31 de octubre de 2001
El éxtio del occidente
por Pedro Schwartz
Pedro Schwartz es Presidente del Tribunal de Defensa de la Competencia de Madrid y Profesor de Economía de la Universidad San Pablo CEU.
¿Por qué nos odian? Tal es la pregunta que se hacen muchos ciudadanos de Estados Unidos al ver en sus televisores violentas manifestaciones en los países musulmanes contra la campaña militar de su gobierno. Su desconcierto sería aún mayor si tuvieran noticia de las actitudes anti-americanas de los socialistas y verdes alemanes y franceses, o de las palabras taimadamente favorables a los terroristas de muchos mal llamados intelectuales españoles, insensibles ante el cruel fanatismo de los autores de los crímenes del 11 de septiembre. Esa hostilidad es más honda que la de un anti-americanismo visceral en los países musulmanes y entre los izquierdistas europeos. Es incluso más profunda que el anti-capitalismo de los críticos de la globalización. Esa hostilidad nace de un intento de negar que la civilización occidental, con todos sus defectos, es la más humana, próspera, progresiva y justa de las que recuerda la historia.
La confusión mental reinante en Occidente lleva a que se tilde de eurocéntrica, intolerante e incluso racista esta afirmación de que nuestra sociedad occidental es, por alguna de sus características, superior a las demás existentes hoy y también a las que decayeron en el pasado. Lo diré con sumo cuidado. Lo que hace la superioridad de la civilización occidental no son nuestras creencias religiosas o ausencia de ellas, nuestras complicadas vidas familiares, nuestras artes progresistas, nuestros modos de diversión o extrañas modas, ni tampoco la ciencia, la tecnología o las capacidades productivas de que hacemos gala, y todo lo que ofende a los más tradicionales o más espirituales de nuestros enemigos.
La superioridad de nuestra civilización radica en unas normas que, a lo largo de varios siglos, hemos ido descubriendo sin pretenderlo y que conforman la esencia de una sociedad abierta: el respeto de las libertades individuales, la defensa de la propiedad privada y los contratos, la igualdad de todos ante la ley, la participación de los ciudadanos en el gobierno de sus naciones. Nuestra superioridad se basa en reglas de procedimiento y en formas constitucionales: gozamos de libertad de pensamiento, expresión y asociación; nadie puede robar impunemente nuestra propiedad ni incumplir sus promesas; las leyes son iguales para todos; cambiamos los gobiernos con nuestros votos. Esas reglas constitucionales, cuando las observamos, garantizan la libre competencia entre distintas formas de vida y dejan la puerta abierta a la esperanza de que lo mejor prevalecerá: la reacción del pueblo americano bajo el liderazgo del presidente Bush confirma esa esperanza.
Quienes hayan visto en la televisión, como yo lo vi con gran emoción, el acto religioso del Yankee Stadium y hayan oído a tres clérigos musulmanes proclamar su amor a América y su Constitución, y luego entonar una plegaria en nombre del único Dios, el clemente, el misericordioso, podrán comprender que en una sociedad abierta es posible ser musulmán, mientras sean respetadas reglas como la de la monogamia y la de la igualdad de derechos de las mujeres. No lo veo incompatible, como tampoco lo ha sido el abandono de la poligamia para la práctica de la religión mormona.
La grandeza de nuestra civilización estriba precisamente en esto: hemos conseguido dotarnos de reglas constitucionales que permiten el florecimiento de culturas diversas, la competencia entre formas de vida, el contraste de religiones, la crítica razonada de ideas, la difusión de nuevas tecnologías. Por eso somos más prósperos. Quienes no entienden la razón del éxito de Occidente quieren corregir su atraso por el reparto forzoso de la riqueza, por la imposición del pensamiento único, por la prohibición de la disidencia. De esa manera, el bienestar que sedientos ambicionan se les escapará como agua entre los dedos.
Todo ello no quiere decir que la historia se haya acabado ni que nuestra civilización no vaya a decaer ni a desaparecer. Torres más altas cayeron. Pero el ataque de los bárbaros de dentro y de fuera es una llamada urgente, no ya a calmar nuestra mala conciencia abjurando nuestros principios, sino a ahondar en los derechos individuales, en el libre mercado, en la igualdad ante la ley, que son la esencia de nuestra dignidad y grandeza. Por eso mismo debemos acudir en ayuda de quien es hoy el principal sostén de la sociedad abierta, es decir, en defensa de los Estados Unidos de América.
Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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