19 de julio de 2005

Terrorismo y pobreza: Una falsa conexión

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por Lorezno Bernaldo de Quirós

Lorenzo Bernaldo de Quirós es presidente de Freemarket International Consulting en Madrid, España y académico asociado del Cato Institute.

“Es irreal aspirar a la paz y a la estabilidad en un mar de injusticia universal”. Con estas palabras se expresaba el presidente del gobierno en su artículo A Global consensus is needed to defeat terrorism publicado por Financial Times el pasado nueve de julio. De acuerdo con ese punto de vista, las medidas jurídicas, policiales y militares son insuficientes para acabar con el terror. Para conseguir ese objetivo sería necesario incrementar los niveles de renta de los países pobres y reducir la desigualdad global. Además de ser falsa e ingenua, la aceptación de una relación de causalidad entre el terrorismo y la pobreza tiene consecuencias perversas. En concreto otorga una clara legitimación o, al menos, una atenuante a las acciones terroristas y crea incentivos para su realización y extensión . En la práctica, la posición de ZP es una resaca de la vieja teoría marxista-leninista conforme a la cual la riqueza de los países desarrollados tiene su origen en la explotación de los subdesarrollados, lo que justificaría la violencia para acabar con esa situación.

De entrada, los terroristas no obtienen su soporte y su munición humana de los sectores más empobrecidos y con menor capital humano sino de las capas educadas y con un PIB per cápita por encima de la media. En el caso de los países árabes, los estándares de vida han avanzado de manera sustancial. La expectativa de vida es superior al promedio mundial, el nivel de pobreza es de los más bajos del planeta y la mortalidad infantil ha declinado de manera drástica en las recientes décadas. Los golpes del terrorismo islámico no están motivados por razones tales como la erradicación de la pobreza o la elevación de los niveles educativos de la población sino por el fanatismo político y religioso alimentado en países sin infraestructuras democráticas. Se trata de una cruzada dirigida a destruir los valores de la civilización occidental, su marco institucional y su modo de vida. Es pues de una guerra informal total en la cual los factores materiales desempeñan un papel irrelevante. En otras palabras, la infraestructura económica no determina la superestructura del terror.

La anterior conclusión tiene vigencia tanto para los estados industrializados como para los en vías de desarrollo. En un estudio clásico, “ Perspectives on Terrorism”, Charles Russell y Bowman Miller analizaron 18 grupos “revolucionarios” incluidos el Ejercito Rojo japonés, la Baader-Meinhof alemana, la ETA española, el IRA norirlandés, el Ejército de Liberación Popular en Turquía y las Brigadas Rojas italianas. Los autores encuentran que la mayoría de los individuos envueltos en actividades terroristas como cuadros o líderes tenían una formación bastante elevada. De hecho, alrededor de dos tercios de ellos eran personas con estudios universitarios y procedían de las clases medias o altas de sus respectivas naciones. Un resultado muy parecido ha sido obtenido por Alan B.Krueger y Jitka Maleckova al investigar la extracción social de los principales grupos terroristas que operan en Oriente Medio ( ver “ Education, Poverty and Terrorism: Is There a Causual Connection”, World Bank, Abril 2002). Los ataques contra las Torres Gemelas confirman esa regla. Desde que los intelectuales rusos inventaron el terrorismo “moderno” en el siglo XIX, la violencia revolucionaria ha sido monopolio de las clases más favorecidas de la sociedad, pero nunca de las pobres.

Podría argüirse que, aunque los actores del terrorismo son personas acomodadas y educadas, la pobreza les proporciona el caldo de cultivo para sus atrocidades. Este planteamiento se ve refutado por la evidencia empírica. La encuesta realizada por Krueger y Maletckova en Gaza y Cisjordania con palestinos (diciembre de 2002) muestra que el apoyo más fuerte a las acciones terroristas contra Israel y la adhesión a la idea de que el asesinato en masa de civiles no era terrorismo procedía de las personas con ingresos y estudios medios y altos. La cohorte más contraria al recurso al terror era la de los parados que, de acuerdo con la tesis a favor de la identidad pobreza-terrorismo, debería ser la más favorable a éste. Sondeos similares han producido los mismos resultados en otros estados árabes.

¿Por qué esto es así? La teoría económica ofrece una interesante respuesta. Desde la óptica de la demanda, la actividad terrorista requiere un nivel mínimo de interés, de conocimientos, de compromiso y de esfuerzo. Estos elementos son más fáciles de encontrar en individuos formados y con rentas superiores a la de subsistencia que en las capas más depauperadas de la población cuyo coste de oportunidad para embarcarse en esa actividad son más altos. Desde el lado de la oferta y por las mismas razones, las organizaciones terroristas preferirán reclutar personas más educadas a menos incluso para los ataques suicidas con bombas. Por añadidura, esos sujetos están mejor preparados que los iletrados porque deben operar en un entorno internacional para tener éxito. Estas consideraciones sugieren que los terroristas que amenazan Occidente proceden desproporcionadamente de las ramas superiores de la sociedad.

En suma, la tesis sugerida por el Presidente del Gobierno en Financial Times es errónea tanto en el plano teórico como en el empírico. Ni la pobreza ni la desigualdad tienen nada que ver con el terrorismo. La ayuda al desarrollo quizá sea buena para mejorar las condiciones de vida de los menos favorecidos pero no lo es para acabar con el terror.