12 de julio de 2002
Globalización: Fuego cruzado
por Pedro Schwartz
Pedro Schwartz es Presidente del Tribunal de Defensa de la Competencia de Madrid y Profesor de Economía de la Universidad San Pablo CEU.
En las democracias occidentales cunde la idea de que la globalización, gracias a las nuevas tecnologías y al capital cosmopolita, es una fuerza casi irresistible, una corriente que socava los cimientos del Estado nacional, anega los sistemas de seguridad social, bate la agricultura y la industria con las olas de una dura competencia; y cubre los gustos, las culturas, las sociedades con el limo de la uniformidad. Tanto los que están a favor como los que están en contra del capitalismo global parecen dar por sentado que, tras la caída del viejo orden comunista, el neoliberalismo, a lomos de Internet, del libre comercio y de la especulación internacional, triunfa en toda la extensión del globo, sometiendo la socialdemocracia, el intervencionismo estatal, las tradiciones nacionales al asalto de una modernización sin paliativos.
Un investigador de Cato Institute, Brink Lindsey, acaba de publicar un notable libro titulado "Contra la mano muerta", en el que sostiene que tanto los antiglobalizadores como los neoliberales yerran al dar por hecho el triunfo de la libertad de mercado. Ha querido Lindsey contraponer la mano muerta del intervencionismo industrial, de la planificación burocrática, del paternalismo social a "la mano invisible" de Adam Smith, que conduce a quienes sólo buscan su propio interés, a promover involuntariamente un fin que no era parte de su intención, el fomento del bien común. Para Lindsey, es la mano muerta de la reacción estatista la que la que está poniendo en peligro el futuro del capitalismo global.
No sabe Lindsey que "mano muerta" es una vieja expresión española, con la que los ilustrados españoles del reinado de Carlos III designaban aquellas instituciones que acumulaban propiedades, sin posibilidad de colocarlas en el mercado aún cuando no supieran explotarlas debidamente. Los legados de la Iglesia, los mayorazgos de las familias nobles, las tierras comunales y concejiles de los ayuntamientos, estancaban fincas, palacios, tesoros, que la autoridad pública acabó desamortizando en busca de ingresos. Ese mismo fenómeno amortizador se repitió en el siglo XX en el mundo entero, cuando los Estados nacionalizaron empresas y actividades, que luego hubo que privatizar para devolver las economías a la senda del crecimiento.
Los movimientos antiglobalizadores, con sus manifestaciones callejeras a veces violentas, no constituyen un verdadero peligro para la prosperidad económica y la libertad de elección individual. Tampoco son peligrosas las mal hilvanadas críticas de economistas y filósofos amateur, como George Soros y Jeremy Rifkin, porque al final se impone la evidencia de que las crisis financieras no hunden el sistema, y que el avance tecnológico no nos deja sin trabajo. Incluso las falsas afirmaciones de personajes como Ignacio Ramonet, el director de Le Monde Diplomatique, de que la globalización aumenta el número de pobres y amplía la desigualdad en el mundo, irán dejando de convencer incautos a medida que se conozca la realidad estadística.
A veces parece que el sistema de mercado se sabotea a sí mismo, por la falta de ética de gestores y especuladores sin escrúpulos. El caso de Enron suele citarse como el tipo de fallo que muestra la necesidad de una regulación más estricta para salvar el capitalismo de las garras de los capitalistas. Pero un sistema legal como el de Estados Unidos no necesita más reglamentaciones que las existentes para castigar y prevenir los abusos. Pregunten si no a los socios de Arthur Andersen si el castigo no ha sido inmediato.
Los verdaderos enemigos de la economía de mercado son los que, en busca de rentas y privilegios, levantan barreras contra la competencia. Los sistemas de pensiones públicas de casi todos los países de la Unión Europea soportan obligaciones futuras insostenibles: la prueba es que los gobiernos no paran de recortar beneficios para evitar futuras catástrofes a la argentina. Los sindicatos, que viven de los presupuestos nacionales y comunitarios, que carecen de verdaderos afiliados, plantean huelgas generales en Italia o en España, en cuanto temen reformas para incentivar a los parados a buscar con ahínco un nuevo empleo. El 12% de la población activa de los Países Bajos goza de incapacidad permanente. La UE quiere armonizar los impuestos de la Comunidad e imponer el euro a Gran Bretaña, Dinamarca, Suecia (además de a Suiza y Noruega), para que la competencia fiscal y monetaria entre los países europeos no ponga en peligro la centralización política a la que aspiran. La lista podría seguir inacabable.
La mano muerta ha ahogado más de una economía en la historia de la humanidad. No hagamos caso de los argumentos falaces o hipócritas de los buscadores de rentas: el mercado funciona. Son los gremios, los gobiernos, los funcionarios quienes hacen todo por maniatarlo, con la esperanza de que el costo de las interferencias que les benefician no sea demasiado evidente para el sufrido ciudadano. El capitalismo global sigue estando en entredicho: quienes dan por hecha su victoria hacen que los amigos de la libertad bajemos la guardia.
Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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