El ejército colombiano rescata a Ingrid Betancourt y otros 14 rehenes
( 2 de julio de 2008)
Yon Goicoechea Ganador del Premio Milton Friedman por la Libertad 2008
(24 de abril de 2008)
Sobre las elecciones en Paraguay
(21 de abril de 2008)
Crisis diplomática entre Colombia, Venezuela y Ecuador
( 3 de marzo de 2008)
Gira de ElCato.org por Centroamérica y Colombia
( 4 de febrero de 2008)
La censura empieza
por Gabriela Calderón
Confusión de conceptos
por Gabriela Calderón
Asà hasta yo soy socialista
por Juan Carlos Hidalgo
VIDEO: La política exterior de EE.UU. hacia América Latina

Aquí Juan Carlos Hidalgo es entrevistado en el “Foro Interamericano” de Voice of America.
ESTUDIO: Qué hacer con el cambio climático
Indur M. Goklany demuestra en este estudio que "La mejor manera que tiene el mundo de combatir el cambio climático y promover el bienestar, en especial el de las poblaciones más vulnerables, es reducir las vulnerabilidades actuales a problemas relacionados con el clima que podrían exacerbarse por el cambio climático".
Cato en BBC Mundo (Reino Unido)
Gabriela Calderón en Diario El Universo (Ecuador)
Tom Palmer en Libertad Digital (España)
Johan Norberg en El Universal (Venezuela), en La Prensa (Nicaragua), y en El Universal (Venezuela)
Dan Griswold en Soitu (España)
Cato Institute
1000 Massachusetts Avenue,
N.W. Washington D.C.
20001-5403
Teléfono (202) 842-0200
Fax (202) 842-3490
18 de mayo de 2001
Conferencia
dictada por el Dr. James M. Buchanan, Premio Nobel de EconomÃa, en la Universidad Francisco MarroquÃn, el 19 de enero
de 2001.Â
"...los
grandes progresos técnicos de la producción y el consiguiente incremento
de la riqueza y el bienestar sólo tomaron cuerpo cuando se logró imponer
las ideas liberales hijas de las investigaciones económicas.
Fue
posible suprimir aquellos obstáculos con que las leyes, costumbres
y prejuicios seculares entorpecÃan el progreso técnico gracias al
ideario de los economistas clásicos que liberó al propio tiempo al
promotor e innovador genial de la camisa de fuerza que le imponÃa
la organización gremial, el paternalismo de los gobernantes y toda
suerte de presiones sociales. Fueron los economistas quienes minaron el prestigio de conquistadores
y expoliadores al hacer evidentes los beneficios que engendra la actividad
mercantil. Ninguno de los
grandes inventos modernos habrÃase implantado si la mentalidad de
la era precapitalista no hubiera sido completamente desvirtuada por
los economistas. La generalmente
denominada "revolución industrial" fue consecuencia de la "revolución
ideológica" provocada por las doctrinas económicas."
Ludwig
von Mises
Muchas gracias
por esas nutridas presentaciones.Â
Aprecio mucho esta oportunidad de viajar aquà y visitar esta
gran universidad. He conocido al Doctor Ayau por alrededor de
treinta años, sospecho, y él me ha invitado en varias ocasiones, y
yo siempre habÃa deseado hacer el viaje hacia el sur, pero por alguna
razón u otra, esta es la primera vez que lo he podido hacer. Â
PermÃtanme decir, también, que me disculpo por tener que dirigirme
a ustedes en mi idioma y no el suyo.Â
Hablaré despacio tanto para su propio beneficio como para el
de los intérpretes. Aquellos
que conocen los Estados Unidos sabrán que las personas que vienen
de mi parte del paÃs hablamos más despacio de todos modos, en comparación
con nuestros colegas más al norte.
Esta conferencia
fue anunciada, por lo menos en inglés, como un recorrido intelectual. En parte es eso, pero yo pienso que el tÃtulo
puede provocar malentendidos. Lo
que yo haré es trazar mi perspectiva sobre el desarrollo de un programa
de investigación, el cual se ha llevado a cabo por más de medio siglo. Dado que yo he estado involucrado en el mismo,
será en un sentido parcialmente autobiográfico. Pero no me concentraré en la parte autobiográfica,
sino más bien en una perspectiva general del programa de investigación.Â
En cierta forma, es un relatoÂ
narrativo de un programa que puede ser llamado, inclusivamente,
el análisis de las decisiones públicas (Public Choice), o, si desean, Public Choice y economÃa constitucional.Â
Quiero contarles cómo surgió este programa de investigación
y cómo se desarrolló, el impacto que ha tenido, y sus prospectos.Â
Utilizo la frase "programa de investigación" en el sentido
especÃfico en que lo acuñó Lakatos, un filósofo de la ciencia de Londres.Â
щl hablaba sobre un programa que parte de ciertos preceptos
centrales, o premisas, con el académico o cientÃfico involucrado en
estos programas, avanzando bajo un mismo conjunto de preceptos o premisas. Es algo asà como un nexo de ideas-- algo en
común, un foco, si quieren. Lakatos
mismo se refirió a esto como el núcleo del programa. Si cuentan con un núcleo de ciertas cosas que son aceptadas, entonces
los académicos laboran a partir de eso. Â
La primera reflexión
que yo harÃa es la siguiente. Yo
pienso que todavÃa es bastante difÃcil para cualquiera de nosotros,
aún para los que son de mi generación, pero más aún conforme uno es
menor, pensar acerca de o imaginarse el escenario del juego, por asÃ
decirlo, en el cuál trabajábamos los cientÃficos sociales alrededor
de mediados del siglo, alrededor de 1950:Â el escenario del juego de las ciencias sociales,
especialmente en lo que respecta a los análisis de cómo funciona la
polÃtica y cómo se comportan los polÃticos, y cómo se comportan los
burócratas.  Ya para finales
de la Segunda Guerra Mundial, los gobiernos estaban dirigiendo la
utilización de vastos porcentajes de nuestro producto nacional en
todos los paÃses. Más de un tercio, casi la mitad y aún más que
eso, en algunas situaciones de paz.Â
En otras palabras, el estado protagónico estaba con nosotros,
el estado masivo habÃa emergido de la primera mitad del siglo y estaba
con nosotros y sin embargo, casi no se ponÃa atención a cómo funcionaba
el gobierno en la realidad, o cómo funciona la polÃtica.Â
Reconocer esto del pasado es sorprendente.  Es increÃble tratar de imaginar cómo pudo ocurrir. ¿Por qué no empezó alguien a pensar sobre cómo
funciona la polÃtica en la práctica? Â
Hubo quienes
ya en épocas pasadas adoptaron una postura que pudiera ser llamada
precursora del análisis de las decisiones públicas.Â
Maquiavelo fue uno, Hobbes fue otro, en la tradición de la
filosofÃa polÃtica. Y hubo un cientÃfico polÃtico estadounidense
llamado Arthur Bentley que muy a principios de siglo habÃa desarrollado
una teorÃa de grupos de interés de la polÃtica de cierta envergadura,
pero estas personas fueron la excepción.Â
Los economistas no estaban dedicando mucha atención a cómo
funcionaba el gobierno porque los economistas estaban preocupados
por cómo funcionaban los mercados y cómo las personas se comportaban
en relaciones de mercado. Y luego vino, en los años treinta y cuarenta,
el énfasis keynesiano en la macroeconomÃa y el funcionamiento de la
economÃa en su totalidad. Los
cientÃficos polÃticos no ponÃan atención a la forma en que el gobierno
realmente funcionaba y permanecÃan cautivados por la teorÃa idealista
del estado que habÃa iniciado con los griegos y resurgió en Hegel,
quien tuvo una influencia tremenda sobre el desarrollo de la ciencia
y la teorÃa polÃtica. Y esto no fue aliviado por el utilitarismo
de Bentham y de otros que escribieron en el siglo XIX. AsÃ, prácticamente no hubo un intento para
elaborar lo que podrÃamos denominar una teorÃa obstinada, positiva
de cómo funciona la polÃtica y cómo se comportan los polÃticos. Y una buena parte del trabajo temprano de lo
que hoy podemos llamar el análisis de la decisión pública, realmente
surgió de los esfuerzos de economistas entrenados en finanzas públicas,
inicialmente. Yo empecé asÃ. Yo empecé como un simple, anticuado economista de finanzas públicas.
Estudiábamos la tributación y estudiábamos los presupuestos y estudiábamos
la deuda pública. Duncan Black,
quien fue uno de los verdaderos lÃderes en este nuevo campo o nuevo
programa de investigación, empezó exactamente de la misma forma. Duncan Black era un escocés. Hizo su carrera académica en Gales y escribió
su primer libro sobre la instancia de los impuestos a la renta. Posteriormente, Duncan Black empezó a pensar
sobre cómo funciona un comité que utiliza la regla de mayorÃa como
su regla de operación. Regresaremos
a esto en un segundo. Â
Y es que hubo
otro precursor que debe ser mencionado aquà y que fue un economista
austriaco que habÃa migrado a los Estados Unidos.Â
Fue un profesor en la universidad de Harvard.Â
Su nombre era Joseph Schumpeter.Â
щl escribió un libro llamado Capitalismo,
Socialismo, y Democracia, el cual publicó en 1942. Si Ustedes leyeran ese libro ahora notarÃan,
impresionados, cuántas ideas contiene que fueron desarrolladas más
adelante por el análisis de la decisión pública.Â
Schumpeter sà analizó el comportamiento de los polÃticos y
de la polÃtica democrática, de los gobiernos democráticos, pero prácticamente
no tuvo influencia.  Nadie
le puso mucha atención a Schumpeter, y creo saber porqué.Â
La razón por la cual nadie prestó atención a Schumpeter es
que no ofreció ninguna esperanza. Schumpeter no era un demócrata (en
minúsculas), sino un elitista. Ñ‰l
sentÃa que en realidad la sociedad deberÃa ser gobernada por una pequeña
aristocracia, siempre con personas como él a cargo.Â
Por lo tanto, las personas no le prestaron atención, porque
no ofrecÃa ninguna esperanza de que pudiéramos tener un entendimiento
positivo y una explicación del funcionamiento de nuestros gobiernos
en las democracias modernas. Â
Regresemos a
Duncan Black, este escocés que trabajaba en Gales.Â
щl empezó a pensar: ¿Cómo
funciona un comité? Los comités
operan bajo las reglas de orden de Roberts y operan con una votación
por mayorÃa, pero nadie habÃa realmente examinado esto con detenimiento.  Nadie habÃa visto qué es lo que realmente
ocurre cuando uno tiene una regla de mayorÃa en un simple contexto
de un comité. Empezó a jugar
con unos modelos muy simples y también empezó a fijarse en alguna
literatura. Y para su sorpresa, y para la nuestra, si lo
pensamos bien, encontró que nadie habÃa analizado esto con contadas
excepciones. Destacan dos
excepciones en la historia de las ideas. Lewis Carroll, cuando no
estaba escribiendo Alicia en el paÃs de las maravillas, estaba
trabajando como matemático en uno de los colegios de Oxford.  Su verdadero nombre fue Charles Dodgson y
él jugó con una teorÃa formal de las reglas de votación simples, y
lo hizo principalmente para averiguar cómo los colegios de Oxford
tomaban sus decisiones sobre el tipo de papel tapiz que colocarÃan
en la pared del salón común. Lewis Carroll lo analizó según un patrón lógico
formal, hasta cierto punto. Y
la única otra persona que habÃa estudiado esto fue el Marqués de Condorcet,
a quien le cortaron la cabeza durante la revolución francesa. El también desarrolló unas estructuras lógicas
bastante sofisticadas de las reglas de votación. Asà que, además del marqués y Lewis Carroll,
nadie habÃa hecho este tipo de trabajo antes que Duncan Black, quien
trabajó durante la segunda mitad de la década de los cuarenta. Â
Más o menos
al mismo tiempo en que trabajaba Black, Kenneth Arrow estaba iniciando
su disertación doctoral, y estaba atacando el mismo problema desde
un ángulo totalmente distinto. No
se estaba concentrando en las reglas de votación en sÃ, sino que Arrow
estaba viendo el problema desde la perspectiva de la economÃa teórica
del bienestar, como se le llamaba entonces.Â
щl estaba explorando si se podÃa o no tomar un conjunto de
preferencias individuales como un conjunto de alternativas sociales,
y sumar esas preferencias para obtener un ordenamiento social o colectivo
que fuera consistente, que en la práctica cumpliera con ciertas propiedades
deseables. El ejemplo sencillo
es: si se toma a tres personas, y cada una de ellas tiene ordenamientos
preferenciales perfectamente consistentes, y los tres enfrentan tres
opciones, tres alternativas, tres candidatos o tres alternativas entre
las cuáles deben escoger, ¿se
puede sumar estas tres preferencias para sacar una preferencia social
que es en sà consistente? Arrow
llegó a la conclusión, al igual que Duncan Black, de que no se puede
hacer eso. De que uno se topará inevitablemente con una
inconsistencia, que se tenderá a obtener un resultado cÃclico, o lo que se llama el ciclo mayoritario. No hay forma de sumar a partir de los individuos
y sacar un agregado social que se apegue a las condiciones de la consistencia.
Â
El famoso ejemplo
es que si tienen tres opciones: A, B y C, y si
se vota de par en par por mayorÃa simple, de dos en dos, A
le puede ganar a C, y B le puede ganar a C, A
puede ganarle a B por mayorÃa de votos, pero entonces podrÃa
ser también que C le ganara a A, y asà sigue la votación en cÃrculos, en un
ciclo. Y utilizando las herramientas
de la lógica simbólica, Arrow demostró que no hay forma de sumar todas
las preferencias individuales y obtener una preferencia social consistente
al menos que se impongan algunas premisas restrictivas sobre cómo
se organizan las preferencias. Y
Duncan Black habÃa hecho lo mismo.Â
Asà es que esto se convirtió en un punto de partida para este
programa de investigación.
Mi propio interés
en esto realmente fue estimulado, en un principio, por una insatisfacción
con la discusión; eso fue
alrededor de 1949 y 1953. Yo
estaba insatisfecho con la discusión que se siguió al planteamiento
del teorema de Arrow, del tal teorema de la imposibilidad, y sobre
el descubrimiento de Duncan Black del fenómeno cÃclico de la mayorÃa
y la votación por mayorÃa. Me sentÃa infeliz porque tanto Black como Arrow, y también todos
sus crÃticos (hubo mucha discusión justo después de que Arrow publicara
su libro, en particular), porque todos parecÃan decir o insinuar que
serÃa lindo tener una preferencia social consistente, un ordenamiento
colectivo, si se pudiera. Les
hubiera gustado ver un equilibrio polÃtico establecido.Â
Pero por lo menos para mà era obvio que no entendÃan que si
se tiene una única mayorÃa permanente, ésta dominará a una minorÃa
permanente. Y eso es inaceptable para mÃ. AsÃ
que examiné más de cerca el tema y afirmé que si las preferencias
eran tales como para generar un tipo de desequilibrio, un ciclo continuo,
eso es exactamente lo que uno desea en una situación donde no existen
preferencias que generarÃan un resultado consistente.Â
Y eso es más deseable que una situación en la cual una minorÃa
es continuamente dominada por una mayorÃa permanente. Y, de hecho, mi crÃtica estaba basada en la premisa de que uno sencillamente
no debe esperar ni tratar de construir una función de bienestar social.Â
Es decir, un ordenamiento social de las alternativas.Â
Es una locura esperar que las personas sean consistentes en
ese sentido, asà que pensaba que deberÃan abandonar esa lÃnea de investigación.
Â
Yo habÃa sido
influenciado anteriormente por un importante descubrimiento personal. No tanto de una idea, sino de un precursor
muy importante de lo que yo estaba deseando desarrollar en la crÃtica.  Yo habÃa terminado mi trabajo de post-grado
en la Universidad de Chicago en 1948.Â
En esa época, si uno optaba por un doctorado en economÃa en
cualquier lugar de Estados Unidos, tenÃa que pasar un examen de lectura
en alemán y en francés. Pasé
mi examen de alemán y terminé mi tesis, por lo que tuve alrededor
de dos meses para disfrutar la Biblioteca Harper de Chicago, varios
pisos bajo tierra. Por casualidad, mi escritorio estaba contiguo
a la colección de economÃa y yo casualmente tomé un libro, un libro
muy viejo y empolvado, un libro pequeño del economista sueco Knut
Wicksell.  Yo ya sabÃa algo
acerca de Wicksell. Varios
de sus libros habÃan aparecido en traducciones, uno titulado Interés
en los Precios, y uno llamado Conferencias sobre la EconomÃa
PolÃtica. Era conocido como un destacado economista,
pero nadie se habÃa fijado en este libro en particular, que fue su
propia tesis, publicada en 1896.Â
Más tarde, supe que habÃa sólo tres copias de ese libro en
Estados Unidos. Uno en Chicago, uno en la biblioteca de la
universidad de Illinois y uno en Harvard, creo.  Llevé el libro a mi escritorio y lo abrà y fue como si las escamas
se caÃan de mis ojos porque este hombre escribió, cincuenta años antes,
exactamente lo que yo esperaba decir, pero no me atrevÃa. Wicksell decÃa a los economistas: dejen de
actuar como si están aconsejando a un déspota benévolo. No los van a escuchar de todos modos, asà que
deténganse, desperdician su tiempo y gastan sus fuerzas. Y dijo: si quieren mejorar los resultados polÃticos, entonces tienen que cambiar las reglas. Nunca van a lograr que los polÃticos hagan
otra cosa que representar los intereses de los votantes a quienes
representan. Asà que si tienen
una cámara legislativa, deberán esperar que el congreso genere resultados
que gozarán del apoyo de la mayorÃa de los grupos representados por
esta legislatura.  Puede o
no surgir un resultado eficiente de esto, pueden o no surgir buenos
proyectos que valgan su costo. ¿Cómo
cambiar esto? Cambiando las reglas, avanzando de la regla
de la mayorÃa hacia la regla de unanimidad, hacia un consenso.
Varios otros
economistas de Europa continental, alemanes, austriacos, algunos italianos
y suecos, junto con Wicksell, intentaban extender el análisis de la
economÃa y aplicarlo al campo polÃtico, al sector gubernamental. Nadie en la tradición anglosajona hacÃa esto. Y Wicksell dijo: si existe un proyecto público
que buscamos realizar colectivamente, a través del gobierno, ¿cómo
estar seguros de que amerite el gasto?Â
¿En el sector público, cómo se puede asegurar la eficiencia
de un proyecto? Realmente
amerita el costo si los que se beneficiarán del mismo pagan lo suficiente
para cubrir los costos del proyecto.Â
Asà que debe haber algún tipo de arreglo o esquema tributario
por medio del cual uno puede lograr un acuerdo general unánime.Â
Se puede utilizar la regla de la unanimidad como una medida
contra la cual se calcula el nivel de eficiencia en el sector público.Â
щl reconoció también que uno no podÃa lograr mucho bajo la
regla de unanimidad porque todos, hablando literalmente, tenÃan que
estar de acuerdo con el esquema tributario, y todos tendrÃan algún
interés en evitar el acuerdo frente a los demás.Â
Después de todo, existÃan algunas experiencias históricas,
que indicaban que la regla de la unanimidad no funcionaba.Â
La cámara alta de Polonia en el S. XVII la habÃa adoptado por
un tiempo. Utilizaban lo que llamaban librum veto y el resultado fue que nada
se logró. Asà que Wicksell
reconoció esto, pero dijo que por lo menos si uno se desplaza hacia
el consenso, y requiere una súper mayorÃa, requerir más de una mayorÃa
simple, entonces sà es probable alcanzar mayor eficiencia en el sector
público.
Sin darse cuenta
de lo que hacÃa, Wicksell nos invitaba a fijarnos en las reglas, a
voltear la vista hacia la constitución como un medio para asegurar
que las reglas que tenemos generen ciertos patrones de resultados.  Â
En mi caso personal, este era un buen ejemplo del principio
de la casualidad. Es decir,
uno aprende mucho por accidente, y yo ciertamente lo hice al encontrar
el libro de Wicksell. Tuvo un impacto tremendo sobre mi forma de
pensar, más que cualquier otra cosa. Â
Habiendo salido
de esta discusión crÃtica sobre Arrow y Black, y después de haber
sido influenciado por Wicksell, estaba absolutamente decidido a traducir
el libro de Wicksell al inglés, por lo menos aquella parte principal
que era de relevancia para estos paÃses.Â
Inicié la traducción y eventualmente fue publicado como un
clásico de las finanzas públicas. Estaba escrito en un alemán muy difÃcil y me
costó mucho, pero estaba determinado a hacerlo.
Otro evento
ocurrió a mediados de los cincuenta que tuvo una gran influencia sobre
mi forma de enfocar estos temas.Â
Recibà una beca Fulbright para investigación docente, para
dedicar un año completo a estudiar los clásicos italianos de la teorÃa
de finanzas públicas, en Italia. La verdadera razón por la cual me llamó la
atención Italia fue porque sabÃa que dicho enfoque de las finanzas
públicas presentaba modelos en términos de una teorÃa del estado que
constituÃa su premisa. Desarrollaron
una teorÃa del estado monopolio, una teorÃa del estado cooperativo,
y una teorÃa del estado explotador.Â
Todas estas se usaban para analizar cómo operarÃan las estructuras
fiscales dentro de cada uno de estos modelos. ¿Cómo organizarÃan su
sistema tributario y su gasto, y más? Yo querÃa pasar un año analizando estos clásicos
en italiano:Â la llaman la
scienza della finanza.
Mi estadÃa en
Italia moldeó mi forma de pensar sobre la toma de decisiones públicas,
o lo que posteriormente se bautizó con el nombre de Public
Choice.  Estando allÃ,
yo todavÃa era un poco idealista en el sentido de concebir al estado,
o al gobierno, como un aparato que funciona relativamente bien.Â
En otras palabras, no habÃa atendido el consejo de Wicksell.  Tampoco me habÃa librado de la premisa de
que el gobierno es benevolente, que nos intenta ayudar a todos todo
el tiempo. Pero un año en
la cultura italiana fue importante, porque observé cómo los italianos
ven la polÃtica y a los polÃticos, y regresé más dispuesto a analizar
cómo funciona realmente nuestra polÃtica, sin romanticismo. Â
Esa fue la influencia que tuvo mi estadÃa en Italia en mi pensamiento.
A mediados de
los años cincuenta, también, Gordon Tullock llegó a nuestro centro
en Virginia como investigador asociado.Â
щl y yo empezamos a trabajar en esto juntos.Â
щl habÃa publicado algún material con anterioridad sobre cómo
funcionan las reglas de votación por mayorÃa, en la lÃnea del trabajo
de Duncan Black, al cual me referà anteriormente.  Â
HabÃa concluido que la votación por mayorÃa tenderÃa a producir
resultados muy, muy ineficientes.Â
Tullock se concentraba en la ineficiencia de los resultados
por mayorÃa. Decidimos escribir
un libro al respecto. De 1959 a 1961 escribimos un libro que se publicó en 1962, el cual se titula El Cálculo del Consenso, y al cual subtitulamos Los Fundamentos Lógicos de la Democracia Constitucional.
Â
Este libro resultó
ser uno de los más importantes en el área de Public Choice. Pero cuando lo escribimos y lo publicamos,
no pensamos que estuviéramos haciendo algo novedoso ni diferente. Pensábamos que habÃamos tomado la visión de
James Madison respecto a la estructura constitucional norteamericana,
como un ideal estilizado, y luego escrito eso en las palabras de la
economÃa de bienestar de los años sesenta.Â
Estábamos deletreando en terminologÃa económica moderna lo
que Madison pareció haber tenido en mente.Â
Pero resultó que en ese libro, aunque no nos dimos cuenta en
el momento, estábamos aplicando por primera vez un análisis positivo
a las estructuras constitucionales.Â
La discusión de Black y Arrow respecto a la regla de mayorÃa
se habÃa aplicado a otras reglas de votación ordinarias.Â
Pero nadie se habÃa molestado en enfocar el tema a partir de
las constituciones. Asà que el libro fue el primer paso en lo que
luego conocimos como la economÃa constitucional.
PermÃtanme elaborar
el tema y resaltar su relevancia.Â
Retomemos lo que dije sobre Wicksell.Â
Si un pueblo tiene como proyecto público construir una piscina,
y se desea hacerlo colectivamente,Â
Wicksell dijo que la única forma de asegurar que la piscina
va a valer más de lo que cuesta al pueblo, que los beneficios excederán
los costos, es por medio de un esquema tributario en el cual todos
están de acuerdo en construir la piscina.Â
Si no, no vale su costo.   Parece una forma tediosa de hacerlo, pero
realmente restringe lo que el gobierno podrá hacer respecto a muchos
temas, aún si uno no intentara hacerlo por unanimidad completa, sino
que establece que tiene que contar con un voto mayoritario de tres
cuartos para subir impuestos. Es
restrictivo porque las personas no se pondrán de acuerdo, e incluso
pedirán que no les impongan impuestos aunque ellos mismos se beneficiarÃan
del proyecto.  ¿Cómo superamos esto?    Lo hacemos diciendo que, dado el problema
que enfrenta este esquema, permitiremos que proyectos como el anterior
sean aprobados por mayorÃa, en consejos municipales o gobiernos locales,
siempre y cuando tengamos un acuerdo respecto a las reglas al nivel
constitucional, respecto a las reglas que establecen todos los tipos
de cosas que podemos decidir por mayorÃa.Â
Y serÃa más fácil obtener un acuerdo o consenso, movernos hacia
la unanimidad, al nivel de fijar las reglas bajo las cuales se desarrolla
nuestra actividad polÃtica. Entonces, la principal contribución del libro,
El Cálculo del Consenso, fue elevar el nivel de unanimidad, la norma wickseliana, alejándola del proyecto
ordinario y poniéndola a la altura de la constitución.  Mientras se tenga una constitución con la
cual las personas están en consenso básico, se puede procurar ciertos
resultados en términos de las reglas operativas que la constitución
permite desarrollar. Desplazamos la norma wickseliana hacia el nivel
constitucional y argumentamos que, de hecho, es más probable alcanzar
un acuerdo a ese nivel por la sencilla razón de que las personas no
conocen el impacto que una regla particular tendrá sobre su interés
personal identificable.  Es
más probable alcanzar un consenso entre más elevada sea la regla.
Resulta que
trabajábamos sobre este tema al tiempo que John Rawls trabajaba en
su teorÃa de la justicia. Ñ‰l
habÃa publicado algunos artÃculos y posteriormente salió a la venta
su libro, en 1971.  Nosotros estábamos operando detrás de lo que
hoy llamarÃamos un velo de incertidumbre;Â
Rawls estaba operando detrás de un velo de ignorancia. Rawls decÃa: podemos determinar lo que es un principio de justicia para la sociedad
si nos imaginamos a nosotros mismos detrás de un velo de ignorancia
tal que no sabemos qué persona seremos en la sociedad, por lo cual
escogeremos algo que será justo para quien sea que podamos ser.  Nuestro enfoque decÃa: estamos
analizando una regla particular que limitará los patrones de los resultados
polÃticos. Mientras no sepamos
cómo nos impacta esa regla, mientras exista esa incertidumbre, es
más probable que logremos un acuerdo al nivel constitucional. AsÃ, se conjugó nuestro trabajo y el de Rawls.Â
Resultó que Harsanyi estaba haciendo algo al respecto durante
ese tiempo también. DesconocÃamos el trabajo de Harsanyi pero estábamos al tanto de
los esfuerzos de Rawls, los cuáles más tarde causaron mucha discusión
en el campo de la filosofÃa polÃtica. Â
Cuando publicamos
nuestro libro El Cálculo del
Consenso en 1962, también
provocó mucha discusión. Las
crÃticas fueron favorables. Atrajo el interés de muchos. Nos percatamos de que otros investigadores
estaban interesados en los temas que nos inquietaban a nosotros. Asà que Tullock y yo organizamos, en la primavera
de 1963, una pequeña conferencia de alrededor de 22 personas, economistas,
cientÃficos polÃticos, sociólogos, psicólogos, filósofos, todos ellos
trabajando en estos temas. Esta
conferencia de trabajo fue en Charlottesville, Virginia, y fue muy
emocionante porque todo lo que hicimos fue sentarnos a discutir e
intercambiar ideas, por tres dÃas, sobre lo que se deberÃa hacer para
desarrollar este programa de investigación. Â
Intuimos que existÃa un vacÃo en las ciencias sociales, que
nadie estaba estudiando estas estructuras, y sentimos que tenÃamos
que organizarnos.  Formamos
lo que llamamos el Comité para
el Estudio de las Decisiones Ajenas al Mercado. Gordon Tullock aceptó recibir los trabajos
y editarlos, y la Fundación Nacional de Ciencia nos prestó un poco de apoyo. Llevamos a cabo otras conferencias. Una fue en Nueva York, organizada por William
Riker, un cientÃfico polÃtico con la Universidad de Rochester, quien
ha sido tremendamente importante en el desarrollo de este campo. Algunos de sus alumnos destacados ahora ocupan
puestos en los departamentos de ciencia polÃtica por todos los Estados
Unidos.
Riker montó
la segunda reunión en Nueva York y tuvimos una tercera y cuarta reunión,
creo, en Chicago en 1967, en la Universidad de Roosevelt.Â
Decidimos dedicar una tarde completa únicamente a pensar en
mejores nombres que decisiones
ajenas al mercado. Y de esta sesión surgió el nombre Public Choice. La verdad es que nadie está
feliz con él, y no es de extrañar que confunda a quienes desconocen
nuestros estudios, porque realmente no explica lo que hacemos. Aún nos preguntan si es un tipo de empresa
de encuestas. Por supuesto
que no lo es, pero el nombre pegó. Asà que montamos la Sociedad de
Public Choice como resultado de esa reunión y luego fundamos
la revista Journal of Public Choice. Y
saben, ha sido una operación muy exitosa.Â
La revista sigue siendo una revista profesional viable y la
Sociedad es una organización de académicos viable, no sólo en Estados
Unidos, sino que hay una en Europa y una en Japón. Â
También existen otros grupos regionales y nacionales, que han
tenido un fuerte impacto alrededor del mundo.Â
Â
Ello resume
lo que ocurrió a mediados de los sesenta, pero luego ocurrieron los
años sesenta. Esto es importante porque si nos volvemos hacia
el pasado, haciendo una retrospectiva del programa de investigación,
nuestro primer libro, El Cálculo del Consenso, fue un libro
en cierto sentido optimista, esperanzado.Â
Presentaba la visión que yo pensé que James Madison habrÃa
tomado de la polÃtica de Estados Unidos según operaba en la práctica. Pero para mà los años sesenta fueron caracterizados
por un derrumbe del orden y de las reglas. Especialmente en las universidades en Estados
Unidos, pero también más en general, un derrumbe de los modales, la
moral, y en todo sentido. Me
pareció que la perspectiva optimista que estaba reflejada en el primer
libro ya no serÃa convincente, asà que empecé a explorar qué ocurrirÃa
si nuestra sociedad de hecho quedara destrozada.Â
¿Qué pasarÃa si nos sumiéramos en una genuina anarquÃa?Â
La influencia o el estÃmulo de un joven colega, Winston Bush,
me motivó a estudiar cómo funcionarÃa la anarquÃa en la práctica,
qué pasarÃa si de verdad las personas no prestaran atención a las
reglas. Resultó ser un proyecto interesante. Para este tiempo me habÃa trasladado a Blacksburg,Â
Virginia, al Instituto Politécnico de Virginia, donde habÃamos
montado un Centro de Opción Pública y recibÃamos visitantes de todas
partes.   A raÃz de la investigación publiqué mi
libro en 1975, el cual titulé Los
LÃmites de la Libertad.  Realmente,
es un libro que intenta examinar más profundamente de lo que lo hizo
El Cálculo del Consenso, cómo las personas pueden aceptar la
coacción polÃtica como algo legÃtimo.Â
Subtitulé la obra Entre la AnarquÃa y el Leviatán, porque
me parecÃa que nos enfrentábamos a eso.Â
Nuestros modales, nuestra moral, nuestras reglas, toda interacción
ordinaria entre personas estaba perdiéndose, mientras que el gobierno
se agrandaba y se agrandaba. Los
programas gubernamentales se expandÃan, se cobraban más impuestos.
El problema era cómo lograr un orden en medio de todo esto:Â
anarquÃa por un lado, y Leviatán por el otro. ParecÃa estar ocurriendo todo simultáneamente. Por ello penetré más en el terreno de la filosofÃa
polÃtica de lo que habÃa hecho antes.
PermÃtanme,
habiendo dicho lo anterior, retroceder en el tiempo un poco y también
dejar por un lado mi vivencia personal.Â
¿De qué se trata Public Choice?  Ya les conté cómo evolucionó la escuela de la toma de decisiones
públicas en términos de su historia administrativa y organizacional.  Pero, ¿de qué se trata? Pues, en 1978, fui invitado a ir a Viena a
dictar una conferencia, la cual deseaban publicar. Titulé mi monografÃa PolÃtica
sin romance. Si me preguntaran
por una definición adecuada y corta de este programa de investigación
que se ha venido desarrollando durante la última mitad del siglo,
yo dirÃa que ésta no está mal.  La
polÃtica sin romance es una frase que describe lo que es.Â
Pide que nos quitemos los anteojos rosados con los cuales tendemos
a percibir al gobierno, a la polÃtica y a las acciones de los polÃticos. Si nos quitamos las vendas de los ojos, las
gafas rosadas, y vemos la polÃtica como realmente es, se percibirá
en forma distinta.  Quiere
decir que debemos analizar la actividad polÃtica como analizamos la
actividad de mercado. Tomamos unos modelos de operación tradicionales,
mediante los cuales analizamos la acción de los consumidores, los
vendedores, las empresas, los empresarios y cualquier otro actor en
el mercado. En nuestros libros de texto de economÃa y en nuestras
clases de economÃa usamos el modelo de la persona que maximiza sus
utilidades, sean éstas cuales fueren, dados los lÃmites que enfrenta.Â
Al aplicar lo anterior a la polÃtica, nos topamos con decisiones
públicas, como alguien dijo. Es
tomar los métodos, el enfoque del economista y aplicarlo a la polÃtica,
al comportamiento de las personas en papeles gubernamentales, en cargos
públicos, como votantes, burócratas, lÃderes partidistas y representantes
ante el congreso y la legislatura o lo que sea.Â
Se puede resumir diciendo que tomamos el modelo del homo
economicus, el cual ha sido descrito cuando analizamos los mercados,
pero que también sirve para analizar la polÃtica.
Sin embargo,
eso no es suficiente. No es
plenamente descriptivo. Retomando
lo que dije antes sobre Schumpeter, si uno asume que eso es todo,
obtiene algo muy negativo respecto a la polÃtica.Â
Hay que agregar el otro nivel, el que logramos en El Cálculo
del Consenso. Debemos agregar ese otro nivel en el cual,
en última instancia, la única forma de legitimar la coacción de un
hombre por otro hombre es a través de un orden polÃtico en el cual
se ha dado un proceso de intercambio. Â
En última instancia, les entregamos nuestros impuestos y nuestra
libertad y les permitimos que nos coaccionen porque tenemos que estar
recibiendo algunos beneficios a cambio.Â
Desde el enfoque del homo economicus del programa de
investigación, sumamos las decisiones últimas, y en ese nivel la polÃtica
tiene que ser un intercambio, o estar compuesta del intercambio, y
no ser un conflicto a secas. Si
el modelo de la polÃtica es tal que cada persona persigue su interés
propio, y cada grupo de interés persigue su interés, diseñamos un
escenario de conflicto puro, entonces uno se vuelve un revolucionario. Si uno no puede justificar, de alguna forma,
la imposición del Estado sobre las personas, uno tiene que ser filosóficamente
un revolucionario. Y por eso
regreso al mensaje de El Cálculo del Consenso, ya que parece
optimista que podamos, de hecho, decir que podemos ponernos de acuerdo
respecto a ciertas reglas, siempre y cuando tengamos una estructura
constitucional, de tal forma que los actos polÃticos tengan un balance,
que no excedan lo establecido en la ley.Â
Luego, podemos afirmar que nos beneficiamos del orden polÃtico
viable.
Por ende, se
puede dividir el análisis de las decisiones públicas de este programa
de investigación en dos partes. Lo
que se llamarÃa el Public Choice
positivo, que incluirÃa sólo el análisis de las reglas de votación,
cómo funciona una burocracia, o cómo una casa legislativa unicameral
se diferencia de una bicameral, o cómo la democracia directa serÃa
distinta de la democracia representativa.Â
Y la segunda parte ha sido desarrollada más a fondo, por lo
menos por mi propio interés y también más recientemente por lo que
se podrÃa llamar la economÃa polÃtica constitucional o la economÃa
constitucional, donde empezamos a examinar las reglas, cómo las escogemos,
cómo optamos por el cambio constitucional, cómo reformamos la constitución,
y qué restricciones queremos establecer para moderar el comportamiento
de nuestros representantes polÃticos. Â
Esto es distinto
a lo que usualmente ocupa a los economistas.Â
No les gusta pensar acerca de las restricciones que se imponen
a sà mismos, pero hay un poco de literatura sobre este tema. Aún a nivel individual, hay literatura que
habla respecto de los lÃmites que nos imponemos nosotros mismos, siendo
el caso de Ulises y las sirenas el ejemplo clásico de la mitologÃa.  Como recordarán, Ulises dijo a sus remadores,
"átenme al mástil y no me desaten cuando intente persuadirlos
para que me desaten, conforme nos acerquemos a las playas de las sirenas."Â Â
щl lo hizo porque sabÃa, de antemano, que estarÃa tentado,
asà que se auto-impuso un control o una regla que evitara que él actuara
según anticipaba que desearÃa actuar dada la situación circunstancial
que surgirÃa.  A mà me fascina
la historia de Ulises porque encaja con nuestra insistencia en las
reglas y las constituciones. Hace
como cinco años, visitaba a un amigo en Basilea, Suiza, donde se ubica
un interesante museo de antigѼedades, y tenÃan una exhibición de vasijas
griegas. Las habÃan traÃdo
y prestado de museos de alrededor del mundo, entre ellas una vasija
grande que contaba la historia completa de Homero, sobre Ulises y
las sirenas, con una ilustración de Ulises atado al mástil y sus remadores
ignorando sus peticiones. También ilustraba a las sirenas, y por primera
vez, demostré mi ingenuidad y falta de educación sobre la mitologÃa
clásica, ya que yo sólo habÃa escuchado la historia de segunda mano. Siempre supuse que las sirenas eran preciosas
señoritas, y que Ulises no resistirÃa ir hacia estas hermosas mujeres
que cantaban sus canciones.  Resultó
que no eran mujeres, sino pájaros cuyo canto era tan atractivo que
uno no podÃa resistir ir hacia ellos.Â
Y las sirenas estaban organizadas de tal forma que si no atraÃan
a los marineros, ellas mismas morirÃan, y por lo tanto existÃan consecuencias
que yo no habÃa contemplado.
Sin embargo,
en los últimos treinta años se ha generado poca literatura sobre la
auto-imposición de reglas, aunque vemos que las personas emprenden
dietas o dejan de fumar, y hacen otro tipo de cosas, restringiendo
su propio comportamiento, sabiendo que de alguna forma estaremos tentados
a romper estas reglas, a pesar de que nosotros mismos nos las impusimos.Â
Si uno aplica esta lógica al grupo, a la comunidad colectiva,
surgen distintas razones por las cuales fijar reglas.Â
Quizás uno no quiera restringirse uno mismo, pero puede ser
que uno esté de acuerdo con atarse uno mismo siempre y cuando los
demás seres hagan lo mismo, de tal forma que no se preocupa uno tanto
por la tentación que pueda sufrir en lo personal, sino por lo que
otras personas puedan hacer a menos que existan estructuras de lÃmites
constitucionales.   Es asà como los economistas han llegado gradualmente a interesarse
más por la noción de cómo escogemos las restricciones, en lugar de
cómo maximizamos utilidades dentro del ambiente restringido. Algunas personas han argumentado que no podemos
escoger estas restricciones, en particular, porque las mismas evolucionan
a través del tiempo. Estoy
seguro que sà hay algo de cierto en ello, pero también es cierto que
podemos asentar explÃcitamente algunas estructuras constitucionales
y esperar que éstas efectivamente limiten el comportamiento de los
actores polÃticos. Asà que el análisis de la toma de decisiones
públicas toma en cuenta ambas cosas:Â
el análisis positivo y, al mismo tiempo, el énfasis en las
reglas, y cómo podemos mejorar las cosas, reformar y construir constituciones. Â
A la luz de
lo anterior, y regresando a mis comentarios previos sobre mi continua
preocupación por la amenaza del Leviatán, en los años ochenta yo percibÃa
cada vez más que, por lo menos en Estados Unidos, ya no habÃa un control
sobre el gobierno, que estaba fuera de los lÃmites.Â
Geoffrey Brennan y yo escribimos un libro que publicamos en
1980, el cual llamamos El Poder para Tasar (The Power to Tax).  En el libro planteamos el problema de la siguiente
manera. Si uno supiera que
se puede controlar al gobierno al nivel constitucional, pero que una
vez se le suelten las riendas el gobierno maximizará sus ingresos
a través de cualquier fuente tributaria dada, ¿qué fuentes tributarias
le darÃa? Y por supuesto, sugerimos que, en un sentido constitucional,
uno restringirÃa severamente la habilidad de los gobiernos de diseñar
los impuestos. Uno impondrÃa restricciones constitucionales al cobro de los impuestos.
Â
El
libro atrajo mucha oposición dentro de la tradición de las finanzas
públicas, de Richard Musgrave en particular, quien seguÃa afianzado
a la visión del déspota o del gobierno benévolo y pensaba que no se
le debÃa restringir para nada. Brennan y yo escribimos nuestro segundo
libro, La razón de las normas, en 1985, en parte como una respuesta a las
crÃticas al libro anterior. AllÃ
intentamos desarrollar un entendimiento de la constitución, el cuál
me parece prevaleció más y fue más difundido en nuestro paÃs que en
las ciudades europeas. Allá
parecen no comprender cómo uno puede restringir la polÃtica mediante
estructuras constitucionales. No
puedo hablar sobre Centro América y América Latina en este contexto,
porque simplemente no sé si están más cerca del patrón europeo o de
la mentalidad de Estados Unidos. Eso me preocupó por un tiempo. Pensaba cómo
podemos restringir a los gobiernos mediante lÃmites fiscales y otros
medios, y por supuesto, en los años ochenta este movimiento de devolución
despuntó. Â
El federalismo
se hizo más importante, se habló de privatización, colapsó la Unión
Soviética. Mientras todo esto ocurrÃa, el análisis de
las decisiones públicas experimentó otro avance, en el cual yo tuve
poco que ver, pero sà Gordon Tullock, mi antiguo colega y mi colega
nuevamente.   En 1967, el prácticamente inventó el concepto
de búsqueda de rentas (rent
seeking), un discernimiento sencillo, como los demás, que dice
que si hay dinero qué ganar en la polÃtica, uno puede esperar que
las personas inviertan para tratar de acceder a él. Â
Es lo mismo que tratar de sacar una ganancia con otras personas
que están obteniendo utilidades, uno trata de meterse en el mercado
y captar la utilidad. Y por supuesto, conforme los gobiernos se expandieron
y se hicieron más y más grandes, se pudieron derivar más y más ganancias
buscando y obteniendo favores particulares, por medio del esquema
impositivo, o del lado de los gastos, hasta para el financiamiento
de proyectos para un grupo de interés especÃfico.Â
En mi paÃs, la actividad de búsqueda de rentas nos come vivos
hoy en dÃa, porque la polÃtica del interés especial se propaga con
desenfreno.  Cómo lo vamos a controlar es una pregunta
difÃcil. Â
En resumen,
esas son mis impresiones sobre este programa de investigación y cómo
se desarrolló. Es un programa muy activo. Ha tenido una gran influencia en los departamentos
de ciencia polÃtica en las universidades de Estados Unidos. Ha tenido un impacto menor en la ciencia económica,
aunque se ha incorporado como enfoque en los textos de economÃa.Â
Uno ya no se topa con la ingenua visión del gobierno que se
adoptaba hace cincuenta años, ni nada que se le parezca, asà que ha
tenido su impacto.  La pregunta
que surge siempre es: ¿cambió el mundo el análisis de las decisiones
públicas? Yo jamás he dicho que Public
Choice es el lÃder del pelotón, por asà decirlo.  Lo que es innegable es que las actitudes públicas hacia el gobierno,
hacia la polÃtica, hacia los grupos y las situaciones colectivas han
cambiado. Es dramáticamente
distinta hoy, en el año 2001, que hace cincuenta años, en el año 1951. Las personas son más cÃnicas, más escépticas
sobre cómo actuarán los gobiernos en la práctica, sobre qué motiva
a los polÃticos; entendemos más a los grupos de presión, en comparación
con nuestra visión hace cincuenta años.Â
Pero jamás he dicho que nosotros produjimos ese cambio a través
de nuestro programa de investigación de Public
Choice, porque no lo creo. Mi
propio sentir es que los gobiernos en todas partes del mundo se sobre-extendieron
en los sesentas, tanto los gobiernos de bienestar del mundo occidental
como los gobiernos en los paÃses socialistas o nominalmente socialistas. Y esos programas fracasaron. Los gobiernos se expandieron demasiado rápidamente,
y la gran mayorÃa fracasó.  Creo
que el análisis de las decisiones públicas contribuyó al presentar
un programa de investigación, y proporcionar al público un fundamento
intelectual que explicaba lo que ocurrÃa a su alrededor. Los gobiernos fracasaban por todo el mundo,
y Public Choice explicó
que era de esperar dado el modelo.Â
Fue una sub-estructura intelectual que aclaró las actitudes
públicas hacia la polÃtica. Â
No obstante,
Public Choice es una subdisciplina criticada.Â
En especial, algunas personas han dicho que es fundamentalmente
inmoral porque si modelamos el comportamiento de los polÃticos y los
burócratas como maximizadores de utilidad, al igual que en otros campos,
entonces, ¿será posible que los polÃticos y los burócratas miren esos
modelos y se comporten como creen que ellos les dicen que se deben
comportar? La crÃtica tiene
algo de sustancia, como en la ciencia económica. Los estudiantes de economÃa se comportan más
en términos de la hipótesis del hombre económico que los estudiantes
que no estudian economÃa, asà que hay algo de cierto en la hipótesis. Pero no creo que estemos dispuestos a respaldar
un régimen en el cual todos deben ser hipócritas para poder subsistir.Â
Yo no quiero tirar a la basura el rigor académico por eso.Â
La polÃtica puede, de hecho, atraer a personas que quieren
hacer el bien, pero mi problema con eso es que demasiadas personas
definen hacer el bien como "esto es lo que yo creo que debes
hacer, porque yo quiero que lo hagas, porque yo tengo todas las respuestas
correctas." En otras palabras, desean controlar a los demás,
y eso es peligroso. Â
PermÃtanme terminar
contándoles mis inquietudes académicas hoy dÃa, cuyo énfasis es un
poco diferente al del pasado. Estoy
intentando terminar un libro sobre lo que quiero llamar la tragedia de lo polÃtico.   Utilizo
la palabra tragedia deliberadamente, como se usa en la frase tragedia
de lo comunal. La tragedia de lo comunal es ahora un denominador
común de la literatura económica.Â
Si existe una propiedad, ambiente o local común en el cual
cada persona actúa por separado, el resultado será la explotación
de todo el valor de la propiedad.Â
En un sentido, la polÃtica es necesariamente asÃ.Â
Es una tragedia porque como individuos podemos crear mucho
valor, pero esa capacidad sólo se ejercitará si contamos con un orden
polÃtico, un orden legal, derechos de propiedad y si se protegen los
contratos.  Asà que debemos
tener un gobierno, un ente que hace cumplir las reglas. Pero una vez permitimos que alguien haga cumplir
las reglas, estas personas mismas pueden salirse del marco establecido. Â
¿Cómo controlamos a los que controlan?Â
James Madison afirmó: "Si todos los hombres fueran santos, no
necesitarÃamos un gobierno. Y
si los santos fueran los gobernantes, no necesitarÃamos controles
ni constituciones."Â Â Â Sabemos
que ni los hombres son santos, ni las mujeres tampoco. Y a pesar de ello debemos establecer un orden polÃtico, y no hemos
resuelto el problema. En un
sentido nuestra misma naturaleza nos previene de aprovechar el valor
potencial que podrÃamos realizar. Â
Si todos nos comportáramos los unos con los otros, según la
visión de Madison, como santos, entonces producirÃamos tremendo valor
y vivirÃamos mucho mejor. Pero dado nuestro defecto de naturaleza,
no podemos comportarnos asÃ, y es trágico. Es una caÃda trágica a partir de lo que podrÃamos
lograr. Este tema me lleva
hacia la ética, el derecho y la polÃtica.Â
Lo estoy analizando ahora. Â
Lo que intenté
hacer en esta conferencia, sin tener un tema que gobernara la plática,
fue narrarles con detalle mi interpretación del programa de investigación
con el cual he estado involucrado por más de medio siglo.Â
Muchas gracias por su atención.
James M. Buchanan es Premio Nobel de Economía, Director del Centro de Economía Política de la Universidad George Mason y Académico Asociado Distinguido del Cato Institute.
Artículo adaptado originalmente al castellano por el Centro de Estudios Económico Sociales (CEES). Traducido por Carroll Ríos de Rodríguez.