17 de enero de 2013

Sobre la manipulación de monedas y el comercio entre EE.UU. y China

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por Daniel J. Ikenson

Daniel Ikenson es Director Asociado del Centro de Estudios de Política Comercial de Cato Institute.

En un artículo de esta semana en el Wall Street Journal, Ed Lazear, anterior director del Consejo de Asesores Económicos, pone en duda la teoría de que la manipulación de la moneda por parte del gobierno de la China explique el gran superávit comercial de ese país (en inglés). Él observa los números —como lo hice yo hace algunos años (en inglés)— para mostrar que la relación entre los valores relativos de las monedas y los flujos comerciales ya no es precisamente cómo nos lo explicaron en los libros de texto.

El artículo de Lazear es muy oportuno, conforme el Peterson Institute ha vuelto a su hábito de recomendar medidas firmes para acabar con la manipulación de monedas a nivel global. En un nuevo estudio titulado “La manipulación de monedas, la economía estadounidense y el orden económico global” (en inglés), los co-autores Fred Bergsten y Joseph Gagnon argumentan que, como resultado de las masivas intervenciones monetarias por parte de alrededor de 20 gobiernos extranjeros, EE.UU. ha incurrido en altas pérdidas, incluyendo la dudosa aseveración de que los déficits comerciales anuales han sido de $200.000 millones a $500.000 millones más altos de lo que hubieran sido, privando a la economía de entre un millón y cinco millones de empleos (encuentro estas cifras difíciles de aceptar porque hay mucha evidencia —ver Lazear, ver esto, y esto otro— respaldando la conclusión de que los valores de las monedas son determinantes débiles de los flujos comerciales, y también está el hecho de que la economía estadounidense ha “creado” más empleos en periodos cuando el déficit comercial estaba creciendo que en periodos en que se estaba encogiendo —ver este testimonio y el gráfico en este posteo).

Considerando que la política de consolidación fiscal en EE.UU. es inevitable y que las opciones de política monetaria han sido agotadas, Bergsten y Gagnon argumentan que reducir el déficit comercial de EE.UU. es la única manera de “acelerar el crecimiento y restaurar el empleo pleno” y que eso requerirá de “insistir que otros países dejen de manipular sus monedas y permitan que el dólar recupere su nivel competitivo”.

Por “insistir”, los autores se refieren a que funcionarios estadounidenses deberían buscar un acuerdo voluntario con gobiernos extranjeros de que estos detendrán o “reducirán considerablemente” sus intervenciones y luego, si no están de acuerdo con esos términos, desplegaran cuatro herramientas de política pública para obligarlos a cambiar su actuar:

  1. Involucrarse en intervenciones monetarias para neutralizar los impactos en el tipo de cambio de las intervenciones ofensoras;
  2. Restringir la compra y/o tributar las ganancias de los activos estadounidenses que son propiedad de los interventores;
  3. Tratar a los tipos de cambio manipulados como subsidios e imponer aranceles como represalia;
  4. Entablar una queja formal ante la Organización Mundial de Comercio.

Aunque 20 gobiernos son identificados como gobiernos que intervinieron en los mercados de monedas por alrededor de $1 billón anual durante varios años, los autores excusan a gran parte de ellos en base a razonamientos que consideran de suficiente legitimidad, dejando a China como el gran enfoque del estudio. El gobierno de China seguramente ha sido el interventor más destacado en el mercado de monedas en los años recientes y el interés de los autores en agruparlo con otros 19 gobiernos es probablemente táctico; China podría cooperar más con este asunto si no está siendo señalada. Esto es algo comprensible.

Pero mientras que las intervenciones persistentes y a gran escala en los mercados de monedas causan distorsiones y aunque la economía global operaría de manera más eficiente si los valores de las monedas fuesen determinados exclusivamente por factores relacionados a la oferta y demanda del mercado, me pregunto si este asunto merece la estrategia remedial —o incluso la atención concentrada de los que hacen las políticas públicas— que prescriben Bergsten y Gagnon. Me pregunto si los actuales desbalances en la cuenta corriente y las acumulaciones de reservas no son en sí mismas respuestas a los errores percibidos en las políticas de EE.UU. y Europa y que se corregirán como reacción a políticas más astutas sin necesidad de recurrir a las intervenciones sub-óptimas que proponen los autores, que también causan distorsiones. Y me pregunto si la naturaleza cambiante del comercio y de la inversión —particularmente la proliferación del comercio de cadenas transnacionales de suministro y su mitigación de los efectos de los valores de las monedas sobre el flujo comercial final— ha recibido una consideración adecuada en el estudio del Peterson Institute (He señalado este asunto como respuesta a anteriores análisis del Peterson Institute, pero nunca he recibido una respuesta).

La presunción del estudio mencionado es que las intervenciones monetarias son tomadas por gobiernos extranjeros para suprimir los valores domésticos de las monedas, permitiendo así que los precios de las exportaciones sean más competitivos. Seguramente, esa es una motivación. Pero en un mundo en que el comercio de los bienes intermedios —el intercambio de insumos a través de las fronteras y de materias primas utilizadas en la producción de productos acabados— constituye la mayoría del valor del flujo internacional del comercio, las monedas subvaluadas tienen efectos compensatorios sobre los precios finales. China, que es un gran exportador de procesadores, importa en promedio alrededor de la mitad del valor de sus exportaciones. En algunos productos, como los teléfonos inteligentes y los demás objetos de alta tecnología, más del 95 por ciento del valor es importado. Todo esto significa que un Yuan subvaluado hace que los precios de los insumos (y los costos de producción) sean más altos de lo que serían. Un Yuan en apreciación reduciría los costos de producción, lo que le permitiría a los productores chinos de procesadores reducir sus precios de exportación y todavía obtener una ganancia, mitigando (algunas veces totalmente) los precios más altos que asociados con una moneda más fuerte.

Pero, como es reconocido en este estudio, los gobiernos intervienen en los mercados de monedas para perseguir una variedad de objetivos de política (no solamente para asegurar una ventaja para sus exportaciones), incluyendo para defender su moneda de las devaluaciones competitivas. De hecho, varios de los 20 gobiernos ofensores últimamente son excusados por los autores por su ofensa debido a que su intervención, supuestamente, se dio para compensar las acciones de los provocadores. De igual forma, los países prescindibles y ricos en recursos, como las naciones productoras de petróleo, podrían querer acumular reservas (y establecer fondos soberanos) para compartir su bonanza con las generaciones futuras que tal vez ya no podrán depender de ese recurso. Los Emiratos Unidos Árabes lo hacen. Noruega también lo hace. El estado de Alaska en EE.UU. también lo hace.

La Reserva Federal de EE.UU. ha tenido una política monetaria de dinero fácil casi sin interrupción por más de una década, de hecho antes de que se iniciaran la política de la China de comprar dólares estadounidenses y acumular reservas. ¿Será que los chinos estaban preocupados de que las políticas laxas de la Fed crearían inflación y que su intervención para dólares era una póliza de seguro dirigida a proteger el valor de sus activos denominados en dólares, particularmente de su $1,2 billón en títulos de la Tesorería de EE.UU.? ¿Será que construir algo de aislamiento de esos y otros efectos perjudiciales de la política monetaria de EE.UU. haya sido un factor detrás de las intervenciones monetarias de China? Sin duda, el relajamiento cuantitativo de la Fed ha suprimido el valor del dólar, se puede decir que dándole a los exportadores estadounidenses una ventaja competitiva y provocando que algunos gobiernos extranjeros se quejen de que la política estadounidense equivale a la manipulación de la moneda.

Para que los políticos estadounidenses señalen a la manipulación de monedas como una preocupación principal que debe ser remediada (como el estudio del Peterson Institute lo hace), EE.UU. primero debe tener sus manos limpias. Pero, ¿es la intervención en los mercados de monedas una distorsión más agresiva que la política monetaria de EE.UU.—o una reacción a esta? El gobierno de EE.UU. tiene varios comportamientos que distorsionan el mercado, las consecuencias de esto se dirigen en direcciones muy distintas: las operaciones de mercado abierto de la Reserva Federal son distintas intervenciones que afectan la oferta y demanda del dinero y del crédito; los créditos tributarios y otros subsidios estatales para, por ejemplo, producir energía verde son intervenciones en los mercados de productos; “Compre americano” y otras leyes de compras locales, las leyes de salario mínimo, y los procedimientos de bancarrota administrados por el Estado son intervenciones en los mercados laborales y de productos. Las decisiones de compra, producción e inversión de las empresas estatales, de las industrias nacionalizadas, de los fondos soberanos, y de otros actores influenciados por el gobierno, todo esto afecta a los mercados de maneras que sesgan los resultados y los alejan de su punto óptimo. Así que el argumento de que la manipulación de la moneda es de alguna manera más odiosa o problemática que estas otras intervenciones, todas las cuales contagian la economía real, no es tan convincente, particularmente cuando podría ser un síntoma de, o una reacción a, problemas causados por la brecha de ahorros en EE.UU.

Los políticos estadounidenses (aunque no necesariamente los contribuyentes estadounidenses y especialmente no los contribuyentes de la próxima generación) tienen algunas ventajas distintivas ya que el dólar estadounidense es la principal moneda de reserva del mundo. Los dólares que otros gobiernos quieren acumular con superávits en la cuenta corriente y gastárselos en caso de una emergencia económica pueden ser simplemente imprimidos por el gobierno de EE.UU. El objetivo de los superávits en la cuenta corriente o de la responsabilidad fiscal aparentemente no son tan importantes cuando el resto del mundo está dispuesto a prestarle a usted lo que usted desee en su moneda. No se sabe cuánto tiempo perdure esta situación, pero hasta que el dólar sea la principal moneda de reserva del mundo, los gobiernos extranjeros son de cierta manera rehenes de las decisiones de políticas en Washington. La acumulación de reservas en dólares por parte de los gobiernos extranjeros provee algún tipo de protección en contra de los efectos de perjudiciales de esa política estadounidense.

Bergsten y Gagnon concluyen que “El mejoramiento de la balanza comercial es esencial si EE.UU. pretende reducir el alto desempleo y su capacidad sub-utilizada como una tasa satisfactoria, bajo la cual las políticas actuales y prospectivas en casa y en el extranjero”. Ed Lazear nos recuerda que las políticas de monedas extranjeras serían el enfoque equivocado. Si restaurar la economía estadounidense al “empleo pleno” es el objetivo, entonces los políticos tienen mucho que hacer a nivel doméstico para promover el crecimiento económico. Se estima que las regulaciones cuestan a las empresas estadounidenses alrededor de $1,75 billones al año. Muchas de ellas son superfluas o perjudiciales. Revísenlas. La Aduana de EE.UU. recauda más de $30.000 millones al año en aranceles a las importaciones, elevando los costos de producción y el costo de vida en el país. Elimínenlos. Recientemente hemos empezado a desplegar nuevas tecnologías para extraer abundantes reservas de gas natural, que es relativamente caro en el exterior. Hagámoslo líquido y exportémoslo. Muchas personas inteligentes y emprendedoras que resultan ser de otros países quieren venir a nuestro país a estudiar, trabajar y crear, pero nuestras restricciones limitan sus (y nuestros) prospectos. Arreglen el sistema de inmigración. Al acordar tener un gobierno más fiscalmente responsable y al establecer las reglas del juego para los próximos años, los políticos podrían introducir un nivel más alto de certeza, lo que provocaría más inversión, contrataciones, producción y comercio. Háganlo.

No fomentemos políticas que efectivamente le endilgan la culpa a otros de nuestros problemas económicos. Estos son hechos en casa. También deberíamos encontrar en casa las soluciones.

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Forbes (EE.UU.) el 8 de enero de 2012.