14 de enero de 2013

Sobre inflaciones y devaluaciones

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por Alberto Benegas Lynch (h)

Alberto Benegas Lynch (h) es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.

Es realmente alarmante el poco conocimiento que hay sobre temas monetarios y bancarios, incluyendo a banqueros que negocian con moneda (del mismo modo que paradójicamente muchos de los que se dicen expertos en marketing no saben en que consiste el proceso de mercado), lo cual incluye a no pocos de mis colegas economistas.

El caso de países en los que están inmersos en un proceso inflacionario acelerado, las opiniones más sensatas al elaborar sobre el problema se apresuran a decir que no son partidarios de una devaluación. Veamos este asunto. La inflación es causada por la expansión monetaria debida a fenómenos exógenos, es decir, debida a decisiones políticas, a diferencia de la producción de mercancía-dinero reclamada por el mercado lo cual es consecuencia de fenómenos endógenos.

Esta decisión política procede de la existencia de la banca central que solo pude decidir entre tres cursos de acción: contraer, expandir o congelar la base monetaria. Cualquiera de los tres caminos necesariamente altera precios relativos respecto de lo que hubieran sido de no haber mediado la intervención de marras. A su vez, el deterioro de los precios relativos desdibuja las únicas señales con que cuenta el mercado para operar, con lo que se desperdician los siempre escasos recursos que, a su turno, significa disminuir salarios e ingresos en términos reales. El premio Nobel en economía Milton Friedman insistió en su última publicación sobre temas monetarios (Money Mischief) que “la moneda es un asunto demasiado importante como para dejarla en manos de banqueros centrales”. Ya antes Friedman había escrito: “Llego a la conclusión que la única manera de abstenerse de emplear la inflación como método impositivo es no tener banco central. Una vez que se crea un banco central, está lista la máquina para que empiece la inflación” (Moneda y desarrollo económico).

Se ha dicho equivocadamente que el efecto de la inflación es el aumento general de precios. Pues si esto fuera así, no habría problema con la inflación ya que los salarios son también un precio, por tanto si la inflación fuera del 30% anual, mensual o diario y los precios (incluyendo salarios) subirían en la misma proporción no se produciría el desgraciado desequilibrio que ocurre con la inflación, solo habría que modificar las columnas en los libros de contabilidad, los dígitos en las máquinas de calcular y eventualmente transportar el dinero en carretilla, pero, como decimos, no habría problema económico con la inflación. El problema se suscita, precisamente, debido a que hay una modificación en los precios relativos.

Desde que se creó la banca central las depreciaciones en los signos monetarios han sido enormes y hay profesionales que pretenden controlar la bestia para producir “una inflación controlable”, léase estafar poco en lugar de abolir la banca central, por una parte, y salir del quebrado sistema bancario de reserva fraccional manipulado por la llamada “autoridad monetaria” que beneficia a banqueros pero pone en jaque a la economía ni bien si insinúa una modificación en la demanda de dinero.

Volvamos entonces al fantasma de la devaluación que quiere decir que los brujos del momento fijan otra paridad cambiaria, en lugar de abrir el mercado que sin banca central establece el precio de las divisas del mismo modo que lo hace en el mercado de pollos o zanahorias. Entonces, no se trata de devaluaciones sino de permitir que las partes —en arreglos contractuales libres y voluntarios— convengan el precio; es la gente la que lo establece con sus compras y abstenciones de comprar y no los burócratas (y menos los economistas). No se trata de devaluar sino de liberar la moneda, de igual manera que no se trata de que los aparatos estatales fijen nuevos precios al tomate sino de liberarlo.

Una vez abrogado el curso forzoso y la banca central en el contexto de un sistema bancario sólido, es la gente la que decidirá acerca de los activos monetarios que prefiere (que sin duda serán billetes-recibos por mercancías depositadas y no papeles pintados inconvertibles, ni convertibles a otros papeles también manipulados por las burocracias). Este sistema de libertad monetaria ha sido propuesto reiteradamente por muchos economistas de fuste tal como lo han hecho otros premio Nobel en Economía como Friedrich A. Hayek, Gary Becker y James M. Buchanan a los que se acopla una notable bibliografía producida, entre otros, por Lawrence White, George Selgin, Steve Hanke, Kurt Schuler, Murray Rothbard, Walter Block y Kevin Dowd.

La libertad en las cotizaciones de los diversos signos monetarios permite a su vez la eficiencia en el sector externo, si no es interceptado con controles a las importaciones y las exportaciones sustentados en las visiones trasnochadas de los nacionalistas xenófobos que pretenden prosperar con sistemas cerrados y autárquicos para vivir como Robinson Crusoe (aunque en este caso hay el atenuante que el aislamiento lo impusieron las circunstancias del naufragio). Aquellos personajes calzan en lo que ha dicho Mario Vargas Llosa: “son figuras de superficie sin mayor trastienda”.

Es realmente increíble, pero hay quienes se autodenominan “economistas” y seriamente sostienen que si se libera el dólar allí donde está controlado, se producirán interminables filas de gente demandando la divisa estadounidense en un contexto caótico. Francamente no se como aprobaron Introducción a la Economía, no se percatan que al precio libre se pueden adquirir en el instante todos los dólares que se demanden, del mismo modo que ocurre con cualquier otro bien o servicio. El precio libre siempre limpia el mercado: nunca hay faltantes ni sobrantes, por el contrario, éstos indefectiblemente aparecen cuando los megalómanos intervienen. Ni siquiera se sostiene el argumento de lo que técnicamente se denominan bienes públicos para la intervención en el campo monetario, puesto que el dinero no calza con los principios de no-rivalidad y no-exclusión.

El problema actual no estriba principalmente en las políticas y propuestas de la corriente de pensamiento denominada de izquierda, sino que radica en sus parientes (a veces próximos, a veces lejanos): la derecha conservadora que pretende resultados distintos con las mismas recetas perjudiciales… Pero “bien administradas” por ellos. Mientras no se derriben estas telarañas mentales no hay posibilidad de revertir la situación en un mundo inflacionario que, en mayor o menor grado, destruye sus monedas y, por tanto, perjudica gravemente a los más necesitados. Me he detenido en detalle en el debate sobre temas monetarios y bancarios en mi libro publicado recientemente por la Universidad del Desarrollo, en Chile, titulado Jean Gustave Courcelle-Seneuil. En torno a dos debates para el mundo de hoy.

De más está decir que el tema de la libertad no se limita a lo monetario ni a ningún otro aspecto específico sino que abarca algo mucho más vasto y de mucho mayor calado, alude al oxígeno vital que permite que el ser humano siga su propio camino sin lesionar derechos de terceros. El problema con quienes hacen lugar a los atropellos del Leviatán o demandan que maneje sus vidas es que afecta severamente la dignidad y la autoestima de otros que reclaman libertad. Pero hay una solución que elimina esta tensión y que es del todo compatible con la sociedad abierta. Consiste en que, para aquellos que se consideran incapaces de administrar lo que concierne a sus asuntos, pueden contratar tutores o curadores con lo que no se aplastan las vidas de personas con sentido de autorrespeto.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de América (Argentina) el 10 de enero de 2013.