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24 de enero de 2005

Aprovechándose del Desastre en Asia para Incrementar la Ayuda Externa

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por Ian Vásquez

Ian Vásquez es Director del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute.

¿Es tacaño los Estados Unidos? Cuando el jefe de operaciones de ayuda humanitaria de la ONU, Jan Egeland, así lo sugirió a raíz del catastrófico tsunami en Asia, él era el más reciente de los defensores de la ayuda externa de juzgar la efectividad de la ayuda por sus intenciones, más que por su impacto real.

Pero la ayuda para desastres del tipo requerida en Asia es muy diferente a la ayuda para el desarrollo. Lastimosamente la afirmación de “tacaño” hecha por Egeland fue la primera de una serie de llamados a incrementar los fondos globales para el desarrollo usando la crisis de Asia como excusa. Reportando sobre el desastre, el New York Times describió la ayuda total no militar de Washington como un “monto lamentable”.

Es un error confundir la ayuda de emergencia con ayuda externa de largo plazo destinada a promover el desarrollo. Los objetivos de cada una son diferentes y la ayuda de emergencia representa una pequeña parte del total. Por ejemplo, según la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo, de los $69 mil millones que los países ricos dieron a los países pobres en el 2003, solo un 8.5 por ciento fue para emergencias. La mayor parte de la ayuda todavía se destina a promover objetivos tradicionales de ayuda tales como crecimiento y reducción de la pobreza.

Desgraciadamente, la asistencia extranjera tiene un pobre expediente en promover el desarrollo. De hecho, no hay correlación entre ayuda y crecimiento y pocos expertos adentro o afuera de las agencias prestamistas están satisfechos con el desempeño de la ayuda externa. En la práctica, mucha de la ayuda ha sido hostil al crecimiento porque ha apoyado a gobiernos cuyas políticas mantienen en la pobreza a la gente. El resultado ha sido endeudamiento, no desarrollo.

La lista del Banco Mundial de los 42 países pobres fuertemente endeudados y que no pueden pagar sus préstamos—la mayoría de ellos en África—es una seria acusación al proceso de ayuda extranjera. El noventa y siete por ciento de la deuda a largo plazo es gubernamental o garantizada por gobiernos. A pesar que el Banco Mundial reconoce que la ayuda ha sido frecuentemente un “fracaso absoluto” y que la ayuda destinada a un pobre entorno de malas políticas no funciona, los préstamos blandos del Banco destinados a países con políticas deficientes se han incrementado en años recientes sus préstamos.

La ayuda externa tampoco es eficiente en promover reformas en las naciones receptoras. La Rusia post-soviética y una docena de países alrededor del mundo—incluyendo países fuertemente endeudados—son evidencia que los países prometen hacer las reformas pero ignoran las condiciones de la ayuda externa una vez que el dinero es recibido. Para finales de los noventa, el Banco Mundial reconoció lo que se ha vuelto un consenso entre los expertos en desarrollo: “no hay efecto sistemático alguno de la ayuda en las políticas”.

De acuerdo con William Easterly, un destacado economista de desarrollo y ex-economista del Banco Mundial, una de las razones para el decepcionante desempeño de la ayuda es que “los países ricos no piden rendición de cuentas a los administradores de las instituciones de ayuda por su largo expediente de fracasos”. Ciertamente, las agencias de ayuda rara vez cortan los fondos a los receptores que hacen un mal uso de los mismos, algo de lo cual los receptores están plenamente al tanto. Easterly se opone al incremento a la ayuda extranjera, en gran parte debido a que la falta de rendición de cuentas no ha variado.

No obstante, para el establishment de la ayuda externa el monto de dinero otorgado es todavía una medida prominente de éxito. Así, Washington no es generoso porque transfiere 0.15 por ciento de su PIB a los países pobres—menos que los otros países ricos. Así también, el Banco Mundial esta haciendo un llamado a duplicar el flujo de ayuda mundial. La ONU regularmente menciona su propio nivel arbitrario de ayuda, establecido en los setentas en 0.7 por ciento del PIB de los países ricos. En términos prácticos, eso significaría que los flujos globales de ayuda prácticamente se triplicarían a mas de $190 mil millones. Para los Estados Unidos, eso significaría más que cuadruplicar el nivel de ayuda del 2003 de $16.2 mil millones.

Sin embargo, La verdadera medida de generosidad es cuanto dan voluntariamente los individuos y organizaciones privadas. La ex-funcionaria de la USAID Carol Adelman encontró que la ayuda privada estadounidense al extranjero excede de largo a la asistencia oficial de Washington para el desarrollo. Hace unos años atrás, su “conservadora estimación” puso la ayuda extranjera privada en 3 y media veces la ayuda de EE.UU. para el desarrollo.

El incremento en la ayuda de entidades privadas estadounidenses incluye fundaciones, iglesias, corporaciones y organizaciones privadas voluntarias como la Cruz Roja y el YMCA. Se puede estimar que la ayuda privada estadounidense todavía representa de tres a cuatro veces la ayuda oficial. Solo las remesas desde EE.UU. representaron un monto de $30 mil millones en el 2003, casi el doble de la ayuda oficial.

Y debido a que la ayuda privada tiende a ser menos burocrática y llega a la gente que intenta ayudar, también tiende a ser mucho más efectiva que la asistencia oficial. Además, según Adelman, Estados Unidos contrasta agudamente con “los europeos y los japoneses [quienes] continúan dando principalmente a través de sus gobiernos”.

En este sentido, los Estados Unidos es, si no el país mas generoso en el mundo, muy cerca al tope de la lista. Y su ayuda es, seguro, más útil para los pobres del mundo que aquella de otros países. Es una lástima que el desastre del tsunami en Asia es explotado cínicamente para apoyar incrementos masivos en ayuda externa que no sirve.

Traducido por Nicolás López para Cato Institute.