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3 de septiembre de 2003

El futuro del liberalismo en China

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por James A. Dorn

James A. Dorn es Vice-presidente para Asuntos Académicos de Cato Institute y especialista en China y coautor de China's Future: Constructive Partner or Emerging Threat? (El Futuro de China: ¿Socios Constructivos o Amenaza Emergente?).

Hace 35 años, el "Gran Timonel" Mao Zedong se deshizo de la Guardia Roja que estaba creando caos en China. Aunque Mao reconoció su error de darle a estudiantes adolescentes la libertad de prácticamente aterrorizar a la población, no abandonó su visión utópica de un estado socialista, ni tampoco puso fin a su opresión despiadada de los "perros capitalistas" y otros supuestos malos elementos durante la Gran Revolución Cultural Proletaria (1966-1976).

Den Xiaoping, él mismo víctima de la Revolución Cultural, surgió para liderar al Partido Comunista Chino a finales de 1978. Al abrir el país al mundo externo e introducir las fuerzas del mercado, empezó un nuevo capítulo en la larga historia china. El lema de Deng era "Buscar la verdad a partir de los hechos".

A diferencia de Mao, Deng no era rígido ideológicamente. Su expresión favorita era "No importa si un gato es negro o blanco, siempre y cuando cace ratones". El sistema económico debía ser juzgado por su desempeño hacia la gente: "La pobreza no es socialismo. Ser rico es magnífico". Entonces, el socialismo de mercado desplazó al socialismo puro.

No hay duda que la liberalización económica de China ha sido sumamente exitosa. Pero las incompatibilidades institucionales entre la planificación estatal y el mercado todavía existen, especialmente en el sector financiero. Los verdaderos mercados de capitales dependen de los derechos de propiedad privada, y los líderes chinos no están interesados en sancionar dichos derechos por temor a perder poder. Pero la clase gobernante china enfrenta un problema más serio—a saber, la necesidad de una reforma política fundamental para crear un gobierno limitado bajo un Estado de Derecho y poner fin al régimen autoritario del Partido Comunista. El futuro del liberalismo en China dependerá de cómo se enfrente ese reto.

De acuerdo con Cao Siyuan, uno de los principales proponentes de la reforma política y la privatización en China, "Si el sistema político actual no es reformado y convertido en un sistema político civilizado [es decir, uno en el cual los ciudadanos son soberanos], es enteramente posible que tragedias como la Revolución Cultural tomen lugar nuevamente". Cao brinda un mapa para la reforma en su nuevo libro, El ABC de la Civilización Política.

El monopolio de poder del Partido Comunista deja poco espacio para el pensamiento independiente o la libertad de expresión, especialmente en el campo político. El criticismo y la discusión abierta son una amenaza para la supremacía del Partido Comunista. El poderoso departamento de propaganda del PCC, comandado por un miembro del politburó, oculta la verdad al distorsionar tanto los hechos como el lenguaje. El "discurso" orwelliano es penetrante, desde la "Revolución Cultural" y el "socialismo de mercado" hasta el mismo nombre del país—la "República Popular de China".

El PCC no quiere que el pueblo, especialmente la gente joven, examine abiertamente el pasado. Aunque el Partido ha llamado a la Revolución Cultural un serio error y un desastre nacional, no ha permitido una revelación total de los hechos o la publicación de recuentos críticos de ese período. La razón es obvia: La legitimidad del PCC sería puesta a prueba y sería considerada fraudulenta. El "mandato celestial" dictaría un nuevo orden político basado en el consentimiento de la gente—un orden constitucional de libertad. Nien Cheng, en su best-seller Life and Death in Shanghai (Vida y Muerte en Shanghai), describe cómo las autoridades del PCC evadieron la responsabilidad por las tácticas violentas utilizadas por la Guardia Roja: "Cuando había una crueldad excesiva que resultaba en muertes, las autoridades negaban la responsabilidad por un 'accidente' que ocurría debido al 'entusiasmo masivo'". La verdad sobre la Revolución Cultural, como lo escribió el historiador John King Fairbank, es que era" alimentada por... la dependencia pública y la obediencia ciega hacia la autoridad. No existía una noción de que la moralidad estuviera bajo la ley". Esa verdad no debe ser olvidada.

El intento deliberado del PCC de esconder la verdad sobre el papel del partido en la Revolución Cultural, al prohibir los libros de Cheng y otros autores, y al romantizar a Mao, podría proteger el poder del partido en el corto plazo, pero no durante mucho tiempo. Eventualmente, la liberalización económica, una clase media creciente, y el flujo global de información a través del Internet, generarán cada vez más presión en favor de la reforma política. El nuevo lema de China debería ser "Buscar la verdad a través de la libertad". La competencia global ha generado el desarrollo económico de China desde 1978; ahora es el momento para aplicar esa misma fuerza en el campo político y en el cambio constitucional. La verdad no viene de los hechos si éstos permanecen ocultos por un PCC supremo. Lo que China necesita es libertad y transparencia: un gobierno cuyo poder esté estrictamente limitado y cuyo propósito fundamental es el de proteger la vida, la libertad, y la propiedad.

La principal lección de la Revolución Cultural no es que fuera "divertida", como la describiera recientemente un antiguo Guardia Rojo a su hijo de edad universitaria. En cambio, en palabras de Cheng, "Al menos y hasta el tanto el sistema político arraigado en la ley, en lugar del poder personal, esté firmemente establecido en China, el camino hacia el futuro estará siempre lleno de giros y vueltas".

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.