28 de octubre de 2002

España: El debate presupuestario

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por Lorenzo Bernaldo de Quirós

Lorenzo Bernaldo de Quirós es presidente de Freemarket International Consulting en Madrid, España y académico asociado del Cato Institute.

"Toda la Galia está ocupada por los romanos. ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía al invasor...". Con esta introducción comenzaban siempre las aventuras de Asterix y Obelix. En términos similares es posible describir el rechazo del gobierno español a abandonar el equilibrio de cuentas públicas cuando éste es recusado por Francia y Alemania y descalificado como "estúpido e imperfecto" por el inefable Sr. Prodi. En este contexto hostil a la ortodoxia presupuestaria, la defensa del déficit cero realizada ayer por Cristóbal Montoro, Ministro de Hacienda en el Parlamento, podría calificarse de terca e incluso de irracional si no se apoyase en sólidos fundamentos. Montoro cree con razón que esa política es una condición necesaria para sostener el crecimiento económico y avanzar en el proceso de convergencia real.

De entrada es necesario apuntar algunas cuestiones elementales. Los franceses y los alemanes no han optado por el déficit fiscal para combatir la desaceleración de sus economías. Se han encontrado con él porque no han querido, no han sabido o no han podido poner en orden sus cuentas públicas en los años de expansión. Ésta y no otra es la razón por la cual son incapaces de cumplir el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) que ellos mismos consideraron imprescindible para garantizar la estabilidad macroeconómica dentro de la Eurozona. Su renovado keynesianismo y su defensa de las estrategias fiscales de relanzamiento de la demanda para afrontar la fase bajista del ciclo equivalen a hacer de la necesidad virtud. Es una justificación ex post de su incompetencia.

Las críticas lanzadas contra el PEC por su supuesta falta de flexibilidad son infundadas. En él se establece un techo a la ratio déficit público/PIB del 3 por 100 si se produce un crecimiento negativo del producto del 0,5% o más. Esta regla no es arbitraria. Si se analizan los períodos recesivos padecidos por la UEM entre 1961 y 1996 con caídas del producto entre el 0,5% y el 0,75% se observa que partiendo de un hipotético presupuesto equilibrado en el año precedente a la recesión, sólo uno de los dieciocho integrantes, Alemania, superaría el techo del 3% en el año siguiente a la misma. En el caso de recesiones más intensas, once de los dieciocho países de la Eurozona superarían ese umbral pero todos, salvo Alemania, caerían por debajo de él cuando la actividad iniciase su recuperación.

Por el contrario, si el desequilibrio de las finanzas públicas se sitúa en el 2 % del PIB en el año precrisis, ningún Estado de la Eurozona volvería a déficit inferiores al 3 % del PIB en el primer año de reactivación (Buti M., Franco D. y Ongena H., Budgetary Policies during Recessions, ECB, 1997). La conclusión es bastante clara. Cuando las finanzas públicas están equilibradas, sólo las recesiones severas, un crecimiento negativo del PIB del 2%, provocan déficit excesivos, superiores al 3% del PIB, pero éstos son temporales salvo que se implanten políticas fiscales expansivas. En estos casos, el retorno a posiciones presupuestarias como las establecidas por el PEC sólo es posible con recortes del gasto y/o aumento de los impuestos. De ahí, los problemas a los que se van a enfrentar Francia y Alemania y, en consecuencia, la zona del euro, si ésta entra en recesión.

Estos comentarios tendrían sólo un valor académico si las políticas deficitarias fuesen irrelevantes o positivas desde un punto de vista económico. Por desgracia no lo son. En el caso de la UEM, el incumplimiento de las obligaciones impuestas por el PEC por parte de algunos países puede llevar a un incremento de la prima de riesgo sobre los tipos de interés que reduzca la efectividad de la expansión fiscal. Los Estados con finanzas públicas desequilibradas carecen de margen de maniobra para usar el presupuesto con fines estabilizadores ya que los mercados consideran insostenible su posición fiscal. Por otra parte, estudios empíricos sobre el comportamiento de los Estados de la OCDE durante las recesiones muestran que, en las economías abiertas con tipo de cambio fijo, un aumento del gasto público equivalente al 1% del PIB reduce el crecimiento en 0,4 puntos (Hemming R., Mahfouz S. y Schimmelpfenning A., Fiscal Policy and Economic Activity During Recessions in Avanced Economies, IMF Working Paper, mayo 2002).

En este marco, la entrada de las finanzas públicas españolas en una dinámica deficitaria impulsada por acciones fiscales y presupuestarias discrecionales sería negativa para el crecimiento y, por tanto, para la convergencia real. El multiplicador keynesiano se ha transformado en un restador. No estimula la actividad, sino que la deprime. Por tanto emprender ese camino en la actual coyuntura sería poco inteligente. Madrid hace bien en resistir el embate de la ola heterodoxa. Su obstinación es una prueba de racionalidad, fortalece la credibilidad de su política y es buena para la economía española. ¿Quién da más?