27 de junio de 2000

Estabilidad, elecciones y crecimiento

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por Roberto Salinas-León

Roberto Salinas León es presidente del Mexico Business Forum.

El presente texto es un extracto traducido del testimonio presentado por el autor , ante el Subcomité de Política Monetaria Doméstica e Internacional, Comité  de Banca y Servicios Financieros, Casa de Representantes del Congreso de EUA, sobre el tema de reforma monetaria en México y América Latina.

 

En México, las últimas tres décadas han representado episodios es gran inestabilidad en el sistema monetario. El fantasma de las crisis sexenales que resiste en desaparecer, ahora a escazos días del episodio electoral más competido en la histría moderna del país, y aun a pesar de buenos fundamentos macroeconómicos, es resultado del temor patológico con una devaluación del tipo de cambio, temor popular que proviene de la violación sistemática del contrato monetario.

El peso mexicano ha perdido 99.8% de su valor medido en dólares de 1970 a la fecha. En ese lapso el aumento de la inflación acumulada asciende a casi 300,000%. La moneda tuvo que ser sometida a cirujía monetaria en 1993, con la supresión de tres ceros de la unidad de cuenta, pero aun así no ha logrado librar el cancer de la devaluación, inflación, deudas impagables, altas tasas de interés, bajo crecimiento económico, desahorro, desinversión, y el extraordinario costo de oportunidad que la ausencia de un sistema monetario estable nos ocasiona, tanto a las generaciones del presente como las del futuro.

La oportunidad de instrumentar una reforma monetaria radical no debe desaparecer en el altar de consideraciones políticas, excusas discrecionales, o arguemntos que sobreviven en virtud sólo que las autoridades se deleitan en repetir, como disco rayado, la melodía falaz del monopolio monetario. El precio de usar el tipo de cambio como "variable de ajuste" es la depresión permanente de salarios reales de la clase trabajadora (de los cuales unos se dolarizan al emigrar al norte de la frontera), asi como el costo de oportunidad generado por la obsesión cotidiana de empresarios, grandes y pequeños, de calcular los escenarios para afrontar variaciones en el tipo de cambio, en vez de buscar como incrementar la calidad de su esfuerzo empresarial.

La propuesta de dolarización no es más que un reclamo por atar las manos de una entidad que no ha logrado detener el deterioro del poder adquisitivo de los mexicanos. La reforma (ya sea unilateral o por medio de un sistema de competencia monetaria) procura atacar el problema fundamental de nuestra economía en el último cuarto de siglo: la ausencia de credibilidad monetaria. La principal ventaja de una reforma radical es que acaba con el trauma de la devaluación. Así, la inflación y las tasas de interés se acercarían rápidamente a los niveles al norte de la frontera. El crédito podría revivir, y el crecimiento sostenible se convertiría en una posibilidad real, no sólo el sueño de una generación devaluada.

La fórmula es sencilla: si no hay tipo de cambio, no puede haber devaluación. La defensa más usada para negar la adopción del dólar (u otros medios) como recurso legal es la idea que en un bajo un esquema dolarizado, no habría acceso a la políticas monetaria como un  mecanismo de ajuste para afrontar choques externos. Un crítico sentenció que la reforma radical monetaria es el equivalente a cortarle el brazo derecho al cuerpo económico. Pero si el brazo está podrido de cancer inflacionario, que a su vez está poniendo en peligro toda la salud del cuerpo, debilitado por 30 años de hábito devaluatorio, sin duda la opción menos costosa sería la amputación del brazo.

En las palabras de una de las pocas voces a favor de reformas radicales en mi país, el Dr. Roberto Blum: la dolarización significa que el gobierno ya nunca podría imponer el terrible tributo inflacionario para diluir las deudas, o financiar episodios artificiales de crecimiento. Sin duda, no se trata de una varita mágica o de una medida sin costos. Se trata, más bien, de hacer un cálculo racional de costo-beneficio. Si, en un futuro, tal como el que está en el horizonte, cuatro de cada cinco transacciones económicas estarán ligadas al comercio con el resto del mundo, la asimilacion monetaria se convierte en un fenómeno inevitable, que sólo la miopía nacionalista o el afán del abusar del impuesto inflacionario podría detener.

Hay que dejar que el pueblo decida: la libertad monetaria implica eliminar el monopolio del peso sobre el recurso legal. México ha vivido una generación de promesas incumplidas y violaciones monetarias. Es tiempo de otorgarle a los mexicanos el derecho de proteger el valor de su trabajo, ahorro y esfuerzo.