8 de febrero de 2002

Misterios económicos

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por Roberto Salinas-León

Roberto Salinas León es presidente del Mexico Business Forum.

La gran mayoría de los análisis económicos contemporáneos, ya sea los artículos de periodismo financiero, los estudios de instituciones multilaterales, o los "papers" de las casas bancarias, se limitan a comentar asuntos que tienen que ver con números, modelos, o variables dentro de un universo estático sólo apto para los iluminados en la ciencia oculta de la economía moderna. Es rara la ocasión en que se encuentra una contribución que aborde los temas de los derechos de propiedad, y la relevancia de las instituciones para alcanzar un nivel de vida más alto.

En otras palabras, hablamos mucho sobre capital, pero nunca sobre las bases para la formación de capital. Sin embargo, en las palabras del Premio Nóbel Douglass North, la importancia de las instituciones se deriva del hecho que estas "reducen la incertidumbre al dar una estructura básica para la actividad económica y la vida cotidiana."

La obra del célebre economista Hernando de Soto, El Misterio del Capital, afirma que el crecimiento y la acumulación de capital nacen de un marco predecible de "reglas del juego." En ausencia de estas reglas, de un orden jurídico de derechos de propiedad, surge el fenómeno del capital muerto-un enorme residuo de activos, de riqueza potencial, que no se pueden transformar en capital, y que mantienen a las clases marginadas en un estado de pobreza perpetua.

De Soto imagina una circunstancia en donde no se pueda identificar quién es dueño de qué, donde no hay obligación jurídica para pagar deudas, donde los recursos tangibles existentes no pueden ser convertidos en capital, donde no hay reglas claras que normen el uso de propiedad. Según De Soto, 80% de la población mundial vive con esta deficiencia.

Esta es la diferencia entre riqueza y pobreza. En esta circunstancia, una vivienda, una microempresa, un predio, un activo, no se puede utilizar para conseguir un préstamo, para obtener liquidez, para planear, invertir, comerciar, calcular, vaya, para capitalizar y con ello crecer. Los pobres son dueños de una enorme riqueza de capital muerto, inservible dada la ausencia de un sistema de leyes que permita a los agentes "transportar" sus títulos en el sistema económico y sacarle todo el jugo posible a los factores de producción.

En su reciente visita a México, De Soto dio a conocer datos sobre el capital muerto en la economía mexicana. El capital muerto incluye los activos que "sólo sirven como herramienta de trabajo" pero que son incapaces de generar inversión o plusvalía. Un 80% de la población trabaja con capital muerto: 11 millones de viviendas, 137 millones de hectáreas, 6 millones de micro-negocios. El valor neto del capital muerto asciende a más de la mitad del ingreso nacional: ¡315 mil millones de dólares!

Este es el costo de oportunidad de la tramitología, de la discriminación jurídica que vive nuestra economía. Los mecanismos legales para crear "capital vivo" o no existen o implican altos costos de transacción. No hay mecanismos básicos (títulos de propiedad, documentos amparados en una ley, un sistema de justicia eficiente) que permitan generar valor agregado-digamos, una inversión que logre convertir un predio abandonando en un campus universitario (caso Tlayapaca), o una aportación de capital que permita desarrollar terrenos abandonados en un proyecto de turismo con amplio potencial para crear empleos productivos (caso Tepoztlán). Vaya, y si alguien se atreve a formalizar una empresa dentro de la legalidad, tiene que cumplir con un promedio de 126 pasos a lo largo de 17 meses, con un costo de más de 12 mil dólares.

En tal circunstancia, el soborno y la informalidad se vuelven formas inevitables para salir adelante. Esta es la tesis del misterio mexicano, de porqué somos un país tan rico con tanta pobreza: sin un sistema de derecho facilitador que pueda determinar qué es de quién, o defender el principio de que "lo mío es mío," no existen las bases, ni las formas, para la generación amplia y abundante de capital.