16 de agosto de 2002

El resto de nuestras vidas

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por Roberto Salinas León

Roberto Salinas León es presidente del Mexico Business Forum.

Mi querida hermana Marilí se casó y se va a vivir a San Antonio, Texas. Me entristece enormemente que se va, que dejará atrás su hogar natal, su tradición, su cultura, su núcleo familiar. Me enorgullece, por otro lado, que haya encontrado su proyecto de vida y que inicia una nueva trayectoria en búsqueda de su propio hogar, su núcleo, su proyecto, para el resto de su vida.

Marilí ha vivido la mayor parte de su vida en México. Pertenece a nuestra "generación devaluada," una generación que nunca ha conocido lo que es vivir y trabajar bajo un clima de estabilidad. El supuesto "súper-peso," valía 12,50 por dólar cuando ella nació. Hoy el dólar vale 9.500 pesos, de aquellos sin los tres ceros menos. Los bancos, en este mismo período, no han cumplido con su función natural de intermediación financiera entre el ahorro (¿cuál?) y la inversión. Las cosas apenas empiezan a cambiar, después de tres largas décadas.

Ella y su nueva familia tendrán el privilegio de comprar una vivienda con el gran beneficio que dan los mercados de capital profundos: baja tasa de interés y financiamiento a 30 años. El salario neto de su núcleo familiar le permitirá disfrutar de un nivel de vida mucho mayor al que ese mismo salario le permitía en México. Podrá comprar televisores, computadoras, estufas, muebles, hasta ropa con financiamiento, por plazos a tasas bajas, con el beneficio que arroja una intermediación financiera eficiente.

Además, ya no tendrá que preocuparse de apagones eléctricos, de largas noches sin electricidad, ni mucho menos de pagar las altas tarifas que hoy pagamos en México. Podrá salir a caminar en la mañana, en la tarde, en la noche, sin tener que ver a sus alrededores, sin el eterno temor a ser asaltada, robada o secuestrada. Vivirá tranquila, sabiendo que la ley está de su lado, que no podrá evadir el pago de impuestos, pero que a cambio de pagarlos recibirá calles iluminadas, policía eficiente, un sistema judicial donde sí se pueden resolver casos; en fin, la paz que ofrece el respeto al derecho ajeno.

Podrá respirar aire limpio, podrá pagar la mitad de lo que hoy paga por un litro de gasolina. Podrá tener la libertad de escoger entre proveedores de servicios básicos. No vivirá ya con el eterno temor cotidiano de si se va o no a devaluar la moneda. Su propiedad y sus derechos no serán vistos como una concesión graciosa del ogro filantrópico, sino reconocidos como propios, suyos y de nadie más.

Eso sí, vivirá en una sociedad rígida en la aplicación de sus regulaciones, algunas de las cuales bordan en lo absurdo. Enfrentará, sin duda, ciertas dosis de nativismo gringo, de los ridículos estereotipos que se manejan sobre los mexicanos. No podrá evitar el riesgo de los actos terroristas que, sin duda, hoy tienen en jaque a buena parte de la sociedad estadounidense. Ojalá critique duro las tonterías cometidas por la administración Bush, en especial el virus proteccionista que hoy define su política económica exterior.

Sin embargo, por el resto de su vida tendrá la oportunidad de aprovechar los grandes beneficios de un sistema de pesos y contrapesos, de instituciones, de mercados de capital, aunque, ocasionalmente irracionales. El resto de la vida para quienes permanecemos será de lucha contra los intereses especiales, los sindicatos y "revolucionarios" que celebran un nacionalismo oscurantista.

Ojalá, en un futuro, cuando hayamos superado nuestros complejos de inferioridad, cuando logremos instrumentar una segunda ola de reformas, se pueda viajar a San Antonio y cruzar la frontera sin ese arancel humano llamado "pasaporte", comprar dólares sin tener la preocupación de ganar o perder con el tipo de cambio.

Ese día lejano le podré decir: regresa a tu tierra, convence a tu marido, habla con tus hijos, regresa a esta patria que te merece, te adora, te protege y que tiene tanto que darte, para el resto de nuestras vidas.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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