9 de septiembre de 2002
Johannesburgo o el poder de la mitología
por Lorenzo Bernaldo de Quirós
Lorenzo Bernaldo de Quirós es presidente de Freemarket International Consulting en Madrid, España y académico asociado del Cato Institute.
La Cumbre de las Naciones Unidad sobre el Desarrollo Sostenible se celebró a lo largo de la pasada semana en Johannesburgo. Por fortuna, la reunión se ha saldado con un relativo fracaso ya que no se han adoptado medidas concretas. Sin embargo, el ambiente existente en la capital sudafricana y el enfoque de las discusiones reflejan el importante grado de desorientación existente en este ámbito.
El presidente sudafricano, Thabo Mbeki dio la bienvenida a los 12.600 asistentes con una declaración que sintetiza la ortodoxia dominante en este campo: "Los patrones insostenibles de producción y consumo están creando un desastre ambiental que amenaza la vida en general, especialmente la humana". Según el líder del CNC, la raíz del problema radica en un orden internacional "basado en el principio salvaje de la supervivencia del más fuerte". Una vez más, el capitalismo imperante en los países desarrollados y convertido en un sistema global es la causa de la pobreza del mundo en vías de desarrollo y de la destrucción del hábitat humano. En definitiva, esta es la "vulgata ecologista" aceptada de manera acrítica por amplios sectores de la opinión y también por buena parte de los gobiernos occidentales en nombre de la corrección política, aunque constituyen una letanía de tópicos seudo científicos desvelados por la teoría y por los hechos.
Según el Informe sobre el Desarrollo Humano de la ONU (IDH), manejado con profusión en Johannesburgo, la brecha entre ricos y pobres se ha ampliado. En 1960, la renta del 20% de la población mundial que vive en los países desarrollados era treinta veces superior a la del 20% más pobre. Hoy en día es 74 veces más grande. Al mismo tiempo, la desigualdad se habría disparado en las antiguas economías de la Cortina de Hierro en transición hacia sistemas de mercado, en China, Indonesia, Tailandia y en otros países del sudeste asiático. Los datos de la ONU sobre este tema son una mezcla explosiva de ocultación de la realidad y de errores técnicos. Así las estimaciones de las desigualdades entre los países incluidas en el IDH se realizan sobre la base de los tipos de cambio corrientes sin ajustar su poder de compra, es decir, la cantidad de bienes y servicios que la renta de cada persona puede adquirir, que es el factor relevante para medir el bienestar de la población en términos comparados.
En una reciente trabajo, Xavier Sala i Martí realiza un admirable ejercicio de demolición de la vulgata sobre la pobreza. La considerada absoluta, es decir, la que afecta a las personas con ingresos situados en 1 dólar diario descendió del 20% de la población mundial en 1970 hasta el 5% en 1998. Si se utiliza el criterio de 2 dólares/día, la caída es del 44% hasta el 8%. Si alguien prefiere hablar en términos absolutos, a finales de los años noventa del siglo pasado había en el planeta Tierra 400 millones menos de pobres que a comienzos de los setenta. La causa de este vuelco está en el rápido crecimiento experimentado por China y con posterioridad por la India, los dos países más populosos del mundo. El problema está en el continente africano, cuyas economías están estancadas con independencia de que existan honrosas excepciones. África concentra en la actualidad el 95% de la pobreza mundial. Curiosamente, ésta es un área geográfica que ha permanecido al margen de la globalización, en la que no existe nada parecido al imperio de la ley. En este contexto, el desarrollo es imposible.
El fantasma maltusiano de la sobrepoblación mundial y su amenaza para la vida en el planeta ha sido otro de los grandes cocos de la Cumbre de Johannesburgo. Nuevamente los temores son infundados. Desde 1900, la población mundial se ha triplicado pero no porque los seres humanos se hayan multiplicado como conejos, sino porque han dejado de morir como moscas. A pesar de los pesares, la inmensa mayoría de la Humanidad está hoy mejor alimentada y es más sana de lo que lo era hace medio siglo como lo muestra el aumento de la esperanza de vida en todos los países, incluidos los africanos. Por otra parte, la tasa de fertilidad en los países desarrollados cayó entre 1950 y 2000 de 2,8 niños por mujer a 1,8 y en los menos desarrollados de 6,2% a 3,5%, un 40%. Al mismo tiempo, la oferta per cápita de alimentos se incrementó un tercio en las economías avanzadas y un 40% en África, Asia y América Latina. La mayoría de las hambrunas en los países de baja renta han tenido mucho más que ver con catástrofes naturales y con malas políticas locales que con la presión demográfica.
Las economías industrializadas de Occidente tampoco son culpables del deterioro de los bosques. Por ejemplo, la deforestación del bosque lluvioso no tiene nada que ver con el "hiperconsumo" occidental. Menos del 10% de la madera talada en las economías en vías de desarrollo se importa, siendo la mayoría usada como combustible y para extender las zonas de cultivo. Por el contrario, en el mundo desarrollado, la superficie forestal ha crecido en lugar de descender desde comienzos de los años ochenta. En Europa, su tasa media de incremento ha sido de 2 millones de hectáreas/año entre 1980 y 2000. Para decirlo con claridad, el origen de la pérdida de masa boscosa en las sociedades pobres es una consecuencia de su pobreza y de la ausencia de derechos de propiedad sobre ella pero no de la depredación o de la presión realizada por el desarrollo económico que más bien es un determinante básico de la conservación de los bosques como avala la evidencia empírica.
Otro tanto sucede con la polución ambiental. Los tradicionales agentes contaminantes como el dióxido de sulfuro o las bacterias fecales empiezan a declinar cuando la renta per cápita se sitúa entre los 3.280 y los 1.375 dólares al año. En las sociedades industrializadas, los niveles de contaminación comenzaron a caer de manera absoluta y relativa a partir de los años setenta del siglo pasado, manteniendo la tendencia iniciada después de la Segunda Guerra Mundial. El mayor deterioro de la calidad del aire se registra en los países en vías de desarrollo debido a la utilización masiva de carbón, de madera y de estiércol para calentar las casas y para cocinar. Una vez más, el progreso económico y el tecnológico son precondiciones necesarias para la solución de este tipo de problemas y no la causa de ellos.
¿Está la biodiversidad en peligro? Las extinciones documentadas de especies animales alcanzaron su cenit en los años treinta e iniciaron su declive desde entonces. Como ha mostrado el profesor Stephen R. Edwards en Conserving Biodiversity (Free Press, 1995), el 39% de las especies desaparecidas lo hicieron por ser insertadas en un hábitat impropio, el 23% por la caza, el 36% a causa de la destrucción de su hábitat natural y el 2% restante ha desaparecido por causas diversas como, por ejemplo, la polución. Aproximadamente el 75% de la superficie terrestre es apta para la vida salvaje, con la excepción de Europa y, de nuevo, el principal peligro para su preservación está en los países en vías de desarrollo, básicamente por la ausencia de incentivos para que la población rural actúe como un factor de conservación.
¿El recalentamiento de la Tierra pone en peligro nuestra supervivencia? La mayoría de los estudios científicos sobre el cambio climático aceptan con humildad la dificultad de llegar a resultados precisos sobre la cuestión. Ello se debe a la ausencia de sistemas adecuados de medición. Sin embargo, cuanto más se perfeccionan los modelos y más información se posee, más bajas son las previsiones sobre el aumento de las temperaturas. Tampoco hay evidencia de que la actividad humana produzca una concentración de "greenhouse gases" o GHS (CO2, metano, CH4 etc) en la atmósfera con un impacto relevante sobre el recalentamiento de la tierra. Al contrario, los trabajos más recientes muestran que los factores determinantes del cambio climático son en gran medida naturales, tienen su principal fuente en la duración de los ciclos solares, y por tanto son incontrolables. De hecho puede suceder todo lo contrario (Antonelli A., Road to Hague: A Desperate Effort to Salvage a Flawed Climate Change Traety, The Heritage Foundation, 2000).
A pesar de los pesares, en los inicios del siglo XXI, la Humanidad está mucho mejor que en cualquier otro período de su historia. Sin duda millones de personas viven todavía en circunstancias trágicas pero, esa lamentable situación, no es responsabilidad del mundo desarrollado ni del capitalismo y un sin fin más de las patrañas esgrimidas por la vulgata ecologista y globalófoba. Las causas de la pobreza son bien conocidas, la ausencia de un marco institucional (garantía de los derechos de propiedad, imperio de la ley, economías abiertas y competitivas, etc.) que estimule la creación de riqueza. Por desgracia, los países pobres carecen de ese marco porque sus gobiernos, muchas veces con la ayuda de los dirigentes de los países ricos, de las bienintencionadas ONGs y de los organismos internacionales, apoyan políticas que perpetúan la miseria o están dispuestos a sostener medidas que impiden salir de ella.



























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