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14 de junio de 2002

Veinticinco años de cambio político

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por David Boaz

David Boaz es Vicepresidente Ejecutivo del Cato Institute.

Seattle Slew, el caballo que ganó la Corona Triple en 1977 ha muerto. También están muertas las ideas que eran igual de dominantes que él hace 25 años.

Atrapados en las batallas políticas de hoy, olvidamos lo mucho que ha cambiado el mundo desde entonces. Jimmy Carter era presidente de Estados Unidos y Tip O'Neill, quien empezara su vida política durante el New Deal de Franklin D. Roosevelt,  era el vocero de la Casa de Representantes. A pesar de la usurpación de Nixon, todos sabían que el control Demócrata del gobierno norteamericano era permanente-al igual que el dominio comunista de la mitad del mundo.

El filósofo-estadista Pat Moyniham escribió en esa época que "El modelo americano de democracia liberal tiende cada vez más a la condición de la monarquía en el siglo XIX; una forma de gobierno que persiste en lugares aislados o particulares aquí y allá, y que incluso puede servir bien para circunstancias especiales, pero que simplemente no tiene relevancia para el futuro. Es donde el mundo estuvo, no a donde va. Crecientemente, la democracia es vista como un arreglo peculiar a un puñado de países del Atlántico Norte".

Pero las cosas estaban cambiando debajo de la superficie. Algunas de las mismas debilidades que llevaron al pesimismo de Henry Kissinger y Moyniham-como el desastroso juego triple del gobierno en Vietnam, Watergate y la estagflación-habían erosionado la confianza en el gobierno que se había creado con el New Deal, la Segunda Guerra Mundial y la próspera década de 1950.

Las ideas que F. A. Hayek, Ayn Rand, Milton Friedman y otros habían estado promoviendo durante una generación empezaban a echar raíz en más gente. Políticos como Margaret Thatcher y Ronald Reagan, que habían leído a algunos de estos autores disidentes, estaban planeando sus desafíos al consenso del estado benefactor que ya se dirigía al fracaso.

De manera menos obvia, los líderes soviéticos habían perdido la confianza en la ideología marxista que justificaba su mando, un hecho que tendría consecuencias profundas en la década siguiente. En China, Mao recién había muerto y y su antiguo camarada Deng Xiao-ping estaba maniobrando para alcanzar el poder; su victoria tendría un impacto que nadie podía prever en 1977.

Alrededor del mundo, los últimos 25 años han visto la caída del imperio soviético, del apartheid y de las dictaduras militares en América Latina, a la par de la transformación de China a un país mucho más libre, aunque aún totalitario.

Ya no hay argumentos serios a favor del socialismo, el proteccionismo o los controles de capital. De Gran Bretaña y Suecia a Estonia y Hungría, de Mauritania y Nueva Zelanda a México y Uruguay, la gente ha decidido que quiere ser parte de la prosperidad global.

Puede ser que intelectuales y activistas se hayan manifestado en contra de la globalización, pero la gente optó por ella en casi toda oportunidad que se le presentó.

A menudo son los que se oponen a la libertad política y económica quienes hacen más ruido. Las protestas en calles y la violencia de los globalifóbicos desde Seattle hasta Génova pueden dar la impresión de un levantamiento multitudinario en contra del capitalismo liberal, pero asumir eso sería un error. Estas personas son violentas porque están frustradas, y están frustradas porque están perdiendo. En cualquier lugar que los gobiernos lo permitan, la gente ha optado por mercados y sociedades abiertas: flujos libres de información comercio, intercambio, inversión, y responsabilidad por sus propias vidas.

Claro que la clase política no se va a rendir sin pelear. Después del 11 de septiembre, políticos y seudo eruditos-desde el Senador Chuck Schumer en la izquierda del Estado-niñera hasta Francis Fukuyama en la derecha anti-ciencia-han declarado que el libertarianismo está muerto y que la era del gobierno grande ha vuelto.

Esta es una pretensión extraña, pues, después de todo, los ataques de septiembre 11 reflejan un fracaso masivo del gobierno federal; con US $1.9 billones y 1.8 millones de empleados fue incapaz de prevenir un ataque terrorista a Nueva York y a Washington. Fracasó en su deber principal. ¿Por qué habríamos de expandir los poderes del gobierno justo cuando ha demostrado su inhabilidad para cumplir con su trabajo principal?

De hecho, los votantes parecen entender esto mejor que los políticos y los periodistas. Una encuesta de ABC News mostró que el 68 por ciento de los encuestados confía en que el gobierno haga lo correcto "cuando se trata de manejar la seguridad nacional y la guerra contra el terrorismo". Pero sólo un 38 por ciento piensa que el gobierno puede "manejar temas sociales como la economía, la salud, la previsión social y la educación".

Otra encuesta de ABC mostró que el 54 por ciento prefiere "un gobierno más pequeño con pocos servicios" mientras sólo un 41 por ciento prefiere "un gobierno más grande con bastantes servicios". Sin duda la diferencia sería mayor si los encuestadores mencionaran los impuestos requeridos para apoyar el gobierno grande.

En marzo, McKenna Research le preguntó a los americanos qué lecciones debía aprender el gobierno del 11 de septiembre. Mientras que un 76 por ciento acordó que "el gobierno federal necesita poner más atención a la seguridad nacional y doméstica", sólo el 17 por ciento sintió renovada su percepción de que "el gobierno debe ser más grande y proveer más servicios".

No es la era del gobierno grande la que regresó, al menos no entre la gente. Es sólo el irreprimible deseo de la clase política de extender el tamaño, el espectro y el poder del gobierno federal.

Este artículo se publicó originalmente en FOX News Online el 21 de mayo de 2002.

Traducido por Constantino Díaz-Durán para Cato Institute.