el otorgamiento
de un titulo legitimo, los terroristas pierden su soporte político.
En realidad, la estrategia fue usada por primera vez por los prusianos
para conseguir que sus granjeros derrotaran a Napoleón a
comienzos del siglo diecinueve.
A fin de desviar a los pobres de los cantos de sirena de los terroristas,
Estados Unidos y sus aliados deben apelar a sus intereses empresariales.
No es suficiente apelar al estómago de los pobres. Hay que
apelar a sus aspiraciones. Eso, de cierto modo, es lo que hacen
los terroristas. Pero su camino sólo conduce a la destrucción.
Hasta ahora, la política de Occidente y sus incentivos económicos
se han concentrado en alentar al resto del mundo a seguir buenos
consejos en materia de macroeconomía a fin de estabilizar
las monedas, balancear presupuestos y privatizar empresas públicas.
La influencia, poder y glamor de Occidente son todavía tan
grandes que la mayoría de los países han seguido esas
recetas. Occidente no se involucró en los detalles. Sus beneficiarios
han prosperado (o fracasado) en base a su propia imaginación
y programas. Ha llegado el momento de que Occidente conciba nuevas
políticas que inspiren a los gobiernos a canalizar la vigorosa
energía empresarial de los pobres y se concentren en el desarrollo
a nivel de la microeconomía, alentando el capitalismo desde
abajo.
La lucha a largo plazo contra el terrorismo necesita ofrecer a
millones de guerreros potenciales un interés formal en el
sistema económico al que ellos anhelan sumarse. Cualquier
campaña que no introduzca una cuña política
y económica entre los terroristas y los pobres será
posiblemente de corta duración.
Este artículo apareció en el New York Times
el 15 de octubre de 2001.
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