16 de octubre de 2002
Responsabilidad sobre la economía
por Richard W. Rahn
Richard W. Rahn es Director del Center for Economic Growth y académico asociado al Cato Institute.
Se dice que el éxito tiene muchos padres mientras que el fracaso es huérfano. Entonces, ¿a quién le corresponde rendir cuentas sobre la economía nacional? ¿Al presidente Bush? ¿Alan Greenspan como presidente de la Reserva Federal? ¿Tom Daschle, como líder de la mayoría demócrata en el Senado?
El funcionario responsable es aquel con la autoridad para tomar las decisiones económicas. Algo que aprenden los estudiantes de administración es que la autoridad y la responsabilidad deben ser iguales y paralelas.
Desde la Gran Depresión se ha responsabilizado a los presidentes por el desempeño económico de la nación, aunque ninguno haya tenido el control sobre todos los aspectos claves de la toma de decisiones económicas.
La directiva de la Reserva Federal tiene el control sobre la política monetaria, que a su vez determina la tasa de inflación o deflación. Los errores en política monetaria pueden reprimir el crecimiento económico, pero una buena política monetaria, por sí sola, no es suficiente para impulsar el crecimiento.
El nivel de los impuestos, del gasto público y de las regulaciones afecta también mucho el funcionamiento de la economía. El Congreso tiene la principal responsabilidad sobre cada una de estas actividades, aunque el presidente tiene una gran influencia. Un presidente con mayoría partidista puede lograr la aprobación de sus políticas por parte del Congreso o gracias a sus habilidades personales puede ejercer gran influencia en la economía.
También existen factores exógenos que afectan la economía, como inundaciones o sequías o terremotos, el auge o la quiebra de otras economías y las guerras.
Para bien o para mal, los presidentes Lyndon Johnson y Ronald Reagan lograron implementar casi la totalidad de sus programas económicos, mientras que los presidentes Gerald Ford y Bill Clinton fueron más bien víctimas o beneficiarios de políticas sobre las que tuvieron un control muy limitado.
Bajo el sistema actual, cualquier político puede culpar al partido contrario por los malos resultados económicos, como también puede darse palmaditas en su propia espalda si la situación es buena. Los perdedores son siempre los votantes y contribuyentes, quienes confrontan el muy difícil reto de castigar a los que toman malas decisiones económicas y premiar con la reelección a quienes atinan.
Algo que complica más la situación es que los medios de comunicación y los políticos suelen ser ignorantes en cuanto a economía, por lo que los primeros suelen respaldar estupideces y los segundos hacen demagogia económica. El resultado es que muchas mentiras económicas son creídas fervientemente por la ciudadanía, por lo que la instrumentación de buenas políticas económicas se hace aún más difícil.
Un ejemplo de esas farsas es que la gente cree que Estados Unidos estaba en una recesión cuando llegó Clinton a la Casa Blanca y que la economía se encontraba en pleno crecimiento cuando se fue. Todo lo contrario fue lo que sucedió.
El vicepresidente norteamericano Dick Cheney ha vuelto a insistir en la reducción del impuesto doble a los dividendos, pero sus declaraciones han sido ignoradas por casi toda la prensa y congresistas de ambos partidos. La mayoría de la gente está de acuerdo que se necesita una reforma fundamental del sistema impositivo, pero bajo el actual sistema es muy improbable que eso se logre.
¿Qué hacer? Dado que se responsabiliza al presidente de los altibajos de la economía, consideremos darle la autoridad para que pueda cumplir con esa importante responsabilidad, instrumentando sanas y saludables políticas.
Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet

























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