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19 de mayo de 2004

El mito del capitalismo sudafricano

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por Marian L. Tupy

Marian L. Tupy es analista de políticas públicas del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute.

En un artículo del Mail & Guardian titulado "The Iron Fist And The Velvet Glove" (El puño de hierro y el guante de terciopelo), Salim Vally atribuía al libre mercado la falta de un buen desempeño económico y de aparente crecimiento en la pobreza en Sudáfrica, o en sus palabras, “capitalismo”. Pero los que conocen la economía sudafricana saben que ésta tiene poco que ver con un mercado de laissez-faire capitalista. Vally cita favorablemente del libro An Ordinary Country (Un país ordinario), escrito por Neville Alexander, que el “sistema capitalista de apartheid simplemente le ha dado paso a un sistema capitalista post-apartheid”. Habiendo vivido en Sudáfrica por una década, sé que los sentimientos de Vally no son únicos y que muchos sudafricanos comparten su visión negativa del libre mercado.

La escena política sudafricana refleja esa visión y los partidos de la extrema izquierda han tenido éxito al pintar al Congreso Nacional Africano (ANC, según sus siglas en inglés) como un vendido a algún tipo de conspiración de capitalistas internacionales. Sin sorpresa, el artículo de Vally está lleno de alusiones sobre una alianza sucia entre el ANC y el capitalismo internacional.

No es mi intención defender al ANC. Pero es erróneo asumir que la extrema izquierda puede proporcionar una respuesta a los problemas de Sudáfrica oponiéndose a la privatización, abogando por más gobierno y deseando aislar a Sudáfrica de la globalización. Al contrario del mito común, el capitalismo no es un enemigo de los pobres. Asimismo, no hay una conspiración capitalista en contra de los países pobres del mundo. El sistema de comercio mundial es imperfecto y está marcado por el proteccionismo tanto en los países desarrollados como en los sub-desarrollados. Pero a pesar de esas imperfecciones, muchos países pobres han logrado alcanzar una prosperidad extraordinaria. En 1967, el ingreso per capita en Corea del Sur era de $550 dólares ajustados por inflación. En Ghana era de $800. Para 1997, el ingreso per capita surcoreano alcanzaba los $10.360. En Ghana, había caído a $370. Otros países anteriormente pobres como Taiwán, Singapur y Hong Kong gozan hoy de mejores niveles de vida.

¿Qué tienen en común esos países? Todos ellos tienen florecientes economías de mercado. Corea del Sur, por ejemplo, emprendió reformas económicas profundas, redujo sus tarifas sobre las importaciones y se abrió al mundo. Del mismo modo, Botswana, que tiene la economía más libre del continente africano, disfrutó de un crecimiento económico promedio del 7 por ciento en las últimas dos décadas. Claramente, el libre mercado y la mínima intervención estatal son los prerrequisitos necesarios para que prosperen los países sub-desarrollados.

Pero una economía de libre mercado es exactamente lo que Sudáfrica no tiene. Con la excepción del sector agrícola, el ANC no ha mejorado substancialmente respecto del récord de intervención del gobierno del apartheid. Las leyes laborales restrictivas y las empresas estatales abundan. En este sentido, Vally está en lo cierto al hablar del legado del apartheid, pero se equivoca al definir cuál es ese legado.

El legado del apartheid en Sudáfrica es un alto grado de control central sobre la economía y la colusión entre el gobierno y los grandes negocios. El sistema económico bajo el apartheid no era capitalista, sino “estatista”. Los incentivos gubernamentales favorecían a las compañías que se percibían como cruciales para aliviar los efectos negativos de las sanciones. Muchas de las grandes empresas sudafricanas eran entonces dirigidas menos por los beneficios de los accionistas y más por los beneficios del régimen del apartheid.

Hoy, como en el pasado, el poder del gobierno para ayudar y lastimar a los negocios sudafricanos permanece en gran medida inalterado. Los empresarios se disputan entre sí los favores del gobierno porque saben que él los puede ayudar o destruir, dependiendo de lo que se haga respecto de tributación, affirmative action (favoritismos a minorías raciales) y regulación laboral. El problema, entonces, no es poco gobierno sino mucho. Con cada nueva licencia, el gobierno crea un oficial que puede distribuirlo de forma corrupta y arbitraria. Con cada nueva regulación, el gobierno crea un oficial que puede ser sobornado para que otorgue excepciones. Permitan que el gobierno deje de manejar la economía y la corrupción, por la que Vally se queja correctamente, disminuirá.

La colusión entre el gobierno y los grandes negocios sólo se puede evitar cuando las acciones del gobierno se vuelven neutrales a las fortunas de compañías individuales. La separación entre las esferas política y económica está en la raíz del éxito de los países desarrollados. El peligro más grande para el futuro desarrollo de Sudáfrica no está en los excesos del capitalismo. Al contrario, está en la creciente intervención gubernamental que es por lo que, desgraciadamente, Vally aboga.

Traducido por Javier L. Garay Vargas para Cato Institute.