14 de octubre de 2002

Washington y el capitalismo

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por Carlos Ball

Carlos Ball es Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE (www.aipenet.com) y académico asociado del Cato Institute.

En Estados Unidos hay encuestas sobre casi todo lo imaginable, pero una que todavía no he visto es sobre si la gente piensa que hay más bandoleros en el sector público o en el sector privado. Eso se me ocurre ante la actual proliferación de nuevas leyes y regulaciones a las empresas, algo que no sucedía desde la Gran Depresión de los años 30. Parece que los políticos están empeñados en culpar de la actual recesión a la docena de fraudes descubiertos en empresas como Enron, Tyco y WorldCom. Lo que callan es que el mercado ya había castigado a esas empresas y a sus ejecutivos con el derrumbe del valor de esas acciones. Es el equivalente a que aparezca un policía para multar por exceso de velocidad a los conductores de dos autos que chocaron de frente, cuando ambos ya murieron.

El mensaje político es que el sistema contable y de auditoria de las empresas cuyas acciones se cotizan en la Bolsa no ha sido suficientemente regulado, pero las exageradas nuevas regulaciones lejos de favorecer al inversionista le dificultarán estar informado.

El problema básico es que el sector público se desplaza a la velocidad de una carreta tirada por bueyes y el sector privado a toda velocidad. Se trata de mentalidades opuestas. El burócrata gana un sueldo fijo y, si no hace olas, su empleo está prácticamente asegurado de por vida. Por el contrario, el empresario que no trata permanentemente de adivinar lo que sus clientes van a querer mañana desaparece.

También es injusto culpar a los auditores de informes financieros fraudulentos. Ningún auditor, y mucho menos un burócrata, sabe estimar la vida útil de un activo fijo. La firma de auditores Arthur Andersen no pudo detectar las trampas contables de Enron y fue virtualmente condenada a muerte. Los socios fácilmente saltaron a otras posiciones, pero miles de empleados se quedaron sin trabajo y otros miles de ex empleados retirados perdieron sus pensiones. ¿Quién se beneficio? Sólo los congresistas y los fiscales que aparecieron noche tras noche como heroicos defensores del pueblo en las noticias.

No me quedó duda que el escándalo de las ganancias de los ejecutivos es una pantomima política cuando se añadió a Jack Welch, ex presidente de la junta directiva de General Electric, a la lista de cuestionados. Y es lamentable que ese señor, que aportó tantísimo al crecimiento y al éxito de esa inmensa empresa, se haya sentido obligado a reintegrar los beneficios posteriores a su retiro que la compañía le ofreció hace seis años.

La culpa que yo sí le asigno al Sr. Welch es que en su larga trayectoria en GE nunca se interesó en que la subsidiaria de televisión NBC hiciera un poco más por explicarle al ciudadano cómo funciona el capitalismo y cuáles son las ventajas del libre mercado. En los programas y noticieros de las tres grandes cadenas, el "malo" suele ser el empresario y los "buenos" suelen ser el ambientalista, el antiglobalización, el burócrata y el que no tiene casa. No debe entonces sorprendernos que la mayoría de la gente ignore, o ya olvidó, por qué se popularizaron las opciones de compra de acciones como remuneración para los altos ejecutivos y por qué les conceden extraordinarios beneficios post-jubilación.

En 1992, el presidente Bill Clinton, en uno de sus frecuentes arranques populistas, dijo que había que poner primero a la gente y que es inmoral que los presidentes de las grandes empresas ganen 100 veces el sueldo de un obrero. Así, en la reforma impositiva de 1993 se eliminó como deducción del impuesto sobre la renta de las empresas cualquier sueldo por encima de un millón de dólares.

La gente parece aceptar como normal que la voluptuosa artista que enseña el ombligo y los campeones de béisbol ganen varios millones de dólares, pero que un viejo feo y barrigón que trabaja de traje y corbata gane tanto no es "justo".

Un millón de dólares parece mucho, pero no atrae a gente poseedora del genio empresarial de un Jack Welch y si GE quería seguir creciendo como lo venía haciendo desde que ese señor estaba al timón, tenía que pagarle bastante más. Ese es el mercado. Ese es el capitalismo y a los que no les gusta quizás encuentren muchas cosas atractivas en Cuba.

El resultado de la reforma impositiva de Clinton fue que, al no poder deducir los sueldos por encima de un millón de dólares, las empresas comenzaron a compensar a sus altos ejecutivos con aviones, apartamentos, opciones de compra de acciones de la empresa y todos esos lujos que tanto escándalo han provocado.

En conclusión, las regulaciones gubernamentales crearon un problema que no existía y ahora pretenden corregir esos nuevos problemas con más regulaciones, sin parecer darse cuenta que regulación significa restringir la libertad y sin libertad ni el mercado ni el capitalismo funcionan.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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