10 de marzo de 2003
México 2003: ¿Estabilidad sin crecimiento?
por Roberto Salinas-León
Roberto Salinas León es presidente del Mexico Business Forum.
El año 2002 fue muy complicado. El escaso crecimiento significó menores oportunidades para consolidar la generación de nuevos empleos. No hubo crisis, pero no hubo avance; y, sin embargo, hay una fuerte frustración popular sobre la ausencia de oportunidades.
México ha sido víctima del síndrome llamado estancamiento estructural. Las reformas en el sector eléctrico o en la ley laboral, incluso en nuestro sistema fiscal, siguen estancadas en la grilla política entre un ejecutivo inocente y desorganizado, y un legislativo revanchista e irresponsable. El primero pide colaboración, pero no colabora; el segundo se limita a pedir más gasto, pero no rinde cuentas. El 2003 es un año electoral, por lo cual, a menos de que se observe un cambio radical en el plano legislativo, seguiremos viviendo este fenómeno de estancamiento, y con ello limitando la oportunidad de elevar la productividad laboral, o sea, de hacer más con menos, en menor tiempo.
Sin duda, también hemos tenido mala suerte. La economía estadounidense no ha tomado una ruta definida hacia la recuperación. Los ladrones corporativos en Enron, Wolrdcom o Delphi ocasionaron una fuerte desconfianza en el plano financiero, ocasionado una contracción en los mercados globales de capital. Ahora tenemos el espectro de un enfrentamiento bélico en Irakalgo que, de darse, frenaría la posibilidad de salir del estancamiento de la economía interna. Y nuestros vecinos latinoamericanos no inspiran confianza, por lo cual se ha dado una especie de contagio político, ante el temor de que resurja el populismo del pasado.
Hablando en plata, no vamos bien, pero no vamos mal. Por otro lado, la economía tiene un gran potencial de alto crecimiento sostenido. Sin las reformas estructurales esto no se podrá dar; y ello, según algunas voces, es la verdadera tragedia latinoamericana. O sea, tenemos todo para despegar, y ser una de las economías más robustas del mundopero ni el cambio de paradigma ha logrado reventar este síndrome de estancamiento estructural.
¿Cuáles son las reformas pendientes? Primero, dar a los mexicanos la garantía de que lo suyo es suyo; protección a los derechos de propiedad. Así, la gente fortalece su confianza, se anima, planea, realiza inversiones, asume riesgos y consigue créditos. Nos falta, también, una estructura de impuestos más eficiente, más sencilla, para que el gobierno pueda cumplir con sus funciones sin asfixiarnos con las mentadas misceláneas, o con más deuda, tanto a la generación presente como a la generación del futuro.
Otro cambio fundamental es la reforma energética, necesaria para garantizar la electricidad en el futuro, disminuir el costo de energía, y para cimentar mayor competitividad. Claro, la reforma laboral es esencial para incentivar el empleo en lugar de castigarlo, para quitar las trabas que impiden mayores oportunidades de ocupación, que no tengan que recurrir a la economía informal.
Aún así, a pesar de las menores oportunidades, no hemos sufrido una devaluación, o caída en el sistema financiero. El valor de nuestra moneda se ha comportado más o menos estable y la inflación sigue bajo relativo control. El precio del crédito continúa a la baja y la deuda externa se ha reducido a tan sólo 12% de lo que producimos en un año, lo cual es bastante menor de lo que teníamos hace algunos años. Esto es una buena noticia, aunque no implica que ya la hicimos. Mucho cuidado con el triunfalismo.
En esta perspectiva, el 2003 constituye un parte-aguas en nuestra historia contemporánea. Es decir, este año será la primera vez en tres décadas en donde dejaremos de vivir con la inestabilidad monetaria. La gran mayoría de los mexicanos no conocemos lo que es ahorrar, producir, consumir o invertir bajo un clima de estabilidad. La eliminación del impuesto inflacionaria es una gran noticia. La tarea, entonces, ya no sería monetario. Sería un asunto de cómo agilizar la locomotora del crecimiento.
Sin embargo, este es el desafío que enfrentamos en el 2003: si la economía estadounidense sigue titubeante, no habrá un efecto positivo sobre nuestro ciclo económico; y si seguimos operando sin la segunda ola de reformas, difícilmente podremos aceitar el motor interno.
Por ello, una vez más, la norma fundamental para este año, tanto para nuestros negocios como nuestros hogares, es aprender a manejar riesgos: esperar lo mejor (que se genere más crecimiento) pero prepararse para lo peor (estabilidad, sin crecimiento).



























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