16 de junio de 1998
La mística del ahorro
por Edward H. Crane
Edward H. Crane es el Presidente Ejecutivo del Cato Institute.
La Cumbre Nacional sobre Ahorros para la Jubilación convocada por el gobierno federal para responder a la llamada crisis del ahorro es un ejemplo clásico de no ver el bosque porque nos lo tapan los arbustos. No se requieren expertos ni comisiones ni modelos econométricos. La tasa de ahorros aumentará en Estados Unidos tan pronto como los gobiernos federal, estatales y locales reduzcan suficientemente los impuestos, permitiéndonos ahorrar.
Según la Tax Foundation, la familia promedio en la que tanto el hombre como la esposa trabajan paga 37% de sus ingresos en impuestos, sin contar que todo les cuesta más debido a los impuestos corporativos. Luego de cubrir sus gastos, a esa familia promedio le queda apenas 4%. Y aún si fueran tan disciplinados que ahorraran todo lo que les queda, ese 4% resulta insuficiente para acumular el capital necesario para cubrir sus gastos una vez que no puedan trabajar.
Sólo la gente con altos ingresos pueden en realidad aprovecharse de los planes de ahorro con impuestos diferidos. Para la mayoría de los estadounidenses es muy poco lo que les queda después de pagar impuestos y por ello una tercera parte de los ciudadanos de este país tiene cero ahorros y otra tercera parte ha ahorrado menos de 3.000 dólares.
Todos ellos están forzados a depender del Seguro Social para el grueso de sus pensiones y eso significa un inmenso riesgo. Un riesgo considerablemente mayor que depender de la Bolsa de Valores. Desde su fundación, el Seguro Social ha aumentado los impuestos a la nómina en 38 ocasiones y en cada una de esas oportunidades ha rebajado la "rentabilidad" del sistema. Imagínese una empresa financiera privada que ofrezca anualidades y que periódicamente exija aportes de capital adicionales para mantener el nivel de futuros beneficios.
Pero ese es apenas uno de los sucios secretos del Seguro Social. No hay contrato. No hay una rentabilidad garantizada. Según una decisión de la Corte Suprema, Nestor vs. Fleming, el Seguro Social no es un plan de inversiones sino política social en manos del Congreso, el cual puede reducir los beneficios a pagar cuando quiera, sin tomar en cuenta lo que hayamos aportado.
Dada la importancia del Seguro Social en los planes de ahorro de la gran mayoría de los ciudadanos es absurdo que a la llamada Cumbre se le haya pedido estudiar la materia del ahorro sin considerar al Seguro Social. Es algo así como estudiar la historia del baloncesto sin tomar en cuenta a Michael Jordan.
Los impuestos a la nómina gravan 12,4% del salario del trabajador para "invertirlo" en el Seguro Social. Pero ese dinero jamás se invierte. Casi todo va a pagar los beneficios de los actuales jubilados y el resto lo pide prestado el gobierno federal para gastarlo en otros programas.
En el primer curso de economía aprendimos que el ahorro es igual a la inversión. Una verdadera inversión genera un rendimiento, pero un bono gubernamental no genera riqueza, sirve sólo para transferir fondos coercitivamente de uno a otro, por ello el actual sistema de Seguro Social no genera ahorro.
Por el contrario, un fondo privado de jubilación genera riqueza. Una inversión en bonos de General Motors o acciones de Federal Express impulsa el crecimiento económico. El economista de Harvard Martin Fieldstein, en un estudio encomendado por Cato Institute, estima que el valor presente neto de la riqueza creada al invertir el futuro flujo de caja del impuesto a la nómina del Seguro Social equivaldría al 5% del PIB de cada año futuro, unos 15 billones de dólares ($15.000.000.000.000).
Para comprender lo rápido que un trabajador de bajos ingresos se convertiría en un ahorrador importante bajo un sistema previsional privado, tomemos a un obrero nacido en 1970, que comenzó a trabajar a los 18 años ganando 20.000 dólares al año y mantiene ese mismo salario, ajustado a la inflación, a lo largo de toda su vida activa. Asumiendo una rentabilidad de 10% anual, ese trabajador se retiraría siendo dueño de una cartera de acciones valoradas en 657.000 dólares, que le produciría una renta de 5.500 dólares mensuales, o sea más de cinco veces los 935 dólares al mes que le promete el Seguro Social. Inclusive una cartera conservadora invertida en bonos, al 6%, acumulan 228.000 dólares y le producirían al momento de retirarse 1.480 dólares mensuales.
Es una ironía que los políticos que más se quejan de la disparidad de ingresos en nuestra sociedad son los mismos que se oponen a la privatización total del Seguro Social. En lugar de tratar de redistribuir la riqueza de los ricos a los pobres, le deben dar la oportunidad a los pobres para que acumulen su propia riqueza. El actual impuesto del Seguro Social lo impide.
El más importante paso que podemos dar hacia el incremento del ahorro, creando además la dignidad personal de no tener que depender de los políticos para nuestra jubilación, es privatizar el Seguro Social. ©
Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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