24 de abril de 2002

Los franceses nunca aprenden

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por Veronique de Rugy

Veronique De Rugy es Analista del American Enterprise Institute y Académica Asociada del Cato Institute.

No sé si reír o llorar. Ya pasó la primer ronda de elecciones presidenciales en Francia, en la que las agencias de sondeos predicaban que Jacques Chirac (el presidente supuestamente conservador) pasaría a la segunda vuelta para enfrentar al primer ministro socialista, Lionel Jospin. Sin embargo, los votantes tomaron otra decisión; ahora, el llamado ultraderechista Jean-Marie Le Pen será quien se enfrente a Chirac. Sí, es correcto, los socialistas ni siquiera pasaron a la segunda ronda de elecciones. Pero eso no significa que ahora un mercado y una sociedad libres vayan a reinar en Francia bajo Chirac o Le Pen, ya que ambos son proteccionistas y neosocialistas en sus políticas económicas y públicas.

Yo, por supuesto, estoy feliz de ver humillado al partido socialista, pero no dejo de estar muy sorprendida por el resultado de las elecciones. Igual de grato es que los principales partidos de la izquierda francesa estén pidiendo ahora que se vote por el Presidente Jacques Chirac. ¿Se imagina a Al Gore, Ted Kennedy o Ralph Nader suplicándole a los estadounidenses que voten por Bush o Reagan? Sin duda, estas son buenas noticias.

Pero la mala noticia es que este voto no significa que se apoye un mercado libre y un gobierno pequeño. Ninguno de los candidatos (Chirac o Le Pen) es "libertario", o siquiera "conservador" en el sentido norteamericano. Le Pen solía usar una retórica liberal, pero ahora es reconocido como un opositor radicalmente nacionalista de la globalización. También tiene la desagradable reputación de ser racista, y ha sido foco de atención en los últimos años por haber llamado a las cámaras de gases de los nazis "un detalle de la historia".

Por el otro lado, con Jacques Chirac no hay esperanza. Fue electo hace siete años con un tono similar al de los Republicanos que tomaron el control del Congreso de EE.UU. en 1994, pero mientras que estos congresistas dieron al menos algunos pasos positivos, Chirac llevó a Francia más lejos en la dirección equivocada. El resultado de sus políticas estadistas y de los altos incrementos fiscales es la tasa de desempleo más alta de la historia. Fue esa incompetencia la que puso a los socialistas y a los comunistas de regreso en la Asamblea Francesa en 1995, a menos de dos años de la victoria de Chirac. Esta vez, Chirac jura que las cosas serán distintas y que reducirá los impuestos, pero cuando se trata de reformar el sistema de seguridad social de Francia y su programa de trabajar sólo 35 horas semanales, es menos atrevido. Como dice, "tenemos que hacer las cosas a la Franѧaise".

Si Chirac es electo, seguirá promoviendo grandes programas gubernamentales, más regulaciones, impuestos altos y malas políticas en todo aspecto. Eso es lo que ha hecho durante 30 años, y no hay razón para que cambie ahora, sobre todo considerando que a los 70 años ya no tiene futuro político. Por esto los socialistas y los comunistas se sienten cómodos pidiéndole a los votantes que elijan a Chirac. Saben por experiencia que él no representa un peligro a los valores centrales del socialismo y que, además, ya le queda poco.

Además de los dos candidatos escogidos, Chirac y Le Pen, lo actuado por los ciudadanos franceses demuestra que en realidad no quieren menos gobierno ni políticas económicas sanas. Si se suman los votos socialistas, los comunistas, y los del resto de la izquierda, se nota que nada ha cambiado y que la gente francesa sigue votando mayoritariamente por el lado izquierdo del espectro. El nivel de apoyo que recibió Le Pen-alrededor del 15 por ciento-tampoco ha cambiado, lo que significa que no obtuvo más votos hoy que en el pasado. Había un candidato pro-mercado, Alain Madelin, pero su campaña de "devolverle a las personas su libertad y su responsabilidad, darles la oportunidad de sobresalir y tener éxito" no tuvo éxito. El líder del Partido Liberal Democrático, de 55 años de edad, obtuvo sólo el 3 por ciento de los votos, lo cual demuestra que los franceses siguen sin entender el problema.

Los franceses simplemente no entienden por qué su situación económica es tan mala; no ven que el gobierno grande es la razón por la que Francia pasó de ser el quinto país más rico de Europa a ser el doceavo-justo arriba de la Grecia socialista. Los franceses siguen venerando al gobierno.

Los votos que recibió Le Pen la semana pasada significan que la gente prefiere olvidar que la globalización y el libre comercio han hecho de Francia el sexto país del mundo en términos de comercio exterior. A pesar de esto, por el desempleo y otros problemas, parece que los franceses prefieren culpar a la inmigración, y no a años de políticas socialistas, de la situación económica. ¿Aprenderán algún día los franceses la importancia de la libertad y de la responsabilidad? Tengo mis dudas.

Traducido por Constantino Díaz-Durán para Cato Institute.