4 de diciembre de 2003

Despertemos de la fantasía de Irak

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por Leon Hadar

Leon T. Hadar es Académico de Investigaciones en Estudios de Política Exterior del Cato Institute y autor de Quagmire: America in the Middle East(Cato Institute, 1992).

La sensación predominante estos días en Washington es que la guerra en Irak y sus postrimerías han plantado enormes obstáculos en el camino del presidente George W. Bush hacia un segundo período. El presidente norteamericano, dicen los expertos, había presentado un escenario a los estadounidenses—uno que involucraba armas de destrucción masiva, ligámenes de Saddam Hussein y al Qaeda, tropas estadounidenses siendo recibidas como liberadores—que no se ha materializado.

Además, los crecientes costos en sangre y dinero que representa ocupar Irak han encendido la oposición a las políticas de la administración Bush en el público y el Congreso. Y estos sentimientos podrían provocar una reacción violenta contra Bush el día de las elecciones en el 2004.

De hecho, el presidente norteamericano podría convertirse en un ex presidente si persiste en seguir la política narrativa dibujada por sus asesores neoconservadores. Al continuar presentando el derrocamiento de Hussein como parte de un gran plan imperial de hacer a Irak y al Medio Oriente una región segura para la democracia, Bush únicamente cavará más profundo su propio hueco.

Bush debería reconocer antes de que sea demasiado tarde que, a diferencia de otros ideólogos dogmáticos en la historia, los intelectuales neoconservadores que sostienen que Irak puede ser convertido en un brillante ejemplo de democracia para el Medio Oriente están avanzando sus propios deseos y agendas políticas. No están avanzando los intereses del resto de Estados Unidos.

La idea de que Irak y la mayoría del Medio Oriente árabe pueden ser transformados a un sistema democrático completo no es nada más que una fantasía. La mayoría de la región se encuentra en una etapa de desarrollo político como en la que se encontraban Italia y gran parte del sur de Europa a mediados del siglo XIX.

No obstante, implementar esta ambiciosa estrategia en su forma más básica—establecer un sistema de un voto por persona en Irak—podría llevar al poder al tipo de líderes chiítas anti-Occidentales que encenderían una guerra civil y religiosa en Irak, minando los intereses de Estados Unidos en la región.

Esa clase de resultado demuestra las tensiones entre dos conceptos que conducen al proyecto neoconservador: la democracia que permite elecciones libres y el imperialismo que requiere estabilidad. Por lo tanto, un imperio democrático no puede ser sostenible en el largo plazo, dejando al que ostenta el poder con ninguna otra opción que poner en práctica la represión.

Salir de Irak antes de que sea demasiado tarde requeriría que Bush adopte un marco político más realista y, en ciertos sentidos, más nacionalista.

La victoria militar en Irak y el derrocamiento de Saddam Hussein podrían ser presentados en la próxima campaña como un intento por deshacerse de una vieja Némesis de Estados Unidos y sus aliados—un dictador cruel que en el pasado desarrolló armas de destrucción masiva y apoyó a grupos terroristas anti-estadounidenses.

Al mismo tiempo, sin embargo, el presidente debería adoptar de nuevo la clase de "humildad" en política exterior que él proyectara durante la campaña política del 2000. En ese entonces, parecía que Bush no apoyaba los grandes designios de "reconstrucción de naciones" en Irak y prefería trabajar con una coalición de otras potencias para mantener la estabilidad en Irak y el Medio Oriente.

Ahora que la guerra ha concluido, Estados Unidos debería declarar la victoria y utilizar su poderío para garantizar intereses básicos y limitados. Entre estos están el que un nuevo gobierno en Bagdad no mantenga lazos con grupos terroristas anti-estadounidenses y no intente desarrollar o adquirir armas de destrucción masiva.

Disminuir las expectativas sobre Irak requeriría que la Casa Blanca acepte que los dos escenarios más viables bajos los cuales las tropas estadounidenses podrían abandonar Irak harían añicos los sueños neoconservadores.

Esos escenarios son el surgimiento de un líder autoritario que podría mantener un Irak unificado mediante la centralización del poder en Bagdad, o la división de Irak en tres mini-estados al estilo Kósovo bajo algún tipo de salvaguardas regionales e internacionales. Eso podría ser un protectorado turco-estadounidense en el norte curdo; una presencia militar europea-árabe en las áreas sunitas; y una autoridad de la ONU en las partes chiítas.

Únicamente transformando la actual estrategia de Pax Americana en Irak, al permitirle a los aliados estadounidenses tomar el timón de mando de la posguerra, podrá la administración Bush persuadir a Francia, Alemania, Rusia y la India a compartir los costos de estabilizar y reconstruir Irak.

Tal enfoque, basado en el realismo y el sentido común, definitivamente enfurecería a los aliados neoconservadores de la Casa Blanca. Pero una estrategia de trabajo que reduzca el peso de ocupar Irak y saque a Estados Unidos de ese país sería bienvenida por los votantes estadounidenses.

También le brindaría una oportunidad al presidente Bush de alcanzar una victoria electoral a partir de una conquista militar.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.