25 de mayo de 2000

Libre comercio versus proteccionismo

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por Carlos Ball

Carlos Ball es Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE (www.aipenet.com) y académico asociado del Cato Institute.

Pocas medidas gubernamentales le hacen más daño a la gente que la politización de las decisiones económicas, al impedir que el mercado funcione. Es decir, no permitir que los ciudadanos tomemos libremente nuestras propias decisiones económicas es uno de los mayores daños que los políticos nos hacen. Por ello es sorprendente que en las actuales discusiones en el Congreso de Estados Unidos sobre las relaciones económicas con China y en los reportajes de la prensa se tienda a dejar fuera la razón principal para eliminar las trabas oficiales: el libre intercambio le conviene tanto a los estadounidenses como a los chinos.

No pongo en duda las buenas intenciones de los abanderados de derechos humanos que se oponen a que Estados Unidos conceda "relaciones comerciales normales y permanentes" a China. Ellos piensan que la examinación y renovación anual de las relaciones comerciales -como se ha venido haciendo desde 1979- les da un arma para presionar a las autoridades comunistas para que traten mejor a los disidentes y a grupos religiosos que no comulgan con el comunismo. Pero, en realidad, el camino más rápido hacia la democracia es que la gente común y corriente pueda pensar sobre otra cosa que comer completo cada día. En este sentido, el emergente capitalismo en China está creando una creciente clase media, cada día más independiente de los políticos comunistas y más en onda con la globalización. Pero, en Estados Unidos, líderes sindicales y empresarios proteccionistas utilizan los bonitos argumentos de los derechos humanos, aunque lo que realmente les interesa es mantener sus ventajas y privilegios a costa del consumidor.

Por otra parte, quienes se atemorizan del déficit comercial con China no quieren darse cuenta que lo que beneficia al país no es lo que exportamos sino lo que importamos. Lo que el país exporta beneficia, sin lugar a dudas, a los dueños y trabajadores de las empresas que ahora venden mercancías y servicios a los chinos, un número más o menos limitado. Pero los que nos beneficiamos de las importaciones de China somos todos porque ahora compramos ropa, zapatos deportivos, aparatos electrónicos y cientos de otros productos que los chinos están en capacidad de producir y vendernos a una fracción del precio que tendríamos que pagar por esos mismos productos manufacturados en Norteamérica. Para dar sólo un ejemplo: por varios siglos la ropa de seda estaba sólo al alcance de la gente rica. Hoy, gracias al comercio con China, la seda está al alcance de norteamericanos de bajos ingresos. Es decir, el libre comercio aumenta el nivel de vida de las masas, ya que son esas masas las que no pueden pagar la diferencia de precio que impone un arancel o una cuota de importación, medidas oficiales diseñadas para favorecer a ciertos y determinados grupos de presión cercanos a los corredores del poder.

El argumento económico del libre comercio fue claramente expuesto por el economista inglés David Ricardo (1772-1823) y es increíble que dos siglos más tarde una idea tan fundamental como esta no haya todavía calado totalmente en la clase política. Ricardo hablaba de los costos comparativos, hoy mejor conocidos como ventajas comparativas. Ellas comprueban que inclusive en el caso de que un país pueda producir absolutamente todo más barato que en el exterior, le conviene a su gente especializarse en la producción de bienes servicios donde la ventaja económica es mayor, importando todo lo demás. Esta realidad económica es lo que asegura que la globalización beneficia a todos los habitantes de la Tierra, exceptuando sólo aquellos que perciben altas rentas debido a privilegios políticos.

Como siempre sucede, quienes más vociferan son quienes están en peligro de perder sus privilegios, en este caso los textileros y la industria de la confección. Ellos se benefician directamente de los 24.400 millones de dólares que los estadounidenses todavía pagan en sobreprecio por su vestimenta y las telas que adquieren. Andrew Tanzer, de la revista Forbes, estima que las cuotas de importación hace que un suéter que se vendería en $32 le cuesta al consumidor $44. Los consumidores no vamos a salir a manifestar en las calles por $12, pero los empresarios proteccionistas y los congresistas que representan los estados con alta concentración de industrias textiles sí están dispuestos a dar la pelea.

También es interesante notar que los trabajadores que se aferran a sus puestos en industrias no competitivas y, por lo tanto, en franca decadencia, no se benefician. Por el contrario, los trabajadores despedidos de la industria de la confección están hoy en día ganando 34 por ciento más en otras labores.

Recordemos también que fue David Ricardo quien primero acusó al Banco de Inglaterra, en 1809, de ser el culpable de la inflación, al imprimir demasiados billetes, por lo que los políticos en Washington no serían los únicos que hoy aprenderían mucho leyendo sus textos de economía.©

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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