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5 de diciembre de 2002

OTAN: La peligrosa promesa de Bush

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por Ted Galen Carpenter

Ted Galen Carpenter es vicepresidente de Estudios de Defensa y Política Exterior del Cato Institute y autor o editor de 16 libros sobre asuntos internacionales, incluyendo Bad Neighbor Policy: Washington's Futile War on Drugs in Latin America (Cato Institute, 2002).

En un provocativo discurso ante una audiencia entusiasta en Lituania—uno de los siete países que han sido invitados a formar parte de la OTAN—el presidente estadounidense George W. Bush aseguró un compromiso que podría llegar a atormentar a un futuro presidente de Estados Unidos. "Nuestra alianza ha hecho una promesa solemne de protección, y cualquiera que escoja a Lituania como enemigo también ha hecho un enemigo de Estados Unidos."

No hay duda alguna hacia quien iba dirigido dicho mensaje. Solo existe una fuente concebible de coerción contra Lituania y las demás repúblicas bálticas en el presente o en cualquier momento en el futuro: Rusia. A pesar de toda la retórica de lazos de cooperación entre Estados Unidos y Rusia, el discurso de Bush fue un fuerte recordatorio al presidente ruso Vladimir Putin que los estados bálticos son ahora aliados—o mejor dicho clientes—de Estados Unidos, y que nunca jamás volverán a formar parte de ni siquiera la más informal esfera de influencia rusa.

La promesa de Bush trae a la luz un punto crucial. La mayoría de los proponentes de la expansión de la OTAN hacia el Este actúan como si la alianza fuera hoy en día un poco más que una sociedad política de honor. Su lógica es que, ya que las naciones del Centro y Este europeos se han convertido en democracias capitalistas, éstas merecen formar parte del club Occidental más prominente. Y ya que la OTAN es hoy en día un órgano político, continúa el argumento, Rusia no tiene motivos para temer u oponerse a su expansión.

Sin embargo, la promesa de Bush a los lituanos nos debería recordar que la OTAN es mucho más que un club político. Todavía es una alianza militar con serias obligaciones para Estados Unidos. El artículo 5° del Tratado del Atlántico Norte proclama que un ataque a un miembro constituye un ataque a todos. Esto significa que Estados Unidos está obligado a defender a todos los miembros—sin importar que pequeño, que insignificante sea militar o económicamente, o que tan expuesto estratégicamente esté.

Y estas obligaciones son para siempre. Ahí radica el peligro. Es cierto, existe muy pocas probabilidades de un choque con Rusia en el futuro cercano. El ejército ruso no tiene la capacidad de desafiar a Estados Unidos ni siquiera en el patio trasero geopolítico de Moscú. Además, Putin ha adoptado una sorprendente política de acomodamiento en un esfuerzo por asegurar beneficios económicos y políticos de parte de Estados Unidos y sus aliados.

Pero, ¿quién sabe con certeza cómo será el sucesor de Putin? ¿Quién se atrevería a pronosticar el ambiente político en Rusia dentro de una década o generación? Todo lo que se necesita para desatar una crisis es un presidente ruso que se canse del continuo trato de segunda clase que reciben los habitantes rusos en las repúblicas bálticas y decida que Moscú debe rectificar dicha situación mediante el uso de la fuerza de ser necesario. De hecho, una crisis podría estallar si un futuro presidente ruso concluye que una presencia militar Occidental en la región báltica constituye una intrusión intolerable en lo que debería ser por derecho la esfera de influencia de Moscú.

Es por eso que las obligaciones permanentes de seguridad de Estados Unidos son muy poco sabias. Los compromisos podrían tener sentido—o al menos ser inocuos—bajo un conjunto de condiciones, pero podrían llegar a ser responsabilidades desastrosas cuando las condiciones cambien.

Cuando se realizan compromisos con clientes estratégica y económicamente irrelevantes, se agrava el desatino. Las promesas de seguridad hacia Lituania y las demás repúblicas bálticas son un caso ejemplar. Si el compromiso de Estados Unidos fuera algún día desafiado, Washington enfrentaría una opción entre un mal resultado y uno peor. Estados Unidos podría renegar su promesa, lo que devastaría la credibilidad norteamericana y levantaría serias dudas sobre otros compromisos y declaraciones de seguridad en otras partes del mundo. Eso sería un mal resultado. Pero la situación sería aún peor si Washington se aventura a cumplir su promesa. Tal curso de acción podría llevar fácilmente a un choque con una superpotencia nuclear. Nunca se debería incurrir en dicho grado de riesgo al menos que se defiendan los intereses de seguridad más vitales de Estados Unidos. La seguridad de tres naciones pequeñas en la frontera con Rusia ni siquiera se aproxima a llenar dicho requisito.

El presidente Bush probablemente cree que su promesa a los lituanos constituye un ejercicio de simbolismo político inofensivo (y popular). Pero es mucho más que eso. Uno de los sucesores de Bush, así como el pueblo estadounidense, podrían tener una razón para lamentar su compromiso impetuoso y mal asesorado.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.