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29 de mayo de 1998

La inmortalidad del impuesto progresivo

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por James A. Dorn

James A. Dorn es Vice-presidente para Asuntos Académicos de Cato Institute y especialista en China y coautor de China's Future: Constructive Partner or Emerging Threat? (El Futuro de China: ¿Socios Constructivos o Amenaza Emergente?).

En 1848, Karl Marx y Friedrich Engels propusieron la instrumentación de un impuesto progresivo para "despojar de modo gradual a la burguesía de la totalidad del capital, transfiriendo al Estado todos los instrumentos de producción". Aunque el comunismo fracasó, persiste la idea del impuesto progresivo como manera de alcanzar la "justicia social". El impuesto progresivo viola el alma de la Constitución de Estados Unidos.

Nuestro gobierno constitucional se basa en el principio que los individuos son iguales ante la ley, que la aprobación general es la base de leyes justas y que el poder del gobierno está estrictamente limitado. Ninguno de esos principios se ajusta a la imposición de un impuesto a la renta con tasas progresivamente más altas. Es hora de denunciar la pretensión moral del impuesto progresivo y acabar con un sistema impositivo socialista que ha corroído la libertad personal y económica.

Antes de la promulgación del la Enmienda 16 de la Constitución en 1913, la Corte Suprema declaró inconstitucional todos los intentos anteriores de legislar un impuesto sobre la renta federal. No había apoyo popular para tal impuesto. Cuando el Congreso aprobó la primera ley de impuesto sobre la renta en 1894, el New York Times la llamó "viciada, injusta, impopular, desatinada y socialista" y el Washington Post se refirió a la ley como una "abominable y monstruosa calamidad".

La Constitución y la justicia requieren que a todos los individuos se les dé el mismo tratamiento bajo la ley y que la ley misma sea justa. Un impuesto progresivo que discrimina contra individuos simplemente porque tienen mayores ingresos se basa en un precepto arbitrario que jamás lograría aprobación universal. La minoría jamás aceptaría ser esclavizada por la mayoría. Como no hay manera objetiva de medir la justicia social, no hay límite a la redistribución bajo un sistema impositivo progresivo. Bajo tal sistema ni las personas ni la propiedad están protegidas. En "Los fundamentos de la libertad", el Premio Nobel F. A. Hayek escribió: "La progresión no ofrece criterio alguno que permita distinguir lo justo o injusto. No establece hito alguno para detenerse. Ese 'buen juicio' de la gente, al que aluden los partidarios del sistema como única defensa, no es sino mero estado transitorio de opinión, formado por los últimos acontecimientos".

Hayek tenía razón, mientras que Marx y Engels estaban equivocados. Sin embargo, conservadores y liberales caen en una trampa populista al tratar de justificar un impuesto progresivo en base al deseo de la mayoría. Elevar valores democráticos por encima de los derechos individuales para alcanzar la igualdad de resultados viola las reglas de conducta justa que son elfundamento de la sociedad libre.

Un impuesto de tasa única es consistente con la seguridad jurídica y el principio de no discriminación. Todo el mundo paga la misma tasa en su ingreso sujeto a impuestos y los ingresos provenientes del trabajo y de la inversión son pechados de la misma manera; no se aplican dobles impuestos a los dividendos ni a los intereses. Y si el impuesto de tasa única se aplica al consumo en lugar de a los ingresos, desaparecería la predisposición actual contra el ahorro, aumentando así el crecimiento económico.

Un beneficio importante del impuesto de tasa única es que haría visible el costo de toda expansión gubernamental, especialmente si existe la obligación de equilibrar el presupuesto. Habría entonces un incentivo para comparar el costo y los beneficios de los programas oficiales. Por el contrario, bajo el sistema de impuestos progresivos hay más bien una tentación constante a aumentar las tasas de impuestos que pagan los ciudadanos productivos para financiar nuevos programas.

El impuesto progresivo no es una virtud sino un vicio. Presume que los derechos de propiedad de los ricos no son tan sagrados como los derechos de propiedad de los pobres y que los valores de la mayoría están por encima de los derechos de la minoría. La envidia y no la justicia es la base de este impuesto discriminatorio. Si permitimos a la mayoría debilitar los principios constitucionales en nombre de la justicia social, perderemos tanto la libertad como la verdadera justicia. "La ley es el tejido de la sociedad civil y la justicia es la igualdad bajo la ley", escribió Cicerón. Si vamos a lograr restaurar la sociedad civil progresando del socialismo fiscal a la justicia fiscal, tendremos que instituir un impuesto de tasa única y limitar el tamaño del gobierno. De otra forma prevalecerán la guerra de clases y el Estado Providencia.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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