13 de enero de 2004
Los expertos no previeron la fuerza de la productividad
por Gary S. Becker
Gary S. Becker es Premio Nobel de Economía (1992), profesor de economía de la Universidad de Chicago, académico de Hoover Institution y miembro del consejo asesor del Proyecto de Privatización del Seguro Social del Cato Institute.
Durante casi todo el año 2002 y comienzos del 2003, muchos empresarios y académicos pesimistasal igual que políticos demócratas y comentaristasestaban preocupados por la caída de la economía de Estados Unidos. Hoy resultan cómicas las comparaciones hechas entre nuestra economía y el muy prolongado estancamiento japonés, las cuales indicaban que causaríamos una depresión mundial.
Como los índices de precios mostraron bajas por corto tiempo,
algunos funcionarios de la Reserva Federal temían que la deflación
nos afectaría. También se hacía énfasis
en la caída del empleo y el aumento del desempleo de niveles
por debajo de 4 por ciento en los años 90 a 6.4 por ciento.
Sin embargo, yo seguía argumentando que los pesimistas ignoraban
factores cruciales que mantenían un rendimiento económico
impresionante, a pesar de la recesión y de la lenta recuperación.
EEUU había estado expuesto a fuertes golpes que hubieran hundido
a economías más débiles. Esto comenzó con
el colapso de la burbuja de alta tecnología, fomentada por expectativas
irreales que dispararon el precio de las acciones e inversiones en varias
industrias a alturas ridículas. Luego ocurrió el mortal
e inesperado ataque del 11 de septiembre, seguido por la guerra contra
los Talibán y al-Qaeda en Afganistán, la guerra en Irak
y una difícil ocupación posterior. También influyeron
los fraudes contables en Enron, WorldCom y otras empresas que afectaron
la confianza del mundo en las empresas norteamericanas.
Sin embargo, la recesión que comenzó en marzo de 2001 duró apenas ocho meses. La posterior recuperación fue lenta, algo nada inusual y la producción aumentó a lo largo de toda la recuperación. Lo más preocupante fue la fuerte caída del empleo, aunque ésta fue menor que en la mayoría de las recesiones anteriores.
Los pesimistas se equivocaron porque no lograron ver en esos malos tiempos una estadística muy positiva: la rápida mejoría en la productividad. La productividad suele decaer fuertemente durante las recesiones y al comienzo de la recuperación, en parte por la capacidad no utilizada en equipos, plantas y trabajadores. Aunque la productividad aumentó por encima de lo normal entre 1995 y 2000, luego se aceleró en lugar de caer durante la recesión y la recuperación. La productividad laboral en el tercer trimestre de 2003 aumentó en 9.45 por ciento anual, el mayor aumento trimestral en décadas.
Ese crecimiento de la productividad es la medida clave y refleja la inmensa fuerza de nuestra economía. Su base principal es el espíritu y dinamismo empresarial, la flexibilidad laboral y un mercado relativamente libre y abierto que permite que la economía se beneficie de la revolución tecnológica producida por las computadoras, la Internet, las comunicaciones inalámbricas, la biotecnología y otras grandes innovaciones recientes. Los criticados recortes de impuestos de Bush ayudarán a que la economía crezca rápidamente, aunque jugaron un papel limitado en la recuperación.
Es difícil predecir el desempeño de la economía a corto plazo, pero los lectores esperan que los economistas usen una bola de cristal y digan a principios del año cómo se desarrollará la economía. Yo creo que la productividad y la producción aumentarán a paso rápido, aunque por debajo de lo alcanzado en el tercer trimestre del año pasado. El empleo seguirá mejorando y el desempleo caerá muy por debajo de la actual tasa, ligeramente inferior al 6 por ciento.
De lograrse, será muy beneficioso para el resto del mundo, a medida que la industria y los consumidores norteamericanos importan más bienes, materias primas y equipos de capital. Pero más importante aún, demostrará que nada en las condiciones económicas modernas impide el crecimiento de la producción y de la productividad en Europa, Japón y las demás economías ricas.
Son las tontas políticas reguladoras, de impuestos y bancarrota, no las subyacentes fuerzas económicas, las que causaron el estancamiento en la última década. Las recientes liberalizaciones del mercado laboral y de los impuestos en Alemania y algunos otros países europeos son buenas señales, junto con la gradual voluntad de Japón en encarar su crisis bancaria y excesivo peso regulador. Estos países también pueden comenzar a aprovechar mejor el potencial de las tecnologías y el conocimiento moderno.
Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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