8 de mayo de 2002

Inmigración: ¿A favor o en contra?

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por Carlos Ball

Carlos Ball es Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE (www.aipenet.com) y académico asociado del Cato Institute.

Un tema muy controversial que suele caldear los ánimos y subir el tono de las discusiones en es el de la inmigración. Siendo yo un inmigrante en Estados Unidos, no sería muy lógico que escribiera en contra de la inmigración, pero la realidad es que entre sus más ardientes enemigos se cuentan muchos que son inmigrantes o hijos de inmigrantes.

Puedo honestamente decir que siempre fui defensor de la libre inmigración, habiendo crecido en Venezuela, país que logró una extraordinaria y rápida transformación gracias en buena parte a más de 300 mil inmigrantes y refugiados que llegaron desde terminada la Segunda Guerra hasta 1958. Esos inmigrantes  representaron hasta casi el 10% de la población.

Por supuesto que la prosperidad venezolana de esa época se debió también a que gozábamos de una inflación inferior a la de Estados Unidos, una moneda tan fuerte como el dólar, impuestos bajos, explotación petrolera no politizada y operada por el sector privado, poca intervención gubernamental en la economía y un sistema judicial que todavía no había sido corrompido por los políticos, todo lo cual se reflejaba en altas tasas de inversión tanto nacional como extranjera, bajo desempleo, aumento año tras año del nivel de vida de la población y otra cosa muy importante no reflejada en las estadísticas nacionales: gran optimismo respecto al futuro porque la nueva generación vivía mucho mejor que la de sus padres.

Muchos de mis compatriotas argumentaban, al menos en privado, que la inmigración europea era "buena", pero no la proveniente de Colombia, Perú, Chile, América Central o del Caribe. Tal premisa no resiste el más somero análisis. Difícilmente se puede concebir una inmigración de gente más pobre y menos educada que los chinos que emigraron masivamente a Hong Kong en los años 50 y 60. Sin embargo, esa gente logró en apenas una generación transformar una roca con una superficie de 1.092 kilómetros cuadrados y sin más riquezas naturales que un puerto, en la economía de mayor crecimiento en la historia de la humanidad, alcanzando un producto interno bruto en el año 2001 de US $164 mil millones (comparado con US $71 mil millones en Venezuela) y un ingreso per cápita de US $23.997 al año (comparado con US $3.213 para los venezolanos).    

La inmigración de gente que quiere trabajar y busca un mejor futuro para su familia no puede ser otra cosa que una inmigración buena para cualquier país. Sólo las malas leyes del país anfitrión pueden convertir la inmigración en algo negativo. Ese peligro existe en Estados Unidos, pero lo vemos más claro en Europa.

La prensa y líderes políticos de todas partes han manifestado su desagrado y repudio a la inesperada victoria del xenófobo Jean-Marie Le Pen en Francia, quien desplazó al primer ministro socialista Lionel Jospin en la primera ronda electoral francesa.

Esa victoria de Le Pen se debe en gran parte al rechazo de un creciente número de franceses al asfixiante Estado Benefactor, altísimos impuestos e inflexibles leyes laborales que mantienen muy alto el desempleo, mientras cientos de miles de inmigrantes viven de la asistencia pública. Entonces, ¿son los árabes, los turcos y los 'sudacas' los malos o, acaso, son las leyes?

El canciller alemán lamentó el resultado de la primera vuelta electoral francesa diciendo: "Es muy lamentable que la extrema derecha se ha fortalecido tanto en Europa". Pero al Sr. Gerhard Schroeder no pareció importarle que la extrema izquierda francesa -dividida en partidos como Lucha de los Trabajadores, los Verdes, la Liga Comunista Revolucionaria, el Partido Comunista y el Partido de los Trabajadores- obtuviese 21% de la votación; es decir, más votos que Jacques Chirac  (19,8%) y que Le Pen (16,8%) .  

En Estados Unidos, los conservadores -o sea el ala derecha del Partido Republicano- tienden a ser crecientemente antiinmigración. Lamentablemente, estos conservadores (o ultra derecha, para utilizar el término preferido por la prensa) no parecen darse cuenta lo ilógico que resulta tratar de defender el libre flujo de capitales, bienes y servicios, pero no de la mano de obra. ¿Por qué es bueno el dólar que huyó de Chávez y se deposita en una cuenta bancaria en Miami, pero no los conocimientos de un joven venezolano que quiere venir a trabajar a Estados Unidos y las autoridades le hacen virtualmente imposible que pueda hacerlo legalmente?

Esa actitud antiinmigración que predomina hoy en el Partido Republicano quizás le cueste la reelección al presidente George Bush, entre otras razones porque ya la gente olvidó cómo la administración Clinton trató inhumanamente a los balseros cubanos que trataban de huir del comunismo castrista