Yon Goicoechea Ganador del Premio Milton Friedman por la Libertad 2008
(24 de abril de 2008)
Sobre las elecciones en Paraguay
(21 de abril de 2008)
Crisis diplomática entre Colombia, Venezuela y Ecuador
( 3 de marzo de 2008)
Gira de ElCato.org por Centroamérica y Colombia
( 4 de febrero de 2008)
Cato Institute estrena sitios en Internet en 6 idiomas
(12 de diciembre de 2007)
No son terroristas, pero cometen actos terroristas
por Juan Carlos Hidalgo
¡Felicidades, Santa Cruz!
por Juan Carlos Hidalgo
¿Quo vadis Perú?
por Gabriela Calderón
VIDEO: Yon Goicoechea en Bolivia
Aquí pueden ver el discurso de Yon Goiboechea, ex-presidente del Parlamento Estudiantil Venezolano, ante un grupo de estudiantes bolivianos en enero de 2008. En el discurso Goicoechea explica cómo surgió el movimiento estudiantil de resistencia civil en Venezuela.
En este mapa interactivo podrás hacer click en cualquier país y/o año en que se ha publicado el Índice de Libertad Económica en el Mundo del Fraser Institute y Cato Institute para ver como ha progresado la libertad económica en el mundo.
Cato en El Comercio (Ecuador), en El Nuevo Herald (Miami, FL), y en Univisión (EE.UU.)
Gabriela Calderón en El Universo (Ecuador)
Patrick J. Michaels en La Nación (Costa Rica)
Indur Goklany en El Universal (Venezuela)
Juan Carlos Hidalgo en Siglo XXI (Guatemala)
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9 de mayo de 2002
Remembranza de estudios pasados: Volviendo sobre los primeros pasos
Peter Bauer, pionero en la economía del desarrollo fue el primer ganador del Premio Milton Friedman al Avance de la Libertad, otorgado por el Cato Institute. Esta es una traducción del ensayo "Remembrance of Studies Past: Retracing First Steps", publicado en el libro Pioneers in Development de Gerald M. Meir y Dudley Seers, 1984. Reproducido con la autorización del Banco Mundial. También puede leer este documento en formato PDF aquí.
Lo
siguiente es un resumen razonable de los principales componentes del
florecimiento de la literatura sobre el desarrollo en los primeros
años de la posguerra
[1]
.
El
comercio exterior en el mejor de los casos es ineficaz para el progreso
económico de los paÃses menos desarrollados (PMD), y con frecuencia
es dañoso. En lugar de ese comercio, el progreso económico de los
PMD depende de aportaciones amplias de capital a fin de habilitar
recursos para infraestructura, para el crecimiento rápido de la industria
manufacturera y para la modernización de sus industrias y sociedades.
El capital que se precisa no se puede generar en los propios paÃses
menos desarrollados debido a la limitación inflexible e inexorable
de los ingresos bajos (el cÃrculo vicioso de pobreza y el estancamiento),
reforzada por el efecto de demostración internacional y por la falta
de oportunidades de inversión privada rentable en los paÃses pobres
con mercados locales limitados por su propia naturaleza... El atraso
general, la apatÃa económica y la falta de iniciativa son casi universales
dentro del mundo menos desarrollado. Por lo tanto, si se desea lograr
un progreso económico significativo, los gobiernos tienen que desempeñar
una función tanto indispensable como integral en cuanto a llevar adelante
los cambios crÃticos y en gran escala necesarios para derribar los
obstáculos formidables que se alzan al crecimiento e iniciar y sostener
el proceso de crecimiento.
Esas
ideas se convirtieron en la esencia de la corriente principal de la
literatura académica del desarrollo, la que a su vez ha servido como
base de las polÃticas nacionales e internacionales desde entonces.Â
Incluso cuando algunos elementos de esa esencia han desaparecido
de los escritos más académicos, han seguido dominando el discurso
polÃtico y público, lo que constituye un ejemplo de los efectos que
aún subsisten de ideas descartadas.
Mis
primeras investigaciones de cuestiones económicas en los paÃses menos
desarrollados no fueron inspiradas por esos temas, en realidad estuvieron
desconectadas por completo de ellos
[2]
. Llegué a ese campo general a través de dos estudios:
uno de la industria del caucho del Asia Sudoriental, y el otro acerca
de la organización del comercio en lo que fuera el Africa Occidental
británica. Dediqué más de diez años a esos estudios durante las décadas
de 1940 y 1950, cuando permanecà durante perÃodos sustanciales en
cada una de esas regiones. Lo
que vi estaba en desacuerdo por entero con los componentes del consenso
que comenzaba a apuntar de la corriente principal de la economÃa del
desarrollo anunciada arriba. Mis indagaciones y observación de la
vida económica, social y polÃtica en esas dos regiones principales
provocaron en mà un interés perdurable por la economÃa del desarrollo
en general. Aunque mis ideas han evolucionado mucho desde
la terminación de esos estudios, no se han acercado más a las doctrinas
de la ortodoxia del desarrollo de los años 1950, ni a su subsiguiente
modificación.
[1]
Incluso
antes de poner pie en el Asia Sudoriental y en el Africa Occidental
ya sabÃa que muchas de sus economÃas habÃan avanzado con rapidez (¡aun
cuando eran colonias!). Después
de todo, no era preciso haber recibido instrucción en economÃa del
desarrollo para saber que antes de 1885 no habÃa un solo árbol del
caucho en Malaya, ni un solo cacaotero en el Africa Occidental británica.Â
Para la década de 1930 habÃa millones de acres sometidos a
estos y otros cultivos de exportación en muy gran parte propiedad
de gentes no europeas y explotados por ellas.Â
Pero si bien era conocedor de esto y de bastantes otras cosas
más acerca de las condiciones locales, de todos modos me sorprendió
mucho lo que vi, inclusive la extensa transformación económica que
estaba teniendo lugar en amplias zonas y el vigor de la vida económica
que estaba teniendo lugar en amplias zonas y el vigor de la vida económica
de muchas de las poblaciones locales. En Malaya (hoy Malasia), por
ejemplo, la actividad económica de las numerosas municipalidades y
grandes poblados, las excelentes comunicaciones y la evidente prosperidad
de grandes sectores de la población no europea reflejaban un mundo
totalmente diferente de la Malaya vacÃa en gran parte y económicamente
atrasada del siglo XIX. Los resultados de cambios un tanto similares,
aunque menos extensos, también eran manifiestos en el Africa Occidental,
sobre todo en Nigeria Meridional y en la Costa de Oro (hoy Ghana). ¿Cómo era posible todo esto si habÃa algo de
sustancia real en las ideas centrales de la economÃa del desarrollo
contemporánea?
En
las primeras etapas las aportaciones locales de capital fueron mÃnimas. En el Asia Sudoriental, sin embargo, el mercado
de exportación de caucho (y en menor escala otros productos como el
estaño) atrajo la inversión de las empresas europeas, en particular
para fines de explotación de plantaciones caucheras en la selva vacÃa
hasta entonces. En aquellos lugares donde el suministro de mano de
obra local era insuficiente, como en Malaya y Sumatra, las empresas
occidentales organizaron y financieron la contratación e inmigración
en gran escala de trabajadores analfabetos, procedentes sobre todo
de China y la India. Las actividades de las empresas occidentales
propiciaron secuencias que no se prentendÃa e inesperadas. Por ejemplo,
el comercio de caucho atrajo a los negociantes chinos, algunos de
los cuales iniciaron sus propias plantaciones, en tanto que otros
llevaron semillas y bienes de consumo a la población indÃgena de Malaya
y de las Indias Holandesas (hoy Indonesia). Esos negociantes, en consecuencia,
alentaron a la población local a plantar árboles del caucho y a producir
para el mercado. Para fines de la década de 1930, más de la mitad
de la superficie dedicada al cultivo del caucho en el Asia Sudoriental
era propiedad de los asiáticos. Esa superficie representaba los resultados
de la inversión directa pese a los ingresos inicialmente bajos
[3]
.
La
historia fue un tanto diferente en el Africa Occidental. En esa región
habÃa (y hay) plantaciones de propietarios no europeos.Â
La amplia zona cultivada con cacao, manÃ, algodón y nuez de
cola ha sido ocupada por fincas establecidas y operadas por africanos
y de su propiedad. El cuantioso
capital absorbido fue facilitado en parte por empresas mercantiles
europeas que financiaron a comerciantes locales, y en parte mediante
la inversión directa de africanos, esta última en casos importantes
llevada a cabo por agricultores emigrantes en regiones muy alejadas
de sus lugares de origen.
En
todo esto fue crucial la función que desempeñaron los comerciantes,
Sir Keith Hancock ha calificado con toda justeza al Africa Occidental
«el campo sin explorar de los comerciantes». Estos facilitaban bienes
de consumo e insumos de producción y proporcionaban los establecimientos
de distribución para los cultivos comerciales. Sus actividades estimulaban
la inversión y la producción. La
función desempeñada por los que se solÃa llamar bienes de inducción
-expresión que era familiar en otros tiempos pero que ahora rara vez
se encuentra en la literatura moderna del desarrollo-Â
fue notable. La secuencia mostró que lo impropio del concepto
del efecto de demostración internacional, la idea de que el acceso
a los bienes de consumo baratos, en especial de los importados, retarda
el desarrollo en los paÃses menos desarrollados al aumentar la propensión
a consumir de las poblaciones locales.
El
rápido progreso económico general en esas zonas, del cual la formación
de capital en gran escala en la agricultura por la gente local fue
un componente principal, no se puede armonizar con la idea del cÃrculo
vicioso de pobreza y estancamiento.Â
Hubiera sido una casualidad extravagante que se hubiera dado
el caso de que yo me hubiera encontrado en las dos únicas regiones
del mundo menos desarrollado donde la gente se las hubiera arreglado
para eludir los imperativos de una ley de economÃa.Â
En realidad, por supuesto, el concepto del cÃrculo vicioso
de la pobreza, de que la pobreza se perpetúa a sà misma, la desmienten
las pruebas de todo el mundo desarrollado y menos desarrollado y,
de hecho, la existencia misma de los paÃses desarrollados.
Ese
concepto no lo rescata la sugerencia, examinada con toda minuciosidad
desde la década de 1950, de que la producción de bienes para exportación
dio por resultado meramente la cración de enclaves operados por los
occidentales sin beneficio para la población local. Según ya he expuesto,
una gran parte de la producción, y en ocasiones toda ella, estuvo
(y sigue estando) en manos de la gente local. Lo mismo cabe decir de las actividades de comercio
y transporte. De haber sido
esto de otro modo, el desarrollo de los cultivos de exportación no
hubiera transformado las vidas de la gente local como lo ha hecho. En esas regiones, al igual que en muchas otras,
el avance económico generalizado ha posibilitado que poblaciones muchos
mayores vivan más años y con niveles de vida más elevados.
El
disponer de una infraestructura desarrollada no fue una condición
previa para el surgimiento de los principales cultivos comerciales
en el Asia Sudoriental y en el Africa Occidental.Â
Como también ha ocurrido con frecuencia en otras partes, las
instalaciones conocidas como infraestructura fueron desarrolladas
en el curso de la expansión de la economÃa. Es ajeno a la historia
el prever y elaborar una infraestructura costosa como el cimiento
necesario para el avance económico. Un número incontable de gentes
desempeñó a menudo el comercio y el transporte los servicios asociados
usualmente con la infraestructura creada con intensidad de capital.
Por ejemplo, el transporte humano y animal, los contactos entre los
numerosos comerciantes y las largas cadenas de intermediarios fueron
sustituidos parciales pero eficaces de las carreteras y los sistemas
de comunicación costosos.
[2]
La
experiencia histórica que he señalado (y que tuvo su contraparte en
muchos paÃses menos desarrollados) no fue el resultado de la conscripción
de la gente ni de la movilización forzada de recursos. Tampoco fue
el resultado de la modernización obligatoria de actitudes y comportamiento,
ni de la industrialización en gran escala patronizada por el estado,
ni de ninguna otra forma de empujón enérgico.Â
Y no fuera originada por el logro de la independencia polÃtica,
ni por la inculcación en la mente de la gente local del concepto de
la indentidad nacional, ni por la provocación del entusiasmo de la
masa a favor del concepto abstracto del desarrollo económico, ni por
cualquier otra forma de revolución polÃtica o cultural. No fue el resultado de esfuerzos conscientes
dirigidos a crear una nación (como si las gentes fueran ladrillos
sin vida, que se pueden mover de un lado para otro por algún maestro
de obras), ni tampoco de la adopción por los gobiernos del desarrollo
económico como una meta o dedicación formal de polÃtica.Â
Lo que ocurrió fue en gran medida el resultado de las reacciones
voluntarias individuales de millones de personas ante las oportunidades
que surgÃan o se expandÃan creadas en su mayor parte por los contactos
externos y que se señaló a su atención de muy diversas maneras, principalmente
a través de la operación del mercado. Un gobierno firme pero limitado
posibilitó el que se produjera esa serie de circunstancias, sin grandes
erogaciones de fondos públicos y sin recibir cuantiosas subvenciones
externas.
La
Ãndole de esas reacciones me descubrió, a su vez, lo hueco de varios
estereotipos estándar. Fue
evidente que la gente común de los paÃses menos desarrollados no era
insensible, rÃgidamente constreñida por la costumbre y el hábito,
económicamente tÃmida, miope por su propia naturaleza y deficiente
en general en iniciativa. En una década o dos, el campesinado analfabeto
del Asia Sudoriental plantó millones de acres de cultivos comerciales
desconocidos hasta entonces, caucho y cacao, que habrÃan de ver transcurrir
cinco años para llegar a ser productivos.Â
Los cambios voluntarios en la conducta, actitudes y motivaciones
de numerosas personas, que en muchos casos entrañaron sacrificar tiempo
de recreo y la modificación de relaciones personales, posibilitaron
el que se aportaran cuantiosos volúmenes de inversión directa para
lograr ese resultado. Sin embargo a los malayos, indonesios y africanos
figuraban precisamente entre los que se describÃa (y en ocasiones
todavÃa lo son) como incapaces de considerar perspectivas a largo
plazo o de crear capital, y de estar trabados por la costumbre y el
hábito.
El
establecimiento y explotación de terrenos que producen cultivos comerciales
son actividades empresariales. Como
también lo son las actividades omnipresentes de comercio y transporte
de la gente local. Esto invalida
el argumento de que los paÃses menos desarrollados carecen de aptitudes
y actitudes empresariales. En
realidad se hallan presentes a menudo, pero asumen formas que están
en armonÃa con los atributos e inclinaciones de la gente y con las
condiciones y oportunidades locales. En muchas partes del mundo menos desarrollado
hay pruebas de mucha iniciativa y de aceptación de riesgos, con frecuencia
en pequeña escala individual, pero en manera alguna restringida a
la agricultura y el comercio.
La
contribución al desarrollo económico aportada por los numerosos empresarios
en escala pequeña y grande (agricultores, comerciantes, industriales
y otros) pone de relieve el historial triste en general de los esfuerzos
empresariales de los gobiernos de los paÃses menos desrarollados,
financiados con demasiada frecuencia a gran costo de los ingresos
fiscales obtenidos de la imposición de gravámenes a los productores
de cultivos comerciales. A menudo se sostiene en la literatura sobre el desarrollo, en apoyo
de la supuesta necesidad de un extenso control y dirección estatales
de la economÃa de muchos paÃses menos desarrollados, que sus poblaciones
carecen de empresarios. Si
la gente de un paÃs determinado careciera en verdad de capacidad o
inclinaciones empresariales, es difÃcil ver cómo los polÃticos y los
funcionarios públicos podrÃan compensar la diferencia.
En
el mundo menos desarrollado, la disposición a incitarse uno mismo
a asumir riesgos en el proceso no se limita a los empresarios en el
sentido aceptado del término. Cientos de miles de gente rural sin
tierras, sumamente pobre, ha emigrado miles de kilómetros para mejorar
su destino. Es bien conocida la emigración en gran escala de la China
Sudoriental y la India Meridional a Fiji, Malaya y las Indias Holandesas.
En mi trabajo pude mostrar que gentes analfabetas muy pobres estaban
bien informadas acerca de las condiciones económicas existentes en
paÃses lejanos y extraños y que reaccionaron de manera inteligente
a las oportunidades que percibieron
[4]
.
[3]
Cuando
comencé mi trabajo, las ideas que estaban surgiendo acerca del desarrollo
económico atribuÃan importancia decisiva a la relación entre el número
de habitantes por una parte, y los recursos disponibles -tierra y
otros recursos naturales, asà como capital- por la otra. Dado el tamaño
de la población, los recursos fÃsicos era todo lo que importaba. Aparte
de las diferencias de edad y sexo, se veÃa a la gente como un factor
homogéneo desde un punto de vista económico. La única salvedad parcial
se proporcionaba en el énfasis creciente que se ponÃa en las diferencias
humanas resultantes del capital representado en la gente.
Mi
escepticismo con respecto a ese enfoque se vio reforzado pronto y
con amplitud por lo que vi en el Asia Sudoriental. Las diferencias
en desempeño económico y, por ende, en realizaciones positivas entre
los grupos fueron evidentes de inmediato, en verdad sorprendentes.Â
Tal vez la demostración más clara de que a la gente, incluso
con el mismo nivel de instrucción, no se le puede tratar como si fuese
uniforme en el contexto económico que se iba a encontrar en esa región.
Muchas
plantaciones caucheras llevaban registros de la producción diaria
de cada sangrador y establecÃan una distinción entre la producción
de los trabajadors chinos y los indios. La producción de los chinos
era usualmente más del doble de la de los indios, aunque todos ellos
utilizaban el mismo equipo sencillo de cuchillo de sangrar, taza de
látex y cubeta. HabÃa diferencias similares o incluso más amplias
entre los pequeños propietarios chinos y malayos cuando visité propiedades
pequeñas en Malaya en 1946. Las acentuadas diferencias entre los chinos
y los indios no se podÃa atribuir a las caracterÃsticas especiales
que poseen a menudo los inmigrantes, ya que ambos grupos eran inmigrantes
recientes. La gran mayorÃa tanto de indios como de chinos se componÃa
de peones sin instrucción, de modo que las diferencias en su desempeño
no podrÃa explicarse en términos de diferencias en la formación de
capital humano. No sólo prácticamente todos los chinos habÃan sido
inmigrantes muy pobres, sino que también estuvieron sujetos a una
extensa discriminación adversa por la administración británica y por
los gobernantes malayos locales.
Por
supuesto, las diferencias entre grupos no se limitaron a conocimientos
en el sangrado de caucho o a otros aspectos de la producción de caucho.
Fueron generalizadas en todos los sentidos en las economÃas locales
en lo que se refiere al establecimiento y administración de plantaciones
y minas de empresas industriales y comerciales. Esas diferencias no
fueron resultado de disparidades en los recursos iniciales de capital
de los grupos. De hecho esas diferencias significaron, por supuesto,
que los varios grupos aportaron contribuciones muy diferentes a la
formación de capital. Esas contribuciones, a su vez, fueron condicionadas
no sólo por las disparidades en productividad sino también por diferencias
en preferencias y motivaciones personales y disposiciones sociales.
Yo habrÃa de encontrar fenómenos similares en el Africa Occidental,
el Oriente, la India y otras partes.
No
deberÃa haberme sorprendido tanto de lo que encontré. Después de todo,
era conocedor de las acentuadas diferencias en desempeño económico
existentes entre los diversos grupos culturales como una caracterÃstica
de mucha de la historia económica, y del hecho de que los grupos que
eran objeto de discriminación con frecuencia eran especialmente productivos
y tenÃan éxito en sus empeños. Mi inadvertencia temporal es probable
que se debiera a que sucumbà al punto de vista prevaleciente a la
sazón de que el mundo menos desarrollado recién descubierto por los
economistas occidentales era un tanto diferente. También fui vÃctima
del concepto de la importancia primaria y suprema de los recursos
fÃsicos (incluido el capital) como factores determinantes de los ingresos
reales, un perÃodo breve de aberración en el que hice caso omiso de
lo que sabÃa de historia económica. Y, al igual que a otros, puede
que me hayan confundido las cifras de los ingresos medios calculadas
para la poblaciones enteras sin tener en cuenta la composición étnica
(y aún más, ni la edad).
Pudiera
señalar aquà que muchos millones de gente muy pobre del Tercer Mundo
hoy, al igual que en el pasado, tienen acceso a tierra cultivable,
y también que las relaciones convencionales mano de obra-tierra carecen
de sentido. Grupos como los aborÃgenes, pigmeos y varias tribus africanas
son casos extremos de pobreza entre tierra abundante. Incluso en la
India, mucha tierra es clasificada oficialmente como incultivada pero
utilizable.
El
reducido tamaño y la baja productividad de muchas fincas del Tercer
Mundo reflejan sobre todo la falta de ambición, energÃa y aptitud,
no carencia de tierra y capital. En cualquier caso, comprendà con
claridad que el concepto de tierra inclutivable es engañoso, toda
vez que su posibilidad de cultivo depende en alto grado de las cualidades
económicas de la gente asà como de las polÃticas oficiales que afectan
a la utilización de la tierra. Ejemplos de este último argumento son
las polÃticas de precios de los gobiernos, el control de la inmigraación
y la entrada de capital, y las condiciones en que se facilitan las
tierras estatales
[5]
.
La
realidad e importancia de las diferencias de los grupos en el desempeño
económico no se pueden refutar, aunque el examen de ellas ha sido
un tema en gran medida tabú en la literatura del desarrollo de la
posguerra. El tema está virutalmente proscrito en la profesión, aun
cuando esas diferencias sirven como puntos importantes en los programas
de polÃtica oficial, como ocurre en Malasia y en otras partes.
El
examen de las razones de las diferencias de los grupos en desempeño
y su probable persistencia serÃa especulativo y el razonamiento económico
no es informativo con respecto a esas cuestiones, pero esto no constituye
una excusa para el descuido sistemático de las diferencias entre los
grupos por los economistas. Esas diferencias son a todas luces pertinentes
para la evaluación de la situación y en perspectivas económicas en
los paÃses del Tercer Mundo (y también de otras partes), y para el
concepto de repercusiones de la presión de la población. De esto también
se sigue que la relación entre desarrollo económico y crecimiento
de la población no se puede examinar con sensatez simplemente sobre
la base de cifras y recursos.
[4]
Consideraciones
como las expuestas hasta ahora han fortalecido mi renuncia a tratar
de formular una teorÃa del desarrollo económico, y también mi rechazo
de teorÃas basadas ya sea en etapas consecutivas de la historia o
en el tipo convencional de modelo de crecimiento. Lo inadecuado de
esas teorÃas lo revela en cualquier caso su incapacidad para explicar
este fenómeno bien autenticado del descenso económico (ya sea absoluto
o relativo). Por otra parte, el desarrollo económico no es sino una
faceta de la historia de una sociedad, y los intentos de formular
teorÃas generales hasta ahora han sido conspicuamente infructuosos,
aun cuando muchas mentes distinguidas han abordado la cuestión. No
es sorprendente que algunos de esos intentos hayan producido conocimientos
informativos claros, pero ninguno de generalidad suficiente como para
servir de base a una teorÃa del desarrollo.
En
el contexto económico más estrecho, encontré que el enfoque incorporado
a los modelos de crecimiento convencionales era poco útil e incluso
engañoso. El enfoque se concentra en variables independientes que
llegué a saber carecÃan de importancia.Â
De nuevo, ese enfoque hace caso omiso de la acción recÃproca
entre las variables elegidas y los parámetros. AsÃ, los modelos toman
un estado de hecho factores tan decisivos como la situación polÃtica,
las actitudes de la gente y el estado de conocimientos
[6]
. Los intentos de incrementar las existencias de
capital -por ejemplo, mediante la tributación especial o restricción
de las importaciones- afectan en gran medida a estos y otros factores
tratados como parámetros y tienen repercusiones que, en forma caracterÃstica
contrarrestan con creces los efectos en el desarrollo que pudieran
derivarse de cualquier incremento en el capital. Esas deficiencias
son aparte de los problemas básicos del concepto y medición del capital
y de la distinción entre inversión y consumo. Esa distinción es especialmente
nebulosa en las condiciones de los paÃses menos desarrollados, donde
la utilización de bienes de inducción a menudo da por resultado el
mejoramiento del desempeño económico y el consumo es asà complementario,
en lugar de competitivo, del ahorro y la inversión.
En
la economÃa del desarrollo ha predominado un enfoque agregativo y
cuantitativo desde la Segunda Guerra Mundial. Puede que ese enfoque
haya sido inspirado por los modelos de crecimiento que se limitan
a agregados como el capital, el trabajo y el consumo. La aceptación
de ese enfoque general ha tenido el confortante corolario de que la
economÃa de un paÃs menos desarrollado se podÃa estudiar sobre la
base de estadÃsticas fácilmente asequibles, y también que era legÃtimo
prescindir en general de la observación directa y de la información
no cuantitativa. Ese abandono ha dado lugar a su vez a la aceptación
incondicional de las estadÃsticas disponibles. En mucho de la economÃa
del desarrollo se han pasado por alto sesgos muy grandes en las estadÃsticas
del ingreso internacional, asà como cambios en la incidencia de éstas
en el curso del tiempo. De nuevo, en las estadÃsticas empleadas en
la economÃa del desarrollo, la formación directa del capital en la
agricultura se ha subvaluado o, con más frecuencia, se ha omitido
por completo. Sin embargo, esa forma de formación de capital es cuantitativa
y cualitativamente importante en el avance desde las actividades de
subsistencia en gran medida caracterÃsticas de muchos paÃses menos
desarrollados. Tal vez más grave en sus repercusiones ha sido la falla
en reconocer esa modalidad de formación de capital en los análisis
del crecimiento económico y por ende en las propuestas para promover
el crecimiento. AsÃ, se han formulado aÂ
menudo polÃticas fiscales para acelerar la formación de capital
sin reconocer sus efectos necesarios en la formación directa de capital
en la agricultura. En la práctica, los resultados adversos de esa
inadvertencia se han visto agravados por el hábito, alentado a sÃ
mismo por el enfoque agregativo, de hacer caso omiso de los precios
como determinantes de las actividades económicas
[7]
.
La
utilización de estadÃsticas ocupacionales presenta algunos ejemplos
instructivos de la dependencia impropia de los datos asequibles y
del descuido, incluso la atrofia, de la observación directa. Las estadÃsticas
ocupacionales daban a entender que en los paÃses menos desarrollados
casi toda la población estaba dedicada a la agricultura. Ese, por
ejemplo, era un tema de los informes oficiales sobre el Africa Occidental
y de la literatura basada en ellos que consulté antes de mi primera
visita. El comercio y el transporte apenas figuraban en el censo oficial
o en la obra de Lord Hailey, An African Survey (Londres, 1938).
Por lo tanto me sorprendió mucho el volumen de actividades comerciales
y el gran número de comerciantes que pronto iba a poder observar.
Se puso de manifesto que las estadÃsticas oficiales inducÃan a error
porque no reflejaban, ni podÃan reflejar, la especialización ocupacional
incompleta prevaleciente. En unidades familiares clasificadas como
agrÃcolas era usual que algunos miembros comerciaran de manera regular
o intermitente, independientemente del sexo y, también, en gran medida
de la edad
[8]
.
La
experiencia del Africa Occidental, que a todas luces no era única,
salvo tal vez en la amplitud de la participación en el comercio, me
llevó a examinar y echar abajo la hipótesis prevaleciente de Clark
Fischer en el sentido de que el avance económico lleva consigo un
movimiento progresivo de la mano de obra de la actividad económica
primaria a la secundaria y luego a la terciaria
[9]
. Mostré que la teorÃa se fundamentaba en estadÃsticas
engañosas, que las actividades terciarias eran un conjunto diverso
de actividades unidas sólo por el hecho de que su producción no era
material, que no tenÃan la caracterÃstica común de las elasticidades
elevadas de la demanda en función del insurgimiento de la producción
de subistencia en los paÃses pobres, que en el comercio y transporte
en pequeña escala de los paÃses menos desarrollados el capital puede
sustituir con facilidad con trabajo, y que carecÃa de fundamento la
creencia de que el progreso técnico era necesariamente más acentuado
en la producción de bienes que en la de servicios. Se mostró, además
que la agregación común de actividades económicas en tres grupos distintivos
carecÃa de valor para el análisis y para formulaciones sensatas de
polÃtica. Sin embargo, todavÃa sigue vivo el concepto de que la clasificación
tripartita de actividades económicas no sólo es válida y firme sino
que puede servir como base para la polÃtica.
En
el contexto general de la economÃa del desarrollo, los varios ejemplos
precedentes de agregación engañosa son eclipsados por una práctica
que todavÃa no he examinado aquÃ. Es el tratamiento del mundo como
si fuesen dos agregados distintos: los paÃses ricos y en progreso
y los paÃses pobres y en estacancamiento. El segundo agregado, y mucho
mayor, se compone prácticamente de toda Asia y Africa y de toda América
Latina. Esta colectividad se ve como ampliamente uniforme, atrapada
en un cÃrculo vicioso de pobreza, separada de los paÃses ricos por
una disparidad amplia y creciente en los ingresos, y afligida además
por una relación de intercambio en deterioro en general en sus transacciones
con el otro agregado.
De
hecho este cuadro no tiene semejanza con la realidad. No hace justicia
a la rica variedad de humanidad y experiencia existentes en el mundo
menos desarrollado, ni al rápido crecimiento de muchos paÃses antes
pobres, ni a la prosperidad de amplios grupos que se encuentran allÃ.
El amontonamiento impropio de todos los llamados paÃses menos desarrollados
ha hecho que resulte más difÃcil para los economistas y otros rechazar
los conceptos prevalecientes que he señalado a la atención al comienzo
de este capÃtulo y, por lo tanto, reconocer lo impropio de las formulaciones
de polÃtica derivafas de esos conceptos. Ahora veo con claridad mucho
mayor que cuando comencé mis estudios hasta qué punto fue impropia
la división del mundo en los agregados supuestamente distintos.
[5]
En
la literatura sobre el desarrollo de los primeros tiempos de la posguerra
la actividad comercial se pasó por alto en muy gran medida. Se hizo
caso omiso de ella en las estadÃsticas, en el examen de las perspectivas
del desarrollo, en la literatura sobre la planificación y en los propios
planes. Cuando alguna vez se tuvo en cuenta, el examen del comercio
se expresó tÃpicamente en términos peyorativos. Se veÃa, por ejemplo,
como un semillero de imperfecciones y como una fuente o manifestación
de despilfarro. De ello se seguÃan propuestas de polÃtica para el
reemplazo de los mecanismos de comercio privados mediante el establecimiento
del comercio estatal y sociedades cooperativas patrocinadas por el
estado.
En
contraste, la función indispensable de los comerciantes, sobre todo
en el desarrollo de cultivos comerciales, fue evidente en mis indagaciones
tanto en el Asia Sudoriental como en el Africa Occidental y en otros
paÃses menos desarrollados que llegué a conocer.
AdvertÃ
que ya se habÃa observado a menudo por historiadores ecónomicos, administradores
y otros observadores, que los comerciantes proporcionaban y ampliaban
mercados y en consecuencia ensanchaban las oportunidades asequibles
a la gente como productores y consumidores
[10]
. Los comerciantes llevaban bienes nuevos y más
baratos a la atención de la gente y los ponÃan a su alcance, proceso
que inducÃa a un mejor desempeño económico. En ocasiones los comerciantes
en pequeña escala penetraban en zonas antes de que exploradores y
administradores hubieran llegado a ellas. Sin las actividades comerciales
no podÃa haber excedente agrÃcola. Los comerciantes vinculaban a los
productores y los consumidores, creaban nuevas necesidades y alentaban
o incluso posilitaban la producción que se precisaba para su satisfacción.
En términos más generales, ponÃan
al corriente a la gente del funcionamiento de una economÃa de intercambio
y de las actituted apropiadas hacia ella. Al extender los horizontes
económicos de la gente y establecer nuevos contactos, las actividades
de los comerciantes alentaron a la gente a poner en tela de juicio
los hábitos y costumbres existentes y promovieron la erosión no reprimida
de actitudes y costumbres existentes incompatibles con el progreso
material. Además, al comerciar ampliamente resultó ser un semillero
de actividades empresariales que se extendieron más allá del propio
comercio. De ese modo los comerciantes con iniciativa y exitosos en
ocasiones comenzaron o expandieron sus intereses agrÃcolas (muchos,
en cualquier caso, eran agricultores a tiempo parcial). El comercio
llevó a destacarse a empresarios que se dieron cuenta de las oportunidades
económicas y estaban listos para aprovecharlas. No fue sorprendente
que empresas de transporte y manufactureras que funcionaron con éxito
fueran establecidas a menudo por comerciantes, tanto locales como
del exterior.
Estos
efectos dinámicos de las actividades de los comerciantes fueron omitidos
en gran parte en la literatura de la posguerra sobre el desarrollo.
La función que desempeñaron los comerciantes en cuanto a lograr una
asignación más eficaz interregional e intertemporal de la producción
se podÃa haber reconocido más ampliamente, pero incluso cuando se
reconoció, las actividades de los comerciantes y la organización del
sistema de comercio fueron sometidas a mucho análisis y enjuiciamiento
crÃtico que partieron de un concepto equivocado. Por ejemplo, se criticó
con frecuencia la multiplicidad de comerciantes y la subdivisión vertical
de la actividad comercial en numerosas etapas sucesivas. Mostré que
esas caracterÃsticas se podÃan explicar en razón de la relativa escacez
de capital y de aptitudes administrativas, de las posibilidades de
sustituir el capital en el comercio con trabajo y de la disponibiliada
en gran número de personas para dedicarse a tiempo parcial o por entero
a la actividad comercial. Mis observaciones y análisis de las actividades
y mecanismos comerciales dieron lugar a que economistas y antropólogos
hicieran mucho trabajo subsiguiente. El profesor Walter Elkan ha llegado
hasta a sugerir que ese trabajo temprano abrió el camino para el reconocimiento
de la presencia e importancia de lo que ha llegado a denominarse el
sector no estructurado en los paÃses menos desarrollados e inició
el estudio de su economÃa
[11]
.
Además,
mi trabajo me permitió poner al descubierto las fallas subyacentes
en propuestas y polÃticas familiares para reestructurar el sector
comercial en los paÃses menos desarrollados. Esas medidas comprendieron
desde la restricción del número de comerciantes y la eliminación forzada
de determinadas etapas en la cadena de distribución hasta el apoyo
en amplia escala del estado al comercio cooperativo y a la supresión
de los comerciantes privados y su reemplazo por organizaciones estatales
de comercio. La adopción de tales medidas en varios paÃses menos desarrollados
ha tenido las consecuencias poco sorprendentes de restringir las oportunidades
de los productores y consumidores, de afincar la ineficiencia en el
sector comercial
[12]
, y de obstruir el progreso económico y el ensanchamiento
de los horizontes. La mayorÃa de esas llamadas reformas ha causado
penalidades generalizadas y ha recluido a mucha gente dentro de la
producción de subsistencia
[13]
.
[6]
Desde
la década de 1930, por lo menos, tanto en la literatura popular como
la académica han condenado las fluctuaciones en los precios de los
productos primarios, en especial los producidos en los paÃses menos
desarrollados. Los planes de estabilización de productos básicos han
figurado ahora como temas importantes en las agendas por espacio de
varias décadas.
Esos
planes se han propuesto usualmente como instrumentos para reducir
las fluctuaciones de los precios. En la práctica, sin embargo, el
objetivo ha sido por lo común el alza monopolizadora de los precios.
Esto es transparente hoy, cuando esos planes se consideran como una
forma de transferencia de recursos de Occidente al Tercer Mundo. Pero
la intención monopolizadora ya era clara en los planes de regulación
entre ambas guerras, como la Regulación Internacional del Caucho,
la que yo habrÃa de estudiar con detenimiento y pude documentar que,
en tanto que la regulación del caucho no estabilizaba los precios
[14]
, sà ampliaba las fluctuaciones en la producción
y probablemente también en los ingresos del productor. Entre otros
efectos desfavorables, imponÃa penalidades a productores potenciales
que, en general, eran más pobres que los beneficiarios.
Ulteriormente
examiné a fondo las operaciones de las juntas de comercialización
oficiales del Africa Occidental
[15]
. A esas organizaciones estatales se les concedió
el derecho exclusivo de comprar para la exportación y de exportar
los productos controlados. El propósito proclamado de esas disposiciones
fue estabilizar los precios recibidos por los productores e incluso
mejorarlos. De hecho pronto se convirtieron en un sistema de pagar
a los productores bastante menos que el valor de mercado de sus productos
y fueron, en realidad, un instrumento de tributación onerosa, persistente
y discriminatorio. Durante perÃodos prolongados desestabilizaron los
precios al productor y sus ingresos. Señalé a la atención los principales
efectos de esa onerosa tributación, sobre todo el hecho de que reducÃa
la explotación de cultivos comerciales y el ahorro privado, obstaculizaba
el surgimiento de un campesinado y una clase media de africanos prósperos,
y servÃa como fuente dominante de dinero y padrinazgo para quienes
tenÃan poder polÃtico. AsÃ, de manera paradójica, aunque la estabilización
se invoca tÃpicamente como cubierta para el alza monopolizadora de
los precios del productor, en este caso se invocó como cubierta para
el pago presistente menor del debido a los productores posibilitado
por los poderes de monopsomio de las juntas
[16]
.
Mi
trabajo acerca de la regulación del caucho y con respecto a las juntas
de comercialización en conjunto tuvieron varios efectos secundarios.
Primero, mostró que es necesario distinguir con claridad la uniformación
de las fluctuaciones de los demás objetivos de los planes oficiales,
como el alza monopolizadora de los precios o la tributación de los
productores al pagarles menos de lo debido. Segundo, también mostró
que incluso si la reducción de las fluctuaciones era el objetivo genuino
de un plan, su puesta en vigencia tropezarÃa con enormes problemas
conceptuales y prácticos, entre ellos los de determinar sobre una
base actualizada la tendencia de los precios a largo plazo, los de
elegir entre la fijación de precios al productor a discreción de las
autoridades o de confomidad con una fórmula anunciada, los de elegir
entre la estabilización de precios y la estabilización de ingresos
al productor. Tercero, mi trabajo y la reacción que produjo en el
Profesor Milton Friedman
[17]
me llevó a plantearme la pregunta de si el ejercicio
del poder gubernamental era conveniente o necesario para que los productores
lograran la estabilización de precios o ingresos si sentÃan la necesidad
de ella. Si se desea la estabilización de los ingresos disponibles,
los productores por su propia cuenta pueden ahorrar reservas a las
que pueden recurrir en épocas de adversidad. En caso necesario pueden
formar asociaciones voluntarias para ayudarles a alcanzar ese propósito.
[7]
La
verdad del dicho francés, «rien ne vit que par la détail», se me grabó
en el curso de mi trabajo en el Asia Sudoriental y en el Africa Occidental.
Mucho de ese trabajo puso al descubierto fenómenos y relaciones que
no se habÃan reconocido en grado adecuado en estudios anteriores de
esas regiones ni en los textos económicos más generales. Enumeraré
brevemente varias de esas cuestiones que no se han examinado ya en
este ensayo; exposiciones más completas se encuentran en otras partes
de mis publicaciones. De todos modos, varios de los asuntos planteados
o ilustrados son de alguna significación e interés generales.
El
suministro de caucho por los pequeños propietarios se habÃa presentado
comúnmente como ejemplo de un caso clásico de una función de la oferta
inclinada hacia atrás. En realidad era posible establecer no sólo
que la curva de oferta era ascendente hacia delante sino también que
esto se reconocÃa plenamente en la aplicación de la polÃtica oficial
(por ejemplo, en la imposición de gravámenes especiales a la exportación
a fin de restringir las exportaciones de los pequeños propietarios
de conformidad con la regulación del caucho). La densidad mucho más
elevada de plantas en las propiedades caucheras pequeñas que en las
plantaciones solÃa atribuirse a los métodos más primitivos utilizados
por los pequeños propietarios. De hecho podrÃa mostrarse que reflejaban
diferencias en la disponibilidad de factores de producción para los
dos amplios grupos de productores. Además, incluso el breve perÃodo
de precio de oferta del caucho no se podÃa estimar simplemente por
referencia a los desembolsos corrientes, sino que también tenÃa que
incluir la esperada reducción de ingresos a futuros a través del consumo
corriente de la corteza que contenÃa látex. Se encontró, también,
que el costo de producción variaba mucho con el precio corriente del
producto (mucho más que con la escala de las operaciones). AsÃ, el
costo de la producción, y por consiguiente el precio de oferta, dependÃa
en grado significativo de los precios futuros esperados asà como de
los precios corrientes
[18]
. Cuando se reconoce que los precios corrientes
y presuntos de los productores afectan a los costos, no es legÃtimo
entonces considerar la oferta como independiente de la demanda (como
es la práctica estándar en la teorÃa microeconómica).
Encontré
que las exposiciones estándar de monopolio y de su medición eran incompletas,
incluso engañosas. La regulación del caucho cubrÃa a mucho miles de
productores, ninguno de los cuales controlaba ni siquiera el 2 por
100 de los suministros totales de un producto altamente estandarizado
ni tenÃa influencia alguna en los precios. La autoridad controladora,
por otra parte, se enfrentaba a una demanda mucho menos que perfectamente
elástica. Esta combinación era muy diferente de la situación que se
analiza tÃpicamente en la teorÃa del monopolio. En el estudio del
comecio del Africa Occidental, las estadÃsticas a que tuve acceso
me mostraron que el grado de concentración era sistemáticamente más
elevado para productos estandarizados que para productos diferenciados.
Esto fue contrario a lo que esperaba encontrar de discusiones contemporáneas
acerca de la diferenciación de productos. Tanto en el Asia Sudoriental
como en el Africa Occidental el número de puntos de comercio disminuÃa
en forma constante y gradual desplazándose de los centros urbanos
hacia las zonas rurales de las afueras. Encontré, sin embargo, que
esto no tenÃa relación sistemática con la intensidad de la competición:
el grado efectivo de monopolio no se podÃa predecir con fiabilidad
alguna con base en el número de comerciantes presentes. El comerciante
pequeño de un poblado remoto estaba expuesto a la competición de muchas
fuentes, inclusive de los mercachifles ambulantes y de los agricultores
que hacÃan el papel de comerciantes a tiempo parcial. El número de
comerciantes, sin embargo, cobraba importancia en cuanto a determinar
la fuerza de la competición siempre que la entrada se restringÃa oficialmente.
Incluso entonces, la diversidad entre los comerciantes (como la diversidad
étnica o las diferenciadas en duración del establecimiento) podÃa
modificar el efecto de los números en la competición.
Que
las estadÃsticas detalladas pueden ser reveladoras para exportar caucho
de Malaya. Se podÃa hacer que éstas revelaran tanto el grado de hecho
de la restricción como el precio de oferta muy bajo de grandes cantidades
de caucho de los pequeños propietarios. El examen más detenido de
las estadÃsticas de la producción total de las plantaciones y las
de las compañÃas registradas localmente reveló que las regulaciones
del caucho daban a las compañÃas registradas del Reino Unido un trato
más favorable que a las registradas localmente, y a las plantaciones
más favorables que a las pequeñas propiedades. Las estadÃsticas también
se podÃa utilizar para medir el efecto del impuesto sobre las utilidades
en exceso del 100 por 100 sobre el nivel de producción.
La
observación directa en conjunción con ciertas series estadÃsticas,
en especial estadÃsticas del transporte, ayudó a poner al descubierto
el gran volumen e importancia de la producción y comercio de nuez
de cola en Nigeria, actividades que estaban por entero en manos de
africanos y que virtualmente no se hacÃan notar en publicaciones oficiales
ni en otras. De nuevo, el examen detenido del funcionamiento de los
controles de la importación y los precios en el Africa Occidental
en tiempos de guerra y en la posguerra mostró con claridad que de
medidas oficiales aparentemente innocuas podÃan derivarse consecuencias
trascendentales polÃticas y sociales.
[8]
Durante
los últimos años de la década de 1950 escribà primero acerca de dos
asuntos importantes en la economÃa del desarrollo: la planificación
integral y la ayuda extranjera. Más tarde habrÃa de desarrollar mi
análisis y conclusiones cuando esos dos temas llegaron a vislumbrarse
con más amplitud en la literatura académica sobre el desarrollo y
aún más en las deliberaciones públicas. Señalé entonces que la planificación
central integral desde luego no era necesaria para el avance económico,
era mucho más probable que lo retardara. No aumentaba los recursos
sino que sólo los desviaba de otros usos públicos y privados. Reforzaba
la tradición autoritaria prevaleciente en muchos paÃses menos desarrollados
y también divorciaba la producción de la demanda del consumidor y
restringÃa la gama de elección de la gente.
Acerca
de la ayuda extranjera escribà poco, aparte de decir que no era indispensable
para el progreso de los paÃses pobres y que a menudo servÃa para suscribir
y prolongar polÃticas sumamente dañosas que por lo común se llevaban
adelante en nombre de la planificación integral
[19]
.
No
veo razón para retractarme de las conclusiones y evaluaciones expuestas
en esta versión resumida de mis anteriores escritos. Pero sà debo
reconocer que hice una estimación equivocada grave. No me percaté
a la sazón de la importancia generalizada de la politización de la
vida económica en los paÃses menos desarrollados. Excepto en mi tratamiento
de las juntas de comercialización del Africa Occidental, era propenso
a analizar las repercusiones y efectos más especÃficamente económicos
de las medidas de polÃtica individual sin apreciar en forma adecuada
cómo contribuyeron a la politización general de la vida en muchos
paÃses menos desarrollados. Para fines de la década de 1950 las medidas
principales incluÃan el monopolio estatal de las principales ramas
de la industria y del comercio, incluidas las exportaciones agrÃcolas;
las restricción oficial de premios para desplegar actividades industriales
y de otra Ãndole; la aplicación de controles sobre las importaciones,
exportaciones y las divisas, y el establecimiento de muchas empresas
propiedad del estado y explotadas por él, incluidas las llamadas cooperativas
apoyadas y operadas por el estado. Varias de esas medidas individuales
dieron a los gobiernos control estrecho de los medios de subsistencia
de sus súbditos. Esas medidas, cuando se aplicaban de manera simultánea,
conferÃan aún mayor poder a los gobernantes.
En
esas condiciones la adquisición y ejercicio de poder polÃtico revistieron
importancia suma. Lo que estaba en juego, tanto ganancias como pérdidas,
en la lucha por el poder polÃtico aumentó. Esos elementos intensificaron
la incertidumbre, la angustia y la tensión polÃtica, en especial en
los numerosos paÃses menos desarrollados que comprendÃan distintos
grupos étnicos, religiosos o lingѼisticos. En consecuencia desviaron
las energÃas y recursos de la población de la actividad económica
hacia el campo polÃtico.
Esos
elementos y sus repercusiones se han hecho más pronunciados y extendidos
desde la década de 1950. No sólo la supervivencia económica,
sino incluso la fÃsica de gran número de gentes han llegado a depender
de las decisiones polÃticas y administrativas. Entre las vÃctimas
han sido conspicuas las minorÃas étnicas productivas. Lo que yo atisbé
de manera tenue nada más en la década de 1950 se ha convertido por
lo tanto en un tema principal en algunos de mis escritos más recientes.
[1]
En mi obra Dissent on Development
(Londres: Wiedenfel and Nicolson, 1971, Cambridge, Mass.: Harvard
University Press, 1972), passim, en especial los capÃtulos 1 y 2,
se presentan referencias detalladas a la literatura sobre el desarrollo
de los primeros tiempos.
[2]
Los resultados de mis estudios se encuentran
en las siguientes publicaciones: P. T. Bauer,, The Rubber Industry
(Cambridge, Mass: Harvard University Press, 1948; Report
on a Visit to the Rubber Growing Smallholdings of Malaya, July-September
1946 (Londres: Colonial Office, 1948); West African Trade
(Cambridge, Ing.: Cambridge University Press, 1954; Londres:
Routledge and Kegan Paul, 1963); Economic Analysis and Policy
in Underdeveloped Countries (Durham, N. C.: Duke University
Press, 1957, y Cambridge,
Ing.: Cambridge University Press. 1958) y en colaboración con B.
S. Yamey, The Economics of Under-developed Countries (Chicago:
University of Chicago Press, 1957), y algunos de los ensayos publicados
en Markets, Market Control and Marketing Reform (Londres:
Weidenfeld and Nicolson, 1968). Quiero
dejar bien sentado que desde 1951 he trabajado de manera tan estrecha
con Basil Yamey que las ideas que se exponen en este documento son
tanto suyas como mÃas. Es solo por comodidad de la exposición que
no establezco esa distinción en el texto de nuestro trabajo conjunto
y el mÃo propio.
[3]
La industria de la plantación de caucho
comprende pequeñas propiedades, es decir, terrenos de menos de cien
acres cada uno, y propiedades grandes de plantación de más de cien
acres cada una. Las pequeñas
propiedades, que representan más de la mitad de la superficie total,
son propiedad asiática por entero. Para ahora bastante más de la
mitad de las plantaciones también son de propiedad asiática por
entero. Para ahora bastante
más de la mitad de las plantaciones también son de propiedad asiática,
china en su gran parte. En
una comunicación privada de enero de 1983. W. G. G. Kellet, quien
por espacio de muchos años fue jefe de estadÃgrafo del International
Rubber Regulation Committee y ulteriormente del International Rubber
Study Group, situó la actual propiedad asiática en más del 90 por
100.
[4] Véase The Rubber Industry, cap. 15 y append. D, y Economic Analysis and Economic Policy, cap. 1.
[5]
La distinción entre tierra cultivable
e incultivable es arbitraria. Adam Smith señaló que se podÃan cultivar
uvas en Escocia. La Ãndole arbitraria de la distinción la pone de
relieve la experiencia en zonas como Holanda, Venecia, Israel y
otros paÃses del Oriente Medio.
[6]
Según he observado en otros lugares,
estos modelos de crecimiento han sido inspirados por Keynes: «Damos
como un estado de hecho la aptitud existente y la cantidad de mano
de obra disponible, la calidad y cantidad existentes de equipo disponible,
la técnica existente, el grado de competición, los gustos y hábitos
del consumidor, la disutilidad de diferentes intensidades de trabajo
y de las actividades de supervisión y organización, asà como la
estructura social. . .» (J. M. Keynes, The General Theory
of Employment, Interest and Money [Londres: Macmillan, 1936],
p. 245). Esta simplificación
drástica es dudosamente apropiada incluso para el análisis del crecimiento
a corto plazo en una economÃa avanzada. Es del todo impropia para
el examen del progreso a largo plazo de los paÃses menos desarrollados.
[7] Véase Economic Analysis and Economic Policy, cap. 2 y  The Economics of Underdeveloped Countries, cap. 10.
[8] Véase West African Trade, op. cit., cap. 2.
[9]
Las referencias a los escritos pertinentes
de Colin Clark y A. G. B. Fischer se encuentran en Markets, Market
Control and Market Reform,, caps. 1 y 2, que son versiones revisadas
de dos artÃculos (en colaboración con B. S. Yamey) publicados en
el Economic Journal (diciembre de 1951 y marzo de 1954).
[10] Toda vez que me remito a mis observaciones de principios del perÃodo de la posguerra utilizó el pretérito. Sin embargo, la función de los comerciantes todavÃa se aplica en general donde quiera que se les permite operar. Véase West African Trade, op. cit., cap. 2 y Markets, Market Control and Marketing Reform, op. cit., caps. 1 a 3.
[11] Walter Elkan y otros, «The Economics of Shoe-Shining in Nairobi», publicado en African Affairs, vol. 81, n. o 23 (abril de 1982).
[12] Es difÃcil explicar en retrospección por qué se aceptó casi universalmente como cosa axiomática en los comienzos de la economÃa del desarrollo que las empresas cooperativas poseÃan virtudes económicas tan particulares que deberÃan gozar de amplio apoyo y protección del estado. Una sociedad cooperativa es simplemente una forma de organización económica y, como tal, no tiene acceso de manera inherente a eficiencia superior a la de otros tipos de organización, privada o pública. Si las sociedades cooperatives poseyeran tales atributos, no hubieran necesitado los favores oficiales. Estas cuestiones las examine plenamente en la obra The Economics of Underdeveloped Countries, op. cit., cap. 14.
[13]
Véase «The Economics of Marketing Reform», publicado
en la obra de Bauer y Yamey, Markets, Market Control and Marketing
Reform, op. cit.
[14]
Véase The Rubber Industry, op.
cit., passim, en especial la parte 3 y el apéndice estadÃstico
2.
[15] Véase West African Trade, op. cit., parte 5, y Markets, Market Control and Marketing Reforms, op. cit. 8 y 9.
[16]
Cuando publiqué por primera vez mis
conclusiones fueron recibidas con indignación por los portavoces
oficiales y colegas economistas. En época tan tardÃa como mediados
de la década de 1950 quienes apoyaban a las juntas de comercialización
arguyeron que éstas solo se dedicaban a la estabilización de los
precios. Para la década de 1960 ya se aceptaba ampliamente que eran,
y lo habÃan sido todo el tiempo, instrumentos de tributación. Ahora
también se conviene en general que los recursos obtenidos de esa
tributación fueron derrochados en gran medida.
               Las Juntas de comercialización fueron descendientes en amplia medida de carteles privados de compra de productos que en gran parte no tuvieron éxito. Los monopsonios estatales fueron introducidos a instigación de miembros de esos carteles. Véase el ensayo 12 en mi obra Dissent on Development, op. cit.,. La version original apareció en Journal of the Royal Statistical Society (1954), parte 1.
[17] Milton Friedman, «The Reduction of Fluctuations in the Incomes of Primary Producers: A Critical Comment», Economic Journal (diciembre de 1954).
[18] Con respecto a la oferta de caucho véase The Rubber Industry, op. cit., cap. 4 y apénd. E.
[19] Mis escritos subsiguientes acerca de la planificación y la ayuda extranjera se pueden encontrar en Dissent on Development, op. cit., y en Equality, the Third World, and Economic Delusion (Londres: Weidenfeld and Nicolson, y Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1981). He vuelto a esos dos temas en mi libro Reality and Rhetoric: Studies in the Economics of Development (Londres: Weidenfeld and Nicolson, y Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1984).