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9 de junio de 2003

México: Temblores cambiarios

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por Roberto Salinas-León

Roberto Salinas León es presidente del Mexico Business Forum.

¿Qué pasa con el peso? El año pasado esta misma pregunta estaba en la boca de todos los que participan en el eterno debate cambiario en México (o sea, todos). En ese momento, había grandes preocupaciones sobre el “super-peso,” una vez que el precio del peso frente al dólar, el tipo de cambio, amenazaba con romper la barrera psicológica de los 9 pesos por dólar. En marzo del 2002 casi lo hizo, cuando la paridad llegó a registrar un nivel de 9.06 pesos por dólar.

Ayer la inquietud era sobre la “excesiva” apreciación cambiaria. En la circunstancia actual, cuando la paridad ya tiró el techo de 11 pesos por dólar, la inquietud es sobre el nivel de depreciación.

Este es el riesgo de vivir con la flotación: en un sistema de demanda y de oferta, la paridad puede irse para arriba, o para abajo. Podemos estar a flote, o podemos hundirnos. La determinación de un “precio” exacto es un ejercicio inútil, vanidoso, ante las millones de decisiones diarias que pueden influir en el curso que tome el mercado cambiario. En 1998, cuando el tipo de cambio se cotizó a niveles similares, después del contagio generado por el efecto “vodka,” nadie supuso que podría llegar a regresar a un nivel de los 9 pesos. En la actualidad, el consenso es que la nueva paridad llegó para quedarse.

Nos quejábamos antes, nos quejamos ahora, y nos quejaremos en el futuro. Hay analistas que todavía presumen calcular los niveles de sobre- o sub-valuación del peso frente al dólar. Habrá exportadores que quisieran tener un nivel todavía mucho más alto. Otros índices, como la más reciente versión del famoso índice Big Mac, elaborado por el semanario The Economist, calculan un nivel de subvaluación del peso en 30%. Empero, los futuros movimientos del peso, para arriba o para abajo, dependerán no de una formulita mágica sino de los factores que determinen las expectativas del mercado cambiario.

El “soporte” institucional del tipo de cambio, el régimen de las metas de inflación, es insuficiente para normalizar instantáneamente la volatilidad cambiaria en estos tiempos de temores externos, hasta de pánico financiero. De hecho, en el sistema de flotación hay que dejar que la oferta y la demanda tome su curso. Sería un error capital, arbitrario y sintomático del alcoholismo cambiario del pasado empezar a intervenir en el mercado de divisas. La regla de oro en un sistema de flotación es no meter la mano.

Eso sí, pase lo que pase con el peso, el banco central enfrenta un dilema de capital. Por un lado, la presión alcista en el tipo de cambio puede generar presiones en la tasa de inflación que impliquen una desviación importante de la meta para este año. En este caso, habría necesidad de un “sobre-apretón” monetario, no con el fin de tranquilizar la paridad, pero sí para desactivar un riesgo inflacionario no esperado. Ello presionaría hacia arriba las tasas de interés, lo que a su vez complicaría la recuperación de la actividad económica en el corto-plazo ante la ausencia de los cambios estructurales pendientes.

Un “choque positivo” por el lado de la oferta, como la aprobación de las reformas, sería importante para evitar que la política monetaria cargue con todo el peso del ajuste. Esto, desgraciadamente, no se ve en el horizonte, ni mediato ni mucho menos inmediato.

El precio del peso sigue siendo la “madre de todos los precios.” Es un barómetro fundamental de expectativas. El aspecto más curioso de la polémica cambiaria es que ésta está secuestrada por lo que nuestro colega Ricardo Medina ha denominado “hipocondría cambiaria” (por no decir, en las palabras de otro amigo, esquizofrenia cambiaria). Cuando las cosas van bien y hay una oferta mayor de dólares, la hipocondría se manifiesta con un descontento con la apreciación cambiaria. Cuando las expectativas cambian y se vuelven malas, se dan fugas de dólares, y la hipocondría se da a partir de cómo detener la depreciación cambiaria.

Pase lo que pase, esté el peso arriba (como hoy) o abajo (como ayer), parecería que lo único cierto para mañana es que nunca estaremos contentos, ni con la política monetaria ni con el desempeño de la “madre de todos los precios.”