7 de septiembre de 2005

Continuen especulando

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por Jerry Taylor

Jerry Taylor es Académico Titular del Cato Institute.

Tanto la devastación producida por el huracán Katrina como su respuesta han horrorizado al país. El comportamiento de las agencias de auxilio del gobierno, autoridades locales, clases bajas de Nueva Orleans, la Guardia Nacional, y los explotadores que lucran con la miseria humana produjo una ola de enojo. Pese a lo que podamos sentir con respecto a dichos grupos, las agresiones contra las ganancias excesivas son engañosas y contraproducentes. La crisis sería más corta y menos dolorosa si aceptaramos sin quejas lo que se conoce como “especulación de precios”.

No cabe duda que las ofertas de gasolina se han visto drásticamente reducidas por el huracán. Se ha dañado alrededor de un 12 por ciento de la capacidad de refineria del país y las cañerías que distribuyen combustible desde el Golfo continúan desconectadas. Las compañías de petróleo cuidadosamente racionan lo que poseen y no saben con seguridad cuándo podría volver a la normalidad la circulación de gasolina de las refinerías. Mientras tanto, el pánico hace que la demanda aumente a medida que los automovilistas hacen cola para cargar gasolina por temor a que mañana suba de precio –o acaso se acabe. Incluso algunas comunidades están quedándose sin gasolina.

Por lo tanto, ¿Cómo deberíamos racionar nuestro limitado suministro de gasolina? En un mercado libre, los bienes escasos se racionan generalmente por su precio. Aquellas personas que más valoran la gasolina están dispuestas a pagar precios más altos que aquellos que la valoran menos. Los primeros obtienen la gasolina – los últimos, hasta cierto punto no. La asignación de recursos a aquellas personas que más los valúan es una razón importante por la cual nuestra economía sobresale entre otras economías en las cuales los recursos se asignan a través de la acción política.

Algunos consideran esta situación terriblemente injusta. El automovilista pobre puede valuar la gasolina tanto como el automovilista rico, pero su vountad de pagar se ve limitada por su incapacidad para pagar. Incluso cuando paga, el sufrimiento económico ocasionado por los altos precios va más allá de cualquier sufrimiento infligido al rico. En consecuencia, los controles de precios se ofrecen como medios para aliviar el golpe en los pobres y asegurar una distrubución más equitativa del combustible.

Sin embargo, los controles de precios tienen un costo. Cuando el precio del combustible está bajo, su demanda es mayor a cuando está alto. Es por eso que lo primero que se observa ante un control de precios es que conduce a situaciones de escasez. Establece el precio hacia la izquierda de la intersección de las curvas de oferta y demanda y con seguridad evaporará cualquier cosa que se intente mantener barata. Ocurrió en 1973 cuando el Presidente Nixon controló el precio del petróleo – el resultado fue colas para cargar gasolina. Ocurrió en 2000/2001 cuando el Gobernador de California Gray Davis se negó a levantar los controles de precio sobre la electricidad minorista – pronto comenzaron los cortes de luz. Estanterías vacías es la característica distintiva de los mercados en los que se controlan los precios. Es una ley de la gravedad económica.

Pareciera que muchos políticos americanos vagamente entienden este resultado, por lo que en lugar de controlar los precios, criminalizan precios excesivamente altos (dejando ambiguo el significado de “precios excesivamente altos”) o, alternativamente, presionan a las compañías para que voluntariamente fijen el precio de la gasolina por debajo de lo que el mercado puede resistir. Pero el efecto sigue siendo el mismo. La razón por la cual la gasolina está desapareciendo de las estaciones de servicio a lo largo del país es que a los dueños de las estaciones no se les está permitiendo especular lo suficiente. Ya sea por una errónea sensación de bondad, o por una preocupación por lo que puedan pensar los políticos, o por temor o mala prensa, o por el deseo de mantener contentos a los clientes, los dueños de las estaciones están cobrando menos de lo que el mercado puede resistir y como resultado, su inventario ha desaparecido.

Ahora, ¿De qué manera se han beneficiado los pobres al cerrar las estaciones de servicio por falta de combustible? Después de todo, la gasolina a $6 el galón es mejor que no poder conseguirla a cualquier precio. Además, la escasez tiende a afectar desproporcionadamente más al pobre, ya que el rico puede gastar más dinero en encontrar gasolina y en obtener medios alternativos de transporte.

Los controles de precios son ineficientes cuando hay que distribuir combustible entre usuarios en competencia. Quienes valoran la gasolina un poco tienen tantas posibilidades de obternerla como aquellos que la necesitan desesperadamente. Quien llega primero a la cola consigue el combustible. Como resultado, es el bienestar humano en general el que padece.

Asimismo, los controles de precios alargan la escasez. Cuando se deja que los precios suban a su nivel natural, puede ponerse en funcionamiento una reacción en cadena económica que solucione la escasez en menor tiempo que cualquier plan del gobierno que intente lograr lo mismo. Eso es porque gasolina a $3 y exhortaciones morales del Presidente Bush o de Bill O´Reilly para conservar el combustible no producirán el mismo grado de frugalidad que puede producir la gasolina a $6. De la misma manera, súplicas a la industria del petróleo para “ayudar a su conciudadano” no producirán tanta gasolina como la promesa de grandes ganacias si los proveedores obtuviesen más combustible para el mercado.

Sea como fuere, la “especulación” tiene para la mayoría de nosotros una connotación desagradable. Pero eso depende del contexto. Después de todo, si criminalizáramos la especulación de precios en serio, tendríamos que poner a todos los miembros de la Asociación Nacional de Agentes Inmobiliarios detrás de las rejas. Aunque el margen del mercado inmobiliario es mucho mayor al de la gasolina, esto parece no preocuparnos. ¿Por qué? Porque cuando los domingos por la tarde nos sometemos a los especuladores en los open houses, esperamos algún día poder hacer lo mismo. Aparentemente, los americanos aprueban la especulación siempre y cuando sean ellos los que hacen el negocio.

Sea como fuere, parece que los Estados Unidos debería retomar el curso Control de Precios 101.

Este artículo fue publicado en el Nationalreview.com , el 2 de septiembre del 2005.

Traducido por Marina Kienast para Cato Institute.