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28 de junio de 2004

Reagan apoyaba el libre comercio y la inmigración

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por Daniel T. Griswold

Daniel T. Griswold es Director del Centro de Estudios de Política Comercial del Cato Institute.

En muchos de los elogios a Ronald Reagan desde su fallecimiento, prácticamente todos han reconocido su rol en derrotar al comunismo soviético y revivir la autoestima de Estados Unidos. Pero otro aspecto del historial de Reagan que no debería de ser olvidado era su compromiso en mantener a Estados Unidos abierto al comercio y a la inmigración.

La visión de Reagan de unos Estados Unidos abierto al comercio y a los inmigrantes trabajadores y pacíficos contradice las visiones anti-comercio y anti-inmigración proclamadas por Lou Dobbs, Bill O´Reilly, Pat Buchanan, el congresista por el estado de Colorado Tom Tancredo y muchos otros que afirman hablar por las causas conservadoras que Reagan mayormente definió.

La mente y el corazón de Reagan estaban claramente en el lado del libre comercio. Como presidente declaró en 1986 que: “Nuestra política comercial descansa firmemente en los fundamentos de los mercados libres y abiertos. Reconozco... la ineludible conclusión que toda la historia nos ha enseñado: Mientras más libre es el flujo del comercio mundial, más fuertes son los lazos del progreso humano y la paz entre las naciones”.

Fue la Administración de Reagan la cual lanzó en 1986 la Ronda de Uruguay de negociaciones comerciales multilaterales y que redujo los aranceles mundiales y creó la Organización Mundial de Comercio (OMC). Fue su administración la que logró en 1988 la aprobación del Tratado de Libre Comercio entre EE.UU. y Canadá. Ese acuerdo enseguida fue expandido para incluir a México en lo que se convirtió después el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, llevando a cabo la visión que Reagan había proclamado en la campaña de 1980. Fue Reagan quien vetó los proyectos de ley entre 1985 y 1988 que imponían cuotas proteccionistas a las importaciones textiles.

Durante los 8 años de la presidencia de Reagan, los estadounidenses expandieron deseosamente su compromiso con la economía mundial. En 1980, el año anterior que Reagan sea presidente, los estadounidenses gastaron un total de $334 mil millones en bienes y servicios importados y pagos en inversión extranjera en los Estados Unidos. Para 1988, su último año en la presidencia, el gasto de los estadounidenses en la economía mundial casi se duplicó a $663 mil millones. Si Reagan era un “proteccionista”, no tuvo ningún efecto observable en la habilidad de los estadounidenses de gastar libremente en el mercado mundial.

Como la mayoría de los presidentes de la post-guerra, Reagan abogó por el libre comercio aunque se desvió selectivamente de eso. Los críticos del comercio advierten correctamente que Reagan negoció cuotas voluntarias de importación para el acero y los carros japoneses e impuso los aranceles de la Sección 201 en motocicletas importadas para proteger a Harley-Davidson. Eso es cierto. Pero aquello fue la excepción, no la regla. Eran repliegues tácticos diseñados para desinflar las crecientes presiones proteccionistas en el Congreso.

Las acciones y palabras de Reagan con respecto a la inmigración eran igualmente expansivas. En una ceremonia en la Isla Ellis en 1982, habló conmovedoramente acerca de los inmigrantes los cuales “poseen una determinación que con trabajo duro y libertad podrán ellos vivir una mejor vida y sus hijos mucho más”. Como en el comercio, el historial de Reagan en el tema de inmigración es mixto. Él firmó la Ley de Reforma y Control de Inmigración de 1986, la que incluía un incremento en el control fronterizo y sanciones contra los empleadores que a sabiendas contratan a trabajadores ilegales. Pero esa ley también legalizó 2.8 millones de trabajadores indocumentados. Más inmigrantes ingresaron legalmente a los Estados Unidos durante la presidencia de Reagan que durante cualquier otra presidencia anterior desde Teddy Roosevelt.

Tal como el presidente George W. Bush hoy en día, Reagan tenía la compasión y el buen sentido de ver a los inmigrantes ilegales no como criminales sino como seres humanos luchando por construir mejores vidas por medio del trabajo honesto. En unas declaraciones en la radio en 1977, él dijo que las manzanas se estaban pudriendo en los árboles en Nueva Inglaterra porque no había estadounidenses dispuesto a recolectarlas. “Hace que uno se pregunte acerca del alboroto causado por los ilegales extranjeros. ¿Son las grandes cantidades de desempleados realmente víctimas de la invasión de ilegales extranjeros o es que acaso esos turistas ilegales están haciendo algún trabajo que nuestra propia gente no haría?” preguntó Reagan. “Una cosa es cierta en este mundo hambriento; no se debería de permitir ninguna regulación o ley que daría como resultado cosechas pudriéndose en los campos por falta de cosechadores”.

En su discurso de despedida a la nación en enero de 1989, Reagan trazó hermosamente su visión de libre comercio e inmigración en su visión de una sociedad libre: “He hablado toda mi vida política de la resplandeciente ciudad, pero no sé sí alguna vez comunique realmente lo que yo he visto cuando lo decía. Pero en mi mente era una orgullosa y alta ciudad construida en rocas más fuertes que los océanos, azotado por el viento, bendecido por Dios y lleno de personas de todo tipo viviendo en armonía y en paz; una ciudad con puertos libres que están llenos de comercio y creatividad. Y si la ciudad tiene que estar amurallada, las murallas tienes puertas y las puertas están abierta a cualquiera con la voluntad y el corazón de entrar”.

Compare la esperanzadora, expansiva e inclusive visión de Estados Unidos con la severa, molesta y exclusiva visión que caracteriza a ciertos conservadores que afirman compartir su visión. Su visión del mundo no podría ser más extraña al espíritu de Ronald Reagan.

Traducido por Nicolás López para Cato Institute.