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29 de julio de 2005

Las guerras permanentes

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por Carlos Ball

Carlos Ball es Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE (www.aipenet.com) y académico asociado del Cato Institute.

Tarde o temprano terminará la guerra en Irak. Pienso que EEUU saldrá victorioso del Medio Oriente, lo que no estoy tan seguro es si esa victoria amerita el inmenso crecimiento del gobierno federal y de restricciones impuestas a las libertades civiles, como consecuencias no previstas de la guerra contra el terrorismo. Las guerras aumentan aceleradamente el peso del estado, carga que luego cuesta años o décadas quitárselo de encima, si es que se logra.

Peor aún resultan las guerras permanentes, aquellas que por sufrir graves defectos conceptuales son imposibles de ganar. Me refiero a la guerra contra las drogas y a la guerra contra la inmigración ilegal. Treinta años y decenas de miles de millones de dólares malgastados en la guerra contra las drogas no han reducido el consumo, pero sí lograron convertir a unos pocos delincuentes y a una guerrilla disminuida en bandas multimillonarias que con crecientes ingresos generados por la ilegalidad de las drogas se han diversificado en Latinoamérica hacia el secuestro y la política.

En 1986, el gobierno de EEUU declaró su fracaso en contener la inmigración ilegal con la promulgación de la ley de Reforma y Control Inmigratorio que convirtió en delito dar trabajo a extranjeros indocumentados. Es decir, el gobierno no podía controlar las fronteras y traspasó a los empresarios la responsabilidad de que esa gente no consiguiera empleo.

Una de las consecuencias no previstas es que famosos personajes a quienes les habían ofrecido importantes cargos en Washington tuvieron que ser descartados al saberse que habían empleado a cocineras o nodrizas indocumentadas. Es decir, ni siquiera los muy cercanos al poder están dispuestos a cumplir las malas leyes.

Después de 19 años, de triplicar el número de patrulleros en la frontera y de multiplicar por diez su presupuesto, la población indocumentada sigue creciendo. La explicación dada por los expertos es que antes muchos trabajadores ilegales cruzaban la frontera, trabajaban en la temporada de cosechas y regresaban a su país. Como ahora es tanto más difícil hacerlo y los “coyotes” cobran tanto más, en lugar de ir y venir se quedan permanentemente aquí.

Como en todas partes del mundo, los políticos creen poder anular con leyes y regulaciones la oferta y demanda. Mientras en EEUU se requiera mano de obra barata en el campo y para trabajos domésticos seguirá habiendo inmigración ilegal.

Muchos criticamos los lineamientos políticos de la Unión Europea, pero en el viejo continente han aceptado el hecho que la integración de los mercados y el libre flujo de capitales, productos y servicios en la región tiene lógicamente que incluir el libre flujo de mano de obra. Mientras eso no suceda en Norteamérica, la mejor manera de hacer menos atractiva la inmigración ilegal es eliminando completamente todas las barreras a las importaciones provenientes de América Latina. Los beneficios son obvios:

  • Precios más bajos para los consumidores en EEUU.
  • Auge agrícola y manufacturero en América Latina.
  • Nuevas oportunidades de inversión.
  • Inmenso ahorro en presupuestos de ayuda y en burocracia inútil ocupada en diseñar complicados esquemas de supuestos tratados de libre comercio que tardan décadas en aplicarse totalmente.
  • Mayor especialización en EEUU en los sectores donde realmente goza de ventajas comparativas, lo cual aumenta la eficiencia del capital invertido.
  • Mejores relaciones con América Latina que parecen estar en su punto histórico más bajo.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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