26 de febrero de 2003
La administración Bush sin estrategia de salida en Irak
por William A. Niskanen
William A. Niskanen es presidente Emeritus de la junta directiva y Economista Distinguido del Cato Institute.
El presidente George W. Bush se encuentra actualmente entre Irak y la pared. Puede salirse de ahí si es lo suficientemente valiente como para "correr el riesgo de la paz." El problema radica en convencerlo de tomar ese paso.
Hoy en día pareciera que no existe una acción plausible por parte de Saddam Hussein o algún descubrimiento de los inspectores de las Naciones Unidas que lleve a un apoyo amplio a una nueva guerra contra Irak por parte del público estadounidense y de otros gobiernos. Saddam es suficientemente racional como para evitar un evento precipitado. Y es muy poco probable que los inspectores de la ONU encuentren algo más peligroso que unas pocas ojivas vacías.
Por otro parte, pareciera que no hay ningún evento plausible en el corto plazo que aplaque al pequeño grupo de neoconservadores que han estado golpeando los tambores de guerra por algunos años y que ahora tienen una influencia inusual en la administración Bush.
El argumento más reciente en favor de la guerra es que Estados Unidos "perdería credibilidad" si, luego de haber amenazado a Irak con un cambio de régimen y de haber desplegado una gran fuerza en el Oriente Medio, no invade a Irak ni reemplaza a su actual régimen. Así que la justificación para esta guerra pareciera haber llegado a ser la de preservar la "credibilidad", un comentario desafortunado en el proceso de decisión que llevó a este resultado.
En otras palabras, el presidente Bush enfrenta ahora una decisión entre iniciar una guerra para la cual existe únicamente un tibio apoyo doméstico y un magro respaldo internacional o repudiar a uno de los principales enfoques de la política exterior estadounidense en el último año.
Bush debe encontrar ambas opciones poco atractivas, pero aparentemente no cuenta con una estrategia de salida. El verano pasado, las autoridades de la administración circularon una versión de que si Irak se desarmaba, se habría llevado a cabo efectivamente un cambio de régimen. Pero la idea no llegó a ninguna parte porque no contestaba qué haría Estados Unidos si el régimen iraquí se rearmaba. Los reportes noticiosos que afirman que agentes de inteligencia norteamericanos han promovido un golpe de Estado contra Saddam y que los gobiernos europeos y árabes han intentado convencer a Saddam y a su familia de ir al exilio en alguna parte refleja otros esfuerzos por lograr una estrategia de salida. Pero dichos esfuerzos parecen asumir que Saddam cuenta únicamente con una pequeña base de apoyo y que muy pocos defenderán a su régimen.
La reciente sugerencia de emplazar a los inspectores de la ONU por tiempo indefinido parece estar basada en la premisa de que las tropas estadounidenses regresarán a casa y que los líderes políticos norteamericanos se distraerán con otras preocupaciones.
La estrategia más valerosa y efectiva para evitar la guerra consiste en que Bush declare públicamente de que ha sido mal asesorado por algunos de sus principales consejeros, de que él va a cargar con toda la responsabilidad por sus propios criterios en respuesta al consejo recibido, y de que su decisión tomada el invierno pasado de enfocarse en el cambio de régimen en Irak en lugar de continuar la guerra contra el terrorismo fue un serio error que será corregido. Pero eso también pareciera altamente improbable.
La creciente molestia en Estados Unidos y alrededor del globo sobre la eventual guerra estadounidense contra Irak no será suficiente para detener el conflicto al menos que a Bush se le ofrezca y acepte alguna estrategia de salida.
Esa debería ser la principal prioridad de aquellos que creemos que Estados Unidos debería "correr el riesgo de la paz" en sus relaciones actuales con Irak. ¿Alguna sugerencia?
Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.



























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