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5 de noviembre de 2004

¿Acaso trabaja mucho Hong Kong?

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por Marian L. Tupy

Marian L. Tupy es analista de políticas públicas del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute.

¿Prohibir a la gente trabajar creará mas trabajos y mayor riqueza? Algunos miembros de la asamblea legislativa piensan que sí. Ellos han propuesto una ley que acortaría la semana laboral y limitaría el tiempo que a la gente de Hong Kong se le permitiría trabajar. La lógica económica y la experiencia muestra que esa propuesta fracasará.

La anterior propuesta descansa sobre un error que los economistas llaman “la falacia del monto de trabajo”. Esa falacia sostiene que el monto de trabajo a realizarse es constante. Cuando aumenta la productividad, el monto global de trabajo disponible cae y las personas pierden sus empleos. La solución propuesta es esparcir aquella cantidad limitada de trabajo. Con esa lógica, el descubrimiento de cualquier aparato que ahorre trabajo—desde el azadón hasta la computadora personal—elimina trabajo y empleo, de tal manera que empeora en lugar de mejorar la vida de las personas.

Esa visión es claramente absurda. La perdida de empleos agrícolas, causado por la mecanización, no dio como resultado un desempleo masivo. Doscientos años atrás la mayoría de norteamericanos eran agricultores. Hoy en día, solo un 1.5 por ciento de la fuerza laboral norteamericana está empleada en la agricultura y, a pesar de eso, ellos producen suficiente alimentos para satisfacer el consumo domestico y exportar al extranjero. ¿Qué pasó con todos los empleos perdidos? Aquellos trabajadores cuyo trabajo ya no era necesario, encontraron trabajo en el floreciente sector industrial. Cuando la mecanización hizo más productivo al sector industrial, la gente se movió al sector de servicio para crear todavía más valor. Más recientemente, industrias totalmente nuevas y millones de nuevos empleos fueron creados como resultado de la revolución en el sector tecnológico.

En realidad, el monto global de trabajo a realizarse depende de nuestras siempre crecientes necesidades y las personas y recursos disponibles para realizar ese trabajo. Debido a que nuestras necesidades son infinitas, también lo es el monto de trabajo que se necesita para realizarlas. En la medida en que la gente desee un mayor nivel de vida y más bienes y servicios que hacen posible las mejoras en sus vidas, la humanidad no se va a “quedar sin trabajo”.

Desgraciadamente, algunos políticos, ocasionalmente, ponen la lógica económica a un lado. Por ejemplo, en 1998 el gobierno francés, bajo el liderazgo del primer ministro socialista Lionel Jospin, introdujo una ley que prohibía a la gente trabajar más de 35 horas a la semana. De acuerdo con la revista The Economist, el mismo Jospin pensaba que la ley era un error, pero de todas formas siguió adelante con ella para preservar la cohesión de la coalición de gobierno.

¿Cuál fue el resultado? La ley del Sr. Jospin incrementó el costo de hacer negocios en Francia. La gente que trabaja menos produce menos y, por lo tanto, ellos ven caer sus ingresos. Sin embargo, el gobierno francés declaró que los empleadores no podrían responder a la reducción de la semana laboral reduciendo el ingreso de sus empleados. Como consecuencia, redefinieron la “semana laboral”. Los recesos, la hora del almuerzo y otros periodos de descanso ahora son excluidos de la suma de horas de trabajo. Otra consecuencia no intencionada de la reducción en la semana laboral es el estancamiento de los salarios. En lo que respecta a la cifra de desempleo, seis años después de aprobada la ley, el desempleo en Francia continua alrededor del 10 por ciento. El fracaso de la legislación es ahora extensamente conocido. En octubre del 2003 el ministro de finanzas francés, Frances Mer, afirmó que “la semana de 35 horas fue, en esencia, mala para nuestro país”.

Los mercados laborales de Europa Occidental son muy restrictivos. Francia, Alemania e Italia, comparados con Hong Kong, están plagados con un desempleo significativamente mayor. Cuando la tasa de desempleo aumentó en Hong Kong, el gobierno se abstuvo de intervenir el mercado laboral. Sin la interferencia del gobierno, la economía de Hong Kong vio declinar su tasa de desempleo desde un 8.7 por ciento en mayo del 2003 a un 6.8 por ciento en septiembre pasado. En solo 16 meses el desempleo en Hong Kong se redujo en un 22 por ciento. Entre 1994 y 2003, la tasa anual promedio de desempleo en Hong Kong fue de 4.6 por ciento. En el mismo periodo, la tasa promedio de desempleo en Francia fue de 10.3 por ciento. Tal como lo afirmó la Organización para la Cooperación Económica y Desarrollo (OCED) “la evidencia empírica apunta a una clara correlación entre altos niveles de protección laboral y altos niveles de desempleo”.

A pesar de tener un pequeño territorio y no poseer recursos naturales, Hong Kong es uno de los lugares más prósperos en el planeta. En el 2003 el ingreso per cápita de Hong Kong era más alto que el de Francia. Hong Kong logró ese resultado debido al espíritu empresarial de su gente y una economía libre. Es importante que Hong Kong retenga un alto grado de libertad económica y rechace propuestas que socavarían la flexibilidad de su mercado laboral.

Traducido por Nicolás López para Cato Institute.