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13 de febrero de 2003

La frontera estadounidense no debería ser militarizada

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por Gene Healy

Gene Healy es editor titular de Cato Institute y editor del próximo libro Go Directly to Jail: The Criminalization of Almost Everything (Vaya Directo a la Cárcel: La Criminalización de Practicamente Todo).

En su nuevo libro, Invasión: Cómo Estados Unidos Todavía le da la Bienvenida a Terroristas, Criminales y Otras Amenazas Extranjeras a Nuestras Costas, Michelle Malkin escribe que "en nuestra frontera norte con Canadá... cada cono y cada signo 'No Entre' debería ser inmediatamente reemplazado con un guarda nacional armado." Ella sugiera algo así como 100.000 tropas.

¿Solados armados en Niagara Falls? Definitivamente no. Pero Malkin no está sola. Políticos como el congresista Thomas G. Tancredo y el senador Trent Lott, así como el experto conservador Bill O'Reilly también están haciendo llamados a militarizar las fronteras estadounidenses.

El ejército de Estados Unidos es la fuerza de combate más efectiva en la historia—tan efectiva, de hecho, que alguna gente ha llegado a verla como la panacea para todos los problemas de seguridad que representa la amenaza terrorista. Pero al interior del país hay muchas tareas para las cuales el ejército está mal preparado y para las cuales su despliegue sería inefectivo y peligroso.

El mismo entrenamiento que hace de los soldados estadounidenses excelentes guerreros también los hace policías extremadamente peligrosos. Lawrence J. Korb, un asistente del secretario de Defensa durante la administración Reagan, lo puso brevemente: el ejército "está entrenado para vaporizar, no para leerle los derechos a nadie."

El mismo ejército es el que sabe esto mejor que nadie, por lo cual el Pentágono se ha opuesto una y otra vez a los llamados para estacionar tropas en las fronteras, más recientemente la primavera pasada, cuando el Congreso presionó por la militarización de la frontera. Las autoridades del Pentágono levantaron la posibilidad de un "incidente que involucre el uso de la fuerza de manera ilegal y potencialmente letal" si las tropas estuvieran armadas. Finalmente, cerca de 1.600 tropas de la Guardia Nacional fueron estacionadas en las fronteras mexicana y canadiense para una misión de seis meses, de Marzo a Agosto del 2002. La mayoría de ellos no estaban armados.

El Pentágono tenía razones para preocuparse. Las tropas estadounidenses han sido estacionadas en la frontera en el pasado como parte de la quijotesca lucha contra el contrabando de drogas. Y aún cuando dichos despliegues han sido limitados a misiones de vigilancia y de apoyo, han conllevado tragedia.

En 1997, una patrulla de infantería anti-drogas mató a Ezequiel Hernández Jr., un estudiante de secundaria de 18 años, quien portaba un rifle calibre .22 mientras cuidaba cabras cerca de su finca en Redford, Texas, en las cercanías de la frontera con México. El departamento de Justicia le pagó $1.9 millones a la familia Hernández para resolver una demanda por muerte culposa.

La muerte de Hernández debería servir como una historia de precaución para aquellos que buscan militarizar las fronteras estadounidenses. Una investigación interna del Pentágono señaló que los soldados están mal preparados para el contacto con los civiles, ya que su entrenamiento militar inculca "un espíritu agresivo mientras que se enseñan habilidades básicas de combate."

Las nuevas propuestas de utilizar tropas para patrullar la frontera multiplicarían ampliamente los problemas revelados por el asesinato de Hernández.

A diferencia de los soldados desplegados para la guerra contra las drogas, a las tropas en patrullaje de fronteras se les daría autoridad para realizar arrestos y para relacionarse directamente con los civiles. El peligro para éstos no estaría limitado a las zonas limítrofes, dado que la ley federal le permite a la Patrulla Fronteriza establecer puntos de control hasta 100 millas dentro de Estados Unidos.

Tener al ejército haciendo cumplir las leyes migratorias no es sabio, no es necesario y no es legal. Tanto el Servicio de Inmigración y Naturalización como la Patrulla Fronteriza están recibiendo una dramática infusión de efectivo—un aumento de $1.200 millones sobre los gastos del 2002 en el presupuesto propuesto por el presidente para el 2003—y rápidamente están contratando agentes.

Si todavía se necesita más personal, éste debería ser contratado. Pero la seguridad fronteriza puede ser provista sin el peligro y la ineficacia que implica pedirle a los soldados que hagan tareas civiles.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.