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19 de agosto de 2003

Lo que mata en Europa no es el calor, sino los impuestos energéticos

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por Patrick J. Michaels

Patrick Michaels es Académico Titular de Estudios Ambientales para Cato Institute.

Francia afirma que la reciente ola de calor en Europa fue la responsable por la muerte de 3.000 de sus habitantes. Sin embargo, durante la mayor parte de este verano, el Oeste estadounidense ha estado mucho más caliente, y nadie ha podido encontrar un solo muerto producto del calor.

La diferencia es el aire acondicionado generado por energía de bajo costo, y el temor latente es el que un apagón golpee durante una gran ola de calor (cuando la demanda por energía es mayor) y continúe durante días, lo que provocaría una catástrofe tremenda.

Que quede en el récord: La temperatura promedio de París durante el verano es la misma de Detroit, Chicago y Denver, y cuando estas ciudades estadounidenses alcanzan temperaturas históricas (hasta el tanto haya energía), no hay un número proporcional de muertes producto del calor.

Todas estas ciudades comparten una física común: Sus ladrillos, edificios y pavimento retienen el calor del día, lo cual las hace pequeños laboratorios para el estudio de la relación entre calentamiento y mortalidad. Washington, D.C., por ejemplo, tiene un sorprendente efecto de "calentamiento urbano".

La temperatura alrededor de lo que antes era el área rural alrededor del aeropuerto Dulles permaneció constante durante décadas, pero luego empezó a aumentar aproximadamente hace 20 años conforme el gobierno y sus corporaciones de servicio empezaron a instalarse en la autopista de acceso al Dulles.

Las temperaturas de la región del Atlántico medio rural, sin embargo, no han variado en 100 años.

Los ambientalistas nos advierten que al menos que detengamos el calentamiento global, las muertes urbanas se dispararán, y esto servirá para un incremento adicional del calor. La manera de detener el calentamiento global, por supuesto, es restringiendo el uso de combustibles fósiles, lo cual solo puede ser alcanzado mediante un aumento en el precio de éstos a un nivel en el cual la gente racione por sí misma su consumo.

Mi colega de la Universidad de Virginia, Robert Davis, y yo le echamos un vistazo al asunto del calor y la mortalidad en las ciudades estadounidenses, y publicamos nuestros resultados en varias revistas académicas. Dadas todas esas muertes en Francia y el gran apagón de la semana pasada, quizás es un buen momento para desempolvar lo que encontramos.

La gente que estudia la mortalidad y el clima han sabido por años que las zonas de temperatura de las ciudades han tenido cierto tipo de temperatura "límite" en la cual la mortalidad diaria empieza a dispararse. La gente que estudia economía sostendrá que esta es una oportunidad del mercado para la adaptación.

¿Cómo se han adaptado los estadounidenses a sus ciudades calientes? Dejaron de morirse. A pesar que la temperatura local continua aumentando, el límite en el cual las muertes se disparan ha aumentado constantemente, y está ahora por encima de las temperaturas más altas.

En Philadelphia, un típico núcleo urbano viejo, las muertes empezaban a aumentar en los sesenta cuando la "temperatura efectiva" (una combinación de calor y humedad) llegaba a los 30C° (85 F°). Para mediados de los setenta, el límite estaba en los 33C° (90 F°). En los ochenta la temperatura límite estaba en los 35C° (95 F°), y para los noventa no había una medición efectiva de la temperatura en la cual la mortalidad aumenta.

Este comportamiento se repite en casi todas las ciudades norteamericanas estudiadas, excepto en las ciudades nuevas del Sur, como Houston, las cuales nunca han mostrado ninguna temperatura en la cual la mortalidad aumenta.

Obviamente la solución es el aire acondicionado generado por energía de bajo costo. Y esa es la diferencia entre Estados Unidos y Europa.

Las ciudades europeas prácticamente carecen de aire acondicionado en gran medida porque la energía que lo genera es demasiado cara. ¿Y por qué es así? Presionados por grupos ambientalistas, los gobiernos europeos han impuesto impuesto tras impuesto sobre la energía, con el calentamiento global como la última excusa.

La matemática de este problema es difícilmente transparente. Con el fin de cumplir con sus objetivos auto impuestos en el Protocolo de Kyoto sobre calentamiento global, las naciones europeas ya han gravado a la energía, pero no lo suficiente. Por lo tanto, aún más restricciones están siendo propuestas, especialmente por el gobierno alemán. El ya de por sí caro aire acondicionado será aún más costoso, lo que matará a un mayor número de europeos la próxima vez que la temperatura alcance lo que en Dallas sería un día más caliente de lo normal.

Europa ha impuesto efectivamente un apagón continuo de aire acondicionado, y ahora está pagando el precio.

Alguna gente señalará a las centenas de personas que murieron durante la infame ola de calor que azotó a Chicago en 1995 y se preguntan cómo es posible que hayamos ignorado esta tragedia. No lo hemos hecho.

Normalmente mucha gente muere en el pobre lado Sur de la ciudad, pero no en 1995. Un apagón golpeó el lado Norte y apagó el aire acondicionado. Como se dice en matemática, quod erat demonstrandum.

Y para la gente postrada por el calor en Europa es bastante malo que el Protocolo de Kyoto no vaya a hacer nada mesurable por la temperatura promedio de La Tierra en el futuro. Pero matará a miles en más Francia, Alemania e Inglaterra, donde los impuestos sobre la energía son enormes, lo cual crea un apagón invisible sobre un aire acondicionado que salva vidas.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.