27 de abril de 2001
Me encanta el capitalismo global y soy menor de 30
por Aaron Lukas
Aaron Lukas fue Analista del Cato Institute.
Así dice el refrán de las ya habituales protestas hoy tan de moda. Desde Seattle a Washington DC, de Praga a Davos, y ahora recientemente en Quebec, los verdaderos carnavales callejeros en contra del capitalismo se han transformado en un carnaval político en el cual nadie que profese preocupación extendida, pero poco profunda acerca de los males del mundo, puede dejar de participar. Si no estás protestando, no eres cool.
Así las cosas, tengo un anuncio para los políticos y periodistas que andan allá afuera: tengo vientitantos y me gusta el capitalismo global. Y aquí va otro golpe noticioso: la mayoría de la gente de mi edad está de acuerdo conmigo.
Sin embargo, ustedes no oyeron a los que comparten mi visión en la Cumbre de Las Americas del fin de semana recién pasado en Quebec. Por el contrario, vieron a los miembros de mi generación que vitorean su preocupación apasionada por el medio ambiente, los pobres, Mumia Abu-Jabal, las cosechas orgánicas y una larga lista de otras cosas.
Honestamente, no estoy bien seguro del planeta que habitan estos jóvenes. Miran el mundo y ven sólo explotación actitudes represivas, como si esos males fueran la maldición que arrojan sobre el mundo las corporaciones multinacionales y no la regla general a lo largo de la historia.
Como contraste, yo veo un fluir de libertad humana y bienestar material. Veo la inclinación hacia la libertad económica que ha penetrado el comunismo y los países en desarrollo durante las últimas décadas por lo que es: el reconocimiento de parte de los líderes de los países que sus sistemas dominados por el estado han fracasado- fallado en términos absolutos si se lo compara con el exitoso mundo occidental y el área relativamente abierta y emergente del Asia Pacífico. El libre comercio no ha sido impuesto desde las cúpulas, ha surgido desde las bases.
El comercio es también un asunto de libertad aquí en Estados Unidos; la libertad de gastar el dinero propio en lo que se desee, sin importar el color de piel o el idioma de la persona de la que se decida adquirir un bien; la libertad de invertir los ahorros dónde se elija, incluso si se decide ir a depositarlos al otro lado del planeta. Ya no tenemos el derecho de decirles a nuestros compatriotas qué marca de ropa o automovil deben comprar, así como no tenemos el derecho de imponerles qué pueden pensar o decir.
El libre comercio ha sido bueno tanto para los trabajadores como para el medio ambiente. Al promover el crecimiento económico permite que los países menos desarrollados obtengan los recursos para mejorar sus estándares medioambientales y permite crear y educar a una clase media que sostenga dicho desarrollo. Una historia similar la constituyen los salarios y las condiciones laborales, que están mejorando en aquellos lugares en donde se hace evidente la globalización.
Las institciones que dirigen los intercambios comerciales, como el Area de Libre Comercio de las Américas, no constituyen una amenaza a la soberanía o la democracia. Estos acuerdos no son más que arreglos contractuales entre naciones soberanas para mediar en disputas comerciales de acuerdo a las reglas que se logre consensuar. A pesar de que se habla de negociaciones "secretas", la Cumbre de Las Américas es más democrática que las personas a las que ha llevado a la apoplejia. Después de todo, los negociadores de Quebec representan a gobiernos elegidos a lo largo del hemisferio. ¿Quién eligió al señor enmascarado de pelo púrpura que movía de lado a lado un letrero por las calles? El desorden y el daño dejado por estas protestas son más asemejables al predominio de una turba multa que a una democracia.
Los estudiantes que cargaban sendas marionetas en Quebec hablaron de un "golpe de estado corporativo". Pero déjenme hacerlos partícipes de un pequeño secreto: la mayoría de la gente no odia a las grandes compañías. De hecho, la mayoría de nostros probablemente trabaje para una, conozca a alguien que lo haga o incluso haya comprado acciones de una de estas organizaciones. Las grandes corporaciones no son más que el resultado de la asociación voluntaria de personas que están tratando de lograr un objetivo comercial común. Por lo tanto, el mantra de la "corporación maligna, siniestra y acaparadora" no va en acuerdo con nuestras experiencias de vida. Es propaganda, lo sabemos.
Lanzarse de frente en contra de una barricada policial como protesta por el libre comercio puede ser divertido, pero no es mucho más que un acto embravecido de hijos mimados de la opulencia - aunque si le preguntas a cualquier manifestante, inevitablemente oirás algún cuento de "vida dura" (tuve que trabajar mientras iba a la universidad...)- para enrielarse en contra de los instrumentos mismos de su bienestar. Sin duda, muchos de los manifestantes de Quebec se preocupan por los pobres. No obstante, a través de su oposición a los mercados se transforman en enemigos de los pobres.
Oigan niños, ¿quiéren hacer del mundo un mejor lugar para vivir? Entonces maduren: formen una empresa o pónganse a trabajar. ¿Quiéren ayudar a los pobres? Contrátenlos. "El acaparamiento empresarial" ha ayudado a más gente de lo que los grandes títeres de papel jamás podrán lograr.



























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